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Reflexiones
Semanales
07.05.2007 El Gran Vacío Tomemos un grupo de personas con vidas vacuas, carentes de actividades, de vínculos significativos, de tareas creativas, de espacios espirituales, de relaciones afectivas nutricias y trascendentes, sin intereses en el orden artístico, cultural, creativo, sin preocupaciones éticas. Personas que pueden pasar perfectamente tres meses de esas vidas vacías aisladas del mundo porque, de todas maneras, es poco lo que les interesa del mundo, lo que hacen en él o por él. Aislémoslas en una casa y rodeémoslas de cámaras de televisión que registren sus aburridísimas vidas, sus diálogos incoherentes, precarios, sus chatos pensamientos. Pongamos frente a los televisores que reflejan aquella patética experiencia, a millones de personas que lucen similares carencias de objetivos de vida, de actividades, relaciones y propósitos existencialmente significativos. Observémoslos, idiotizados noche tras noche, siguiendo en las pantallas el vacío absoluto. Miremos la perversa satisfacción de los manipuladores empresarios mediáticos, vacíos de ética, creadores del experimento. ¿Qué tendremos? Un éxito abrumador llamado Gran Hermano. Y un testimonio fiel de la época que habitamos. La era del vacío. Vidas desperdiciadas a un lado y al otro de las cámaras. 14.05.2007 Lo que hay que hacer “No soy un héroe, simplemente
hice lo que tenía que hacer, hice lo que cualquier persona
hubiera hecho”. Mauro Mastrobuono, de 16 años, cursa
el segundo año de la escuela media, vive en una sociedad en
la que predomina el egoísmo más absoluto, en donde tener
se confunde con ser, una sociedad vacía, espiritualmente analfabeta,
emocionalmente anestesiada, afectivamente inculta, la sociedad donde
la mayoría de las personas tratan a las demás como obstáculos
o como peldaños, como objetos y pocas veces como sujetos. Mauro
rescató arriesgando la vida, en medio del fuego y del humo,
a varios ancianos alojados en el Centro de Salud Norte, una clínica
que ardió en Villa Adelina, Buenos Aires, el 12 de mayo. Me
asombra la similitud entre las palabras de este chico y las de quienes,
durante la Segunda Guerra, arriesgaban todo para salvar una vida del
Holocausto. Una línea de humanidad profunda, perenne, une a
Mauro con aquellas personas, que también rehusaban ser llamados
héroes. “Hice lo que tenía que hacer”, dice.
Pero la mayoría de los adultos no hace lo que tiene que hacer,
mira para otro lado, huye de la responsabilidad como de la peste,
ignora al prójimo, no ve más allá de su sombrío
ombligo. Mauro Mastrobuono, 16 años, una clase de ser humano
escaso, pero real y posible. Se ríen. Siempre se ríen.
Miran hacia algún lugar, fuera de la foto o de la pantalla,
un lugar que no vemos, y señalan algo que ignoramos o saludan
a alguien que no distinguimos. Y se ríen. Siempre se ríen.
Se llaman Bush, Blair, Aznar, Kirchner, Ibarra, Telerman, Macri, Filmus,
Zarkozy, Royal, se llaman Fulano o Mengano, según la ciudad,
el país, el momento. Son candidatos a algo o ya han sido elegidos.
Sonrisas estereotipadas, idénticas, incomprensibles, sonríen
en las tragedias y en las comedias, en las buenas y en las malas,
ante un auditorio o ante otro. Sus asesores les dicen que hay que
sonreír, que eso los hará aparecer seguros, dominadores
del presente y del futuro, que la sonrisa vende imagen y compra votos.
Ellos levantan una mano, señalan a un lugar insondable y sonríen.
Mandan gente a morir en las guerras, corrompen y se corrompen, se
desentienden de los dolores y las esperanzas colectivas, empeoran
la vida de sus semejantes, manipulan cifras y realidades, son de amianto,
incombustibles ante el dolor y la necesidad. Se van de sus cargos
sin hacerse cargo, impunes. Y sonríen. Siempre sonríen.
Se ríen. ¿De quién se ríen? ¿De
los que miramos sus fotos, sus afiches, sus imágenes? ¿Por qué a mí? ¿Qué me espera? ¿Qué será de mi vida? ¿Cómo es posible? Preguntas de este tipo jalonan nuestra vida. Las pronunciamos, las escuchamos en boca de otros. Se trata de preguntas que hacemos a la vida, como pidiéndole explicaciones y cuentas, y acaso también garantías sobre lo que vendrá o reparaciones por lo que fue. Estas preguntas invierten los términos de nuestra relación con la vida. Como lo señalaba Víktor Frankl, no tenemos ninguna pregunta que hacerle a la vida. Es ella la que nos plantea interrogantes y lo hace continuamente. No a través de palabras ni de códigos secretos. La vida nos plantea sus preguntas a través de situaciones, las situaciones que vivimos. ¿Cómo responderle? No a través de palabras, sino mediante acciones. Cada situación existencial exige de nosotros una decisión. Enhebradas como cuentas de un collar esas acciones nos mostrarán la vida que hemos elegido, las providencias que hemos tomado. Y veremos que no hemos sido objetos del destino sino sujetos de nuestra existencia. Protagonistas de una vida coherente. De eso somos siempre responsables, aunque a veces pretendamos echar culpas a otros, desligarnos buscando errores ajenos. Vivir es responder, no preguntar. |
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