08.07.2008
Violadas en cuerpo y alma
Un hombre viola a su hija de ocho años y la justicia (¿justicia?) lo deja en libertad provisional porque “lo hizo una sola vez”. Un violador serial (dejado libre por la “justicia”) atropella con su auto a una nena de diez años, después la viola y, por fin, intenta matarla incendiándola junto con su auto. En una poderosa muestra de resiliencia (capacidad de resistir y sobreponerse a traumas extremos) ella sobrevive, y, malherida, lo reconoce y lo denuncia. Esto (y tanto más por el estilo) ocurrió aquí, en la Argentina. ¿Cuántas veces hay que mancillar a una criatura para merecer un castigo de la ley? ¿Qué tiene que hacer un violador para no recibir el gracioso perdón del juez que lo libera? ¿De qué grosor es la capa de insensibilidad, de que profundidad es el vacío de empatía, de compasión que pueden desarrollar algunos (muchos, demasiados) jueces? ¿Cómo conviven los jueces sensibles, empáticos, compasivos y justos con éstos seres despiadados, que con sus decisiones ahondan la herida de los indefensos que ya fueron lastimados? ¿Tienen hijos e hijas estos funcionarios de la “ley”? ¿Cómo miran a sus hijos (si los miran) tras estos fallos de irremediable machismo, según los cuáles el que mancilla el cuerpo y arrasa el alma de sus víctimas tiene, si es hombre, derecho a repetirlo? ¿Sentirán esas niñas, al crecer, que no se las violó sólo una vez?
16.07.2008
El imperio de la estupidez
Leo en estos días un libro que me deleita por sus ideas, por la riqueza y belleza de su estilo, por la agudeza de sus argumentos. Se titula “La inteligencia fracasada” y su autor es el filósofo y educador español José Antonio Marina. Dice en un párrafo: “La inteligencia fracasa cuando es incapaz de ajustarse a la realidad, de comprender lo que pasa o lo que nos pasa, de solucionar los problemas afectivos o sociales o políticos; cuando se equivoca sistemáticamente, emprende metas disparatadas, o se empeña en usar medios ineficaces; cuando desaprovecha las ocasiones; cuando decide amargarse la vida; cuando se despeña por la crueldad o la violencia”. Marina cita al historiador y economista italiano Carlo Cipolla, quien dijo: “Una persona estúpida es la que causa daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí o incluso obteniendo un perjuicio”. Este libro fue escrito en España, en 2004. Marina no pensaba en la Argentina, por supuesto, ni en quienes en este país, con alucinaciones absolutistas y ebrios de poder mal digerido, parecen haber inspirado sus palabras y las de Cipolla.
23.07.2008
Machismo traicionado
La palabra corazón, en el vocabulario de la política regida por los paradigmas de la masculinidad tóxica, equivale a derrota, a blandura, es poco confiable. Tomar una decisión basada en convicciones nacidas del corazón y actuar esa decisión es, en el código del machismo tradicional aplicado a la política y a los negocios, una “traición” lisa y llana. Con la palabra corazón y con actitudes en donde lo emocional cuente, una mujer jamás avanzará en la política. Con esas mismas palabras y actitudes un político varón corre riesgos (puede ser, incluso, amenazado de muerte). Aunque una mujer ocupa el cargo presidencial, no ha nacido de ella ninguna palabra compasiva, ningún gesto de empatía, ni un movimiento apaciguador. Fue un hombre el que tuvo actitudes “femeninas”. Y en eso radicó su fuerza. La mujer, mientras tanto, confirmó las peores creencias del machismo. Que en los matrimonios el poder es del varón, que a él se le debe obediencia, que la mujer está para lo social (o ni eso). Y que, en política, para ser aceptada una mujer debe mostrar “fuerza”, “aguante”, cuando no (como se le pidió alguna vez) “huevos”. Seguimos gobernados por el paradigma machista y, cuando algo diferente se cuela (así sea una sola actitud) empiezan las especulaciones y la sospecha, el “por algo lo habrá hecho”. ¿Por una elección personal, por una elección moral no es suficiente?
29.07.2008
Mentes peligrosas
“Los argentinos sufrimos el asalto de los subversivos marxistas por orden de la URSS y Cuba. Ahora nosotros estamos siendo juzgados. Somos el primer país en el mundo que juzga a sus soldados victoriosos que lucharon y vencieron para el pueblo”. Esto declaró (sin hacerse cargo de algún crimen) el genocida Benjamín Menéndez antes de ser condenado a cadena perpetua. Ocurrió el 24 de julio y sus palabras suenan fanáticas y delirantes. Cuando una mente se dispara, crea una versión de la realidad, se la cree y la disocia de la realidad objetiva, es una mente peligrosa. Se excusa a sí misma y justifica cualquier acto. Durante semanas hemos escuchado un discurso según el cual los chacareros argentinos eran oligarcas deseosos de vaciar las mesas del pueblo, eran seres ávidos de riqueza y, tanto ellos como los centenares de miles de personas que los apoyaban, tenían intenciones “destituyentes” (una palabra creada por “intelectuales” que, si no están obligados a ser sensatos, sí tienen el deber de cuidar el idioma). Ni Cuba ni la URSS invadieron Argentina, aunque la paranoia costó sangre y vidas. Los “destituyentes” no destituyeron a nadie, la “oligarquía” no vació una mesa (sí, y muchas, la inflación que se miente y oculta). El costo de la paranoia fue alto. Las mentes peligrosas son peligrosas, más allá de las ideas con que se maquillen.