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La caja de ahorro más valiosa
Por
Sergio Sinay
Un
rabino del que soy amigo se encontró en la calle con un conocido
y le hizo una pregunta de rutina: ¿Cómo estás?. La respuesta
fue: Mal, todo mal, ¿cómo quiere que esté con toda esta historia
del corralito y demás? El rabino reflexionó y luego preguntó:
¿Con quién desayunaste hoy?
--Con
mis hijos.
--¿Y
después?
--¿Después
qué? Después fui a la oficina.
--¿Anoche
cenaste antes de dormir?
--Claro
que cené. No iba a ir a la cama con el estómago vacío, ¿no?
--¿Y
en dónde dormiste?
--¡Rabino,
por favor! En mi casa, en mi cama.
--¿Y
con quién?
--¿Con
quién iba a ser? ¡Con mi mujer, por supuesto! ¿Qué es todo este
interrogatorio?
--Nada,
nada. Dejame recordar: o sea que cenaste, dormiste en tu cama,
junto a tu mujer, desayunaste con tus hijos, fuiste a tu trabajo.
¿Y todo, todo está mal, che? ¿Todo mal?
Este
diálogo real muestra la dimensión que cobraron en nuestras vidas
palabras como corralito, dólar, transferencia, caja de ahorro,
plazo fijo o tipo de cambio. Ocupan todos los espacios, están
en sueños, planes y pesadillas. Hoy y aquí es imposible hablar
sin mencionarlas. Y en ese fárrago se perdió, se postergó o se
olvidó un instrumento esencial para la calidad de nuestra vida:
la caja de ahorro afectivo.
Esta
cuenta no se abre en ningún banco y tiene la ventaja de que no
puede ser incautada ni confiscada. Una cuenta de ahorro afectivo
es la que tiene como titulares únicos e irremplazables a aquellas
personas que conforman y construyen un vínculo de tipo emocional
(pareja, padres e hijos, amigos). Los titulares depositan en ella
su capital de afecto, cariño, amor y se comprometen a destinar
ese monto a una finalidad común. Esa finalidad puede ser la construcción
de puentes de confianza, o la creación de un espacio de intimidad,
o la preservación de la armonía, o el impulso para el desarrollo
mutuo y acompañado de las mejores potencialidades de cada uno,
o el tejido de tramas de seguridad psicológica o la aceptación
y la unión desde la diversidad, o el crecimiento espiritual compartido,
o el aprendizaje vivencial y mancomunado del respeto. En fin,
hay tantas posibilidades como hay tantas personas que construyen,
sostienen y alimentan sus vínculos.
Hay,
además, vínculos directos y de primer grado, como los que me unen
con mis seres más queridos, cercanos y elegidos, y hay vínculos
indirectos o de segundo grado, como los que me relacionan con
mis socios, compañeros, vecinos, conciudadanos, compatriotas,
congéneres. Tanto unos como otros, por diferentes motivos, son
esenciales para la conservación y mejoramiento de la existencia
humana.
En
realidad, buena parte del sentido y de la trascendencia de la
vida se asienta en ese tejido vincular. Por lo tanto el cuidado,
la profundidad, la dedicación que dediquemos a esta trama de relaciones
en las que estamos integrados tiene incidencia directa en los
fondos que atesoran nuestras cajas de ahorro afectivo. Quizá hemos
quedado demasiado atrapados en el corralito de la economía monetaria
a expensas de la economía afectiva y emocional. En la obra "Calígula",
de Albert Camus (que Imanol Arias protagonizó hace pocos años
en Buenos Aires), el emperador dice a sus secuaces: "Si lo más
importante es el dinero, entonces lo más importante no es la vida.
Así que dejémonos de hipocresía, vamos por el dinero sin respetar
la vida".
Si
lo más importante que cada uno de nosotros tiene está en las cajas
de ahorro y en los plazos fijos efectivos, es probable que nuestras
cajas de ahorro afectivo se estén vaciando silenciosamente. No
me parece ni ingenuo ni secundario apelar en estos días a las
cajas de ahorro afectivo, a reforzar los lazos sentimentales,
a confiar y acudir a las redes emocionales en las que estamos
involucrados. Con pareja, hijos, padres, amigos y con todos los
afectos que nos unen con ellos, tenemos la opción de crear otros
temas de conversación, otras perspectivas de la vida, nuevos proyectos
existenciales, para algunos de los cuales quizá sea necesario
el dinero, pero no sólo el dinero. Si creemos que la vida pasa
principalmente por el dinero, ¿qué nos diferenciaría de quiénes
nos lo roban? Tiene que haber algo más. Revisemos nuestras cajas
de ahorro afectivo.
E
invirtamos lo que hay allí.
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