¿Y si me pasara a mí?


“Ponete en mi lugar”. “Me pongo en tu lugar”. Ponerse en el lugar del otro. Frases y consignas que repetimos a veces de manera automática y sin considerarlas en toda su dimensión. ¿Cómo ponerse en el lugar del otro si cada uno es único e inédito? Responder a esta pregunta es acaso el principal desafío moral que se nos presenta a los humanos. Y el camino hacia la respuesta lleva a un lugar llamado empatía. El concepto comenzó a popularizarse hacia 1995, cuando el divulgador científico Daniel Goleman publicó su célebre libro “La inteligencia emocional”.

La empatía, decía Goleman, se construye sobre la conciencia de uno mismo. Esto significa conciencia y reconocimiento de las propias emociones. Algo tan sencillo como conocer la experiencia de la tristeza, la alegría, la pena, la esperanza, el miedo, la vergüenza, los celos y aun el amor cuando se manifiestan en nosotros y saber diferenciarlos nos permitirá percibirlos y entenderlos en los otros. Alegría y felicidad no son lo mismo, aunque lo parezcan, como tampoco lo son plenitud y placer, odio e ira, miedo y cobardía, por poner unos pocos ejemplos. Cuanta mayor capacidad desarrollamos para registrar los distintos tonos de la paleta emocional, más ejercitados estamos para reconocer esas emociones en los demás.

Aunque ambas palabras tienen en común el hecho de referirse al “pathos” (en griego, sentimientos), el prefijo “sim”, de “simpatía” remite a la posibilidad de estar “con” otro, en paralelo, en sus emociones, mientras “em”, en “empatía”, alude directamente a estar “en” el lugar exacto de la emoción del semejante, es decir en su lugar.

COMPARTIR EL SER AJENO

Pero ocurre que quizás no se puede estar en el lugar del otro sin suprimirlo, puesto que el lugar de cada es único. Acaso se trata más bien de incorporar al otro al otro en el propio corazón, valga la metáfora, para sentir lo que siente. El novelista sudafricano J.M. Coetzee, premio Nobel de Literatura, creó un inolvidable y entrañable personaje llamado Elizabeth Costello, una escritora con una profunda, lúcida y comprometida mirada sobre el mundo. En uno de los relatos que reflejan la vida y los pensamientos de este personaje (en el libro titulado precisamente “Elizabeth Costello”), la escritora reflexiona sobre el trato que damos a los animales y de allí deriva a lo que ocurrió en los campos de concentración y exterminio durante la Guerra. Y la horroriza el hecho de que los asesinos y los verdugos se negaran a pensarse o verse a sí mismos en el lugar de sus víctimas.

Los trenes que pasaban con prisioneros llevados a los hornos crematorios, piensa Costello, tenían similitud con los que transportan ganado. Y al verlos pasar, reprocha en silencio, todos pensaron: “Son ellos, son otros, no yo, los que van allí”. Nadie se preguntó, acusa Elisabeth Costello, “¿cómo sería si yo fuera en ese vagón de ganado?”. E insiste: “La gente no dijo, ¿cómo sería si me estuvieran quemando a mí?”. En otras palabras, concluye la escritora creada por Coetzee, “cerraron los corazones. El corazón es la sede de una facultad, la compasión, que a veces nos permite compartir el ser ajeno”.

En lo personal no recuerdo un pasaje más conmovedor y contundente que el que acabo de citar, como explicación del significado esencial de la empatía. No se puede estar en el lugar del otro, porque el otro está en ese lugar y no podemos eliminarlo, pero sí se puede compartir el ser ajeno. Ser otra persona no es posible, pero imaginarse como otra persona sí lo es. Hay gente que tiene esa capacidad, dice Elisabeth Costello, y hay gente que no la tiene, como los psicópatas. Y, entre quienes la tienen, están también los que deciden no ponerla en práctica.

El músico, compositor y cantante escocés David Byrne, fundador del grupo Talking Heads se refiere a esta cuestión de una manera impecable: “Por supuesto que sentimos lo que otras personas sienten, por lo menos hasta cierto punto. Si no fuese así, ¿Por qué lloraríamos con una película o sonreiríamos al oír una canción de amor? La frontera entre lo que tú y yo sentimos es porosa. Que somos animales sociales está profundamente arraigado en nosotros y es lo que nos hace ser lo que somos. Nos consideramos individuos, pero hasta cierto punto no lo somos; nuestras células están vinculadas al grupo por esas reacciones empáticas que hemos desarrollado hacia otros. Es un reflejo no solo emocional, sino social y físico también. Cuando alguien resulta herido "sentimos" su dolor, aunque no nos retorcemos de agonía”.

ANTÍDOTO CONTRA LA VIOLENCIA

La empatía no es un concepto teórico ni puede reducirse a un mero ejercicio intelectual. Y para manifestarse necesita de un requisito ineludible. La existencia, la presencia y el registro del otro, del prójimo, del semejante. Debe ser un otro real, encarnado, no una figura virtual. Es importante considerar esto porque vivimos tiempos en los cuales el egoísmo aleja a la empatía. Con frecuencia se remplaza al otro real por el de las pantallas, las personas se convierten en islotes que flotan en las aguas de la comodidad, del narcisismo, de la autosuficiencia alentada por una tecnología que promete paraísos artificiales. Y esas islas crean archipiélagos en los que nadie tiene un contacto real con nadie, solo roces epidérmicos, on line, a distancia.

El corazón es un músculo que, como todos los músculos, necesita ser ejercitado. Esto vale en el sentido físico y también en el alegórico. Nuestra capacidad para la empatía debe, entonces, ser entrenada y eso se hace estando presente en el mundo, participando de cuerpo presente en la trama humana, creando redes palpables (no virtuales) con seres reales, compartiendo con ellos experiencias, vivencias, creando historias conjuntas, abriendo campos de cooperación. La empatía es el antídoto de la violencia, porque parte del encuentro con el otro real, de carne y hueso, no con el de mi prejuicio. “Mirar directamente a los ojos abre la puerta de acceso a la empatía”, afirma Daniel Goleman.

Quién sabe cuántas grietas, de las tantas que afectan a nuestra sociedad (y que la han afectado a lo largo de la historia) podrían cerrarse si la empatía fuera una práctica en la que nos ejercitáramos con compromiso, y una capacidad que ayudáramos a desarrollar a través del ejemplo, de la educación, de la actitud. Ser empático no significa abandonar principios, transformarse en otro ni abdicar de costumbres o creencias. La empatía no cuestiona la diversidad, la fortalece. Justamente es necesaria porque somos distintos, pero el lenguaje de las emociones, bien comprendido, nos puede ayudar a crear espacios comunes. A entendernos, más allá de las palabras, a través de la comprensión emocional. “Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación”, reza un antiguo proverbio árabe. Y las miradas empiezan a comprenderse cuando entendemos que estamos hechos de la misma materia prima.

El médico y psicoterapeuta argentino Norberto Levy lo expresa con gran belleza en su libro “Aprendices del amor”. Allí escribe: “Uno puede sentirse como una bola de billar separada, entre otras, habitando un espacio, o puede sentirse como una uva, entre otras, formando parte del Gran Racimo”. En el racimo se percibe el aroma de la empatía.


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