Déficit de decencia y civilización


¿Vivimos en una sociedad decente? No se trata de una pregunta ociosa. Mucho menos en estos tiempos y en este país. ¿Pero qué es una sociedad decente? Eso se preguntó el filósofo israelí Avishai Margalit, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, una tarde de finales de los años 70 en el aeropuerto de Tel Aviv. Había ido a despedir a su colega estadounidense Sidney Morgenbesser (1921-2004), de la Universidad de Columbia, y, mientras conversaban en espera de la partida del avión, este le comentó que una sociedad decente es prioritaria respecto de una sociedad justa. Margalit salió del aeropuerto pensando qué sería una sociedad decente, y la duda lo aguijoneó durante años hasta que, en 1996, abordó el tema en su libro titulado precisamente La sociedad decente, una lectura muy recomendable en estos tiempos.

En síntesis, llegó a la conclusión de que puede llamarse así a una sociedad que no humilla a sus integrantes. Y la diferenció de la sociedad civilizada. En esta las personas no se humillan entre sí. La relación entre ambos conceptos es íntima si tomamos en cuenta que la noción de sociedad es una abstracción. No hay una cosa llamada sociedad mientras no existan al menos dos personas convergiendo en un mismo lugar. Un individuo solo, un náufrago en una isla desierta, por ejemplo, no es una sociedad ni la constituye. De hecho, la palabra proviene de “socio”. Tiene que haber alguien, además de mí, para hablar de sociedad. Dos personas, como una pareja, comprenden una pequeña sociedad. Y a partir de ahí tenemos sociedades familiares, barriales, laborales, deportivas, comerciales, políticas, etcétera, hasta abarcar a todos los habitantes de un país, o a la misma humanidad, como sociedad. Sin las personas (muchas o pocas) que la componen una sociedad no existe. Y si esas personas se respetan entre sí estarán integrando una sociedad civilizada. En el caso de que cada individuo sea y se sienta respetado por el conjunto, esa será, además, una sociedad decente.

PRIMERO TÚ, LUEGO YO

Como para existir y desarrollarse las sociedades necesitan organizarse, sus componentes se dan reglas, normas, leyes y formas de gobierno. También desarrollan una historia que les es propia, costumbres, tradiciones, creencias y símbolos identificatorios. Por su misma naturaleza y por las condiciones de su existencia la sociedad limita a las personas. Vivir en sociedad significa que no todo me está permitido y que hay intereses comunes que anteceden a mis deseos o urgencias personales. Es decir, que hay deberes y derechos. En ese orden, como los mencionaba la filósofa francesa Simone Weill (1909-1943), dado que los deberes tienen que ver con el otro, el tú, y los derechos conmigo. Si altero el orden me pondré por encima de los demás y corro el riesgo de olvidar que, así como mis derechos son el deber de otros, los derechos de los demás son mis deberes. La humillación empieza a asomar cuando esto se olvida y cada uno actúa como si los demás no existieran o fueran solo medios para sus fines.

La humillación, subraya oportunamente Margalit, deriva siempre, y exclusivamente, de acciones humanas. Por mucho que nos sintamos lastimados o perjudicados por cuestiones que atribuimos a la naturaleza o al azar, o que sintamos que el destino es injusto con nuestros merecimientos, ni la naturaleza, ni el azar, ni el destino, y ni siquiera los animales, son humillantes. “No puede haber humillación sin humanos que la provoquen”, escribe taxativamente el filósofo israelí. No hay moralidad en la Naturaleza, la moral es cosa humana. Es el resultado de un pacto de convivencia por el cual acordamos qué está bien y qué está mal, qué se debe y qué no se debe hacer con el fin de garantizar nuestra existencia como especie y, a partir de esto, la posibilidad de cada uno de desarrollar lo mejor de sí para vivir una vida con sentido. La humillación parte de la violación de este concepto y, como afirma Margalit, “los actos humillantes se cometen con la intención de demostrar la propia superioridad sobre el otro”.

Este es un punto clave. Desde el momento en que la organización social requiere formas y mecanismos, existe la función de gobernar. Esto evita que una sociedad sea un simple amontonamiento de personas forcejeando cada una por imponer sus intereses. Las instituciones gubernamentales necesitan de un poder explícito que les es delegado para que puedan cumplir sus funciones. Esas formas varían desde lo monárquico hasta el parlamentarismo o el presidencialismo. También adquieren expresiones anómalas, como son las dictaduras, tiranías y absolutismos. Pero acceder a las funciones del poder no concede la libertad de humillar.

EMPEZAR POR ABAJO

“Ninguna institución gubernamental puede dar a las personas razones suficientes para sentirse humilladas”, recuerda Margalit y agrega que, si bien esas instituciones tienen la capacidad de humillar, no necesariamente deben hacerlo. Cuando se privan de ejercer esa capacidad contribuyen a la conformación de una sociedad decente. Para estar en condiciones de exigir al poder que no sea humillante, los miembros de la sociedad debieran comenzar por respetarse entre sí, por encima y más allá de sus ideas, creencias, gustos y opiniones. Un ejercicio cotidiano para cumplir en todos los ámbitos de la actividad y de los vínculos humanos: pareja, familia, trabajo, política, negocios, deportes, vida social. En la medida en que lo hagan podrán decir y sentir que viven en una sociedad civilizada. Y esta podrá exhibirse como una sociedad decente. Ya que las sociedades no tienen los gobernantes que se merecen sino los que se les parecen (puesto que estos no llegan desde otra galaxia en artefactos voladores) sociedades civilizadas y decentes producirán por lógica consecuencia gobernantes civilizados y decentes en el sentido en que Margalit define a estos conceptos.

Si se sigue el muy sólido y fundamentado razonamiento que Avishai Margalit desarrolla en su libro, la respuesta a la pregunta inicial de esta columna es que no vivimos en una sociedad decente. Lo señala la permanente conducta de los gobernantes respecto de los gobernados, la disociación entre la clase política (de cualquier signo, cada uno con sus características, más desfachatadas o más caretas) y las necesidades ciudadanas. Pero hay otra pregunta, hermanada a la primera, cuya respuesta solo puede provenir del modo de vivir, de sostener valores y de vincularse de cada miembro de la sociedad en su trayecto cotidiano. Ese interrogante es: ¿vivimos en una sociedad civilizada? Y queda por establecer la relación entre ambas respuestas. Acaso, aunque duela admitirlo, nuestra sociedad no sea ni decente ni civilizada.


Comentarios

Hay 1 comentarios en este artículo

  • Luis Edgardo Espinoza Olguín

    Por Luis Edgardo Espinoza Olguín

    Apreciado Sergio: Llego en la mejor sintonía. Hace años que te sigo. También he adquirido un par de tus libros. Hemos compartido tus artículos en un club de adultos mayores. Y con mis estudiantes de la universidad he tratado con varias cohortes "El prójimo no es un artefacto" que publicaste hace ya un tiempo, aunque siempre sigue vigente. Aprendo mucho de ti, agradezco tu vocación de servicio y te admiro por la gran capacidad que tienes para leer y escribir. Un abrazo fraterno desde Santiago de Chile. Cordialmente: Luis

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