| ¿Qué
hacemos con nuestras vidas?
Por
Sergio Sinay
(Este artículo se publicó en el
diario La Nación, de Buenos Aires, el 14/01/07)
Cuando
tenemos sed o cuando vamos a lavarnos la cara en la mañana,
¿qué es lo que de veras necesitamos? ¿El
agua o el grifo? La pregunta, como muchos interrogantes sencillos,
tiene un poderoso efecto cuestionador y fue formulada por John
Thackara, filósofo, periodista y uno de los más
respetados y talentosos diseñadores contemporáneos.
Thackara, creador y director de Doors of Perception, una red con
sede en Ámsterdam que conecta a diseñadores, pensadores
e innovadores de todo el mundo para reflexionar sobre el futuro,
es autor de un decálogo en el que propone pensar en las
necesidades antes que en las innovaciones y en el valor social
antes que en la novedad de la tecnología.
La pregunta sobre el agua y la canilla
podría extenderse a numerosos rubros de la vida cotidiana.
¿Necesitamos comunicarnos o un celular que tome fotos,
emita música y adivine que número deseamos marcar?
¿Necesitamos ponernos en contacto con otro ser humano o
perdernos en la maraña de un chateo multitudinario? ¿Necesitamos
transportarnos o un auto que bata las marcas mundiales de velocidad
y cuya potencia, aunque lo usemos sólo en la ciudad, sea
la de un avión Jumbo? ¿Necesitamos la información
que nos es útil o toda la que se nos ofrece torrencialmente?
¿Necesitamos ver una película, que nos alimente
estética, emocional o intelectualmente o sólo bajar
de Internet todos los films posibles y verlos uno detrás
de otro hasta no recordar ni la trama ni las imágenes de
la mayoría de ellos? ¿Necesitamos comunicarnos cuando
de ello depende algo esencial o poseer un artefacto que nos salve
del silencio y de la intimidad las veinticuatro horas del día,
en cualquier momento y en cualquier lugar? ¿Necesitamos
escuchar música o atosigarnos de ruido sólo porque
es fácil acceder a él?
Hacia mediados de 1940 el psicoterapeuta
ruso-estadounidense Abraham Maslow, uno de los pilares de la psicología
humanista, desarrolló su célebre Pirámide,
que describía las necesidades humanas. En la cima están
las Necesidades de Autorrealización (cumplimiento de las
potencialidades más profundas del individuo, las que dan
sentido a su vida). En la base, las Fisiológicas (alimento,
agua, aire, abrigo, techo). Entre ambas, las de Autoestima, de
Aceptación (amor, amistad, afecto, pertenencia) y de Seguridad
(protección). Maslow sostenía que, cubiertas las
necesidades de la base, el individuo empieza a emplear sus energías
progresivamente en las otras. A mitad de camino de ese ascenso,
en las de Aceptación, está socialmente incorporado.
Maslow habla siempre de necesidades, nunca de “deseos”.
Estos suelen camuflarse como necesidades, distraer la energía,
generar conflictos interiores, insatisfacción, angustia
existencial. Confundir deseos con necesidades y satisfacción
o placer con felicidad suele ser un paso habitual en nuestra cultura
y un motivo de confusión, desorientación y descontento.
Aunque ha recibido algunas críticas
(se le objeta “arbitrariedad” y se la ha llamado “obsoleta”,
como si las características humanas pudieran serlo), la
vigencia de la Pirámide es fácilmente observable
en el mundo contemporáneo. Un caso es el del holandés
Jil Van Eyle, quien además de asesorar al director técnico
del Barcelona, Frank Rikjaard, es el creador del proyecto Teaming,
dedicado a recoger fondo para diversas ONG del mundo. Hoy Van
Eyle tiene 39 años y hasta los 33 era un asesor mimado
de grandes corporaciones. Entonces nació Mónica,
su primera hija, afectada de hidrocefalia. No había esperanzas
para ella, se le pronosticaba una pronta muerte. Van Eyle no se
resignó, luchó por la niña a pesar del escepticismo
médico. Mónica sobrevivió, es sorda, ve poco,
pero ha comenzado a caminar, sonríe, se comunica. “Hasta
hace diez años, confiesa Van Eyle con coraje, yo era un
idiota redomado. Sólo me importaba mi carrera, ganar dinero
y tener un coche caro. Sufría si el auto de un amigo o
un colega era mejor que el mío. Así como me había
prometido ser millonario, a partir de Mónica me juré
que sería el mejor padre del mundo. Ella me enseñó
a darle sentido a mi vida y una vida con sentido es una vida útil.
Hoy no tengo coche, pero no me siento solo, como cuando corría
tras los millones. Vivo comunicado con los demás, eso es
lo que necesitamos los seres humanos”.
Conexión sin comunicación
Por cierto no es lo mismo la comunicación
de la que habla Van Eyle que la simple conexión. En su
lucido y ya clásico ensayo El amor líquido, en el
que explora sin concesiones las relaciones humanas en la sociedad
contemporánea, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman
advierte que vivimos en un planeta en el que cada vez hay más
personas conectadas y, simultáneamente, incomunicadas entre
sí. ¿En qué se evidencia la incomunicación?
Por ejemplo, en la falta de tiempo de padres para los hijos. Se
delega la crianza en la escuela, en personal asistente (niñeras,
profesores privados, entrenadores), en los juegos de computación,
en la computadora misma, en la televisión. En septiembre
de 2006, una encuesta nacional efectuada por el Ministerio de
Educación señalaba que el 30% de los chicos de 11
a 17 años en la Argentina ve seis horas diarias de televisión
y el resto no menos de tres horas. Cifras inquietantes en un país
donde, además, no parece haber ni regulación ni
autorregulación responsable sobre los contenidos.
La falta de comunicación se manifiesta
también en la falta de tiempo para la intimidad (emocional,
conversacional, creativa) en las parejas y familias, un fenómeno
que resuena en los lamentos que, cada vez más, escuchan
los psicoterapeutas, los consultores psicológicos, los
consejeros matrimoniales, los pastores, rabinos y sacerdotes.
Algo explicable cuando los principales suplementos económicos
dan cuenta de la nueva modalidad de los ejecutivos, que consiste
en trabajar más horas por semana hasta incluir los domingos,
aunque en este caso algunos aclaran que concurren a la oficina
en bermudas, así como otros calzan su traje de baño
y van a la playa munidos de su notebook con conexión inalámbrica.
El psicoeconomista español Alex Rovira (asesor económico
y autor de La brújula interior, un libro que vendió
más de 400 mil ejemplares) fue consultado acerca de la
frase que sostiene a estas conductas: “No puedo no hacerlo,
es mi trabajo, tengo que ganarme la vida”. Dice Rovira:
“¡Qué frase tan perversa! La vida ya la tienes
ganada, ahora dale sentido. O el último día te oirás
decir: Sí, me gané la vida…¡pero no
la viví!”.
La comunicación se esfuma cuando
los casi dos millones y medio de cuentas de correo electrónico
que existen en el país portan un 90 por ciento de spam
(mensajes basura) o de mensajes prescindibles, o cuando los 20
millones de teléfonos celulares que circulan por el país
son a menudo, como advierten los estudiosos del comportamiento
social, interruptores u obstáculo de la comunicación
personal, ya que siempre tienen prioridad sobre la presencia del
interlocutor de carne y hueso. Lo que nació como una herramienta
de gran utilidad en emergencias o para contactos necesarios e
imposibles hasta entonces, amenaza ahora con ser el “ruido”
que impide la comunicación. Una verdadera paradoja.
Pero acaso nada sea tan paradójico
como la cifra que proporcionó a La Nación en el
último mes de octubre el representante de una de las dos
empresas que recogen chatarra electrónica a escala nacional.
Unas 100 mil toneladas de equipos informáticos y electrónicos
se convierten cada año en chatarra en el país. La
mayoría de ellos no se rompió ni dejó de
funcionar. Simplemente son obsoletos, pasaron de moda. Sus usuarios
los descartan sin haber aprendido a usar todas las funciones del
equipo. El motivo es, sencillamente, “ponerse al día”,
no quedar “fuera de onda”.
Dónde poner el foco
Para todas estas cosas se necesita tiempo.
Como el dinero, el tiempo es una convención y, como aquel,
si se usa en un lugar merma en otro. La conexión sin comunicación,
la carrera detrás de lo novedoso, el priorizar lo material
(bajo la forma de rentabilidad, consumo de bienes y servicios,
el lujo disfuncional y dispendioso, la explotación irracional
del medio ambiente) requiere un tiempo y una atención que,
usualmente, se resta de los vínculos con amigos, con familiares,
con hijos y pareja, con actividades enriquecedoras en lo emocional
y espiritual. Y esto conlleva costos de salud psíquica
y vincular.
En el Tibet existe este dicho milenario:
“Si quieres conocer el futuro, mira el presente”.
Se puede traducir en las siguientes preguntas: ¿Están
nuestros esfuerzos en lo que de veras importa y trasciende? ¿Estamos
comunicados con la voz de nuestro corazón y con la mirada
de nuestros seres queridos? ¿Estamos atendiendo a nuestras
necesidades o somos presa de nuestros deseos? ¿Estamos
viviendo una vida elegida, o sólo la que se nos induce
a vivir? Michael y Justine Toms, un matrimonio de consultores
en comunicación y mercadotecnia, creadores de los Círculos
de Trabajo Auténtico, grupos de reflexión sobre
el sentido, el cómo y el para qué del trabajo en
la vida de las personas, y autores de El zen del trabajo, dicen:
“Servir a las personas y al planeta es el sello distintivo
del trabajo auténtico. Lo que hagamos, cómo lo hagamos,
cómo produzcamos, cómo consumamos, como nos relacionemos
entre nosotros y con los otros, influirá en nuestra vida,
en la de nuestros hijos y en la de los hijos de nuestros hijos”.
En contraste con esta propuesta, hay cifras
que llaman a una deliberación urgente y activa. En octubre
de 2006 la New Economic Foundation, una organización que
ha desarrollado el concepto de deuda ecológica para cuantificar
la incidencia de la industrialización y el consumo masivos
sobre el planeta, informaba que para esa fecha los seis mil millones
de habitantes de la Tierra habían agotado el capital ecológico
correspondiente a todo el año. En los tres meses que faltaban
para completar el período, advertía NEF, se irían
a gastar más recursos de los que el planeta está
en condiciones de regenerar. Es, como el título del documental
que el ex vicepresidente de Estados Unidos Al Gore ha divulgado
a lo largo y ancho del mundo, Una verdad incómoda. Pero
es una verdad que nos atañe en nuestra vida y hábitos
cotidianos. Se puede permanecer indiferente ante ella, pero eso
no garantiza indemnidad. Al contrario.
Muy entretenidos
Toneladas de chatarra electrónica
usable, frenesí en la producción de auto y consumo
de combustible, invitación a consumir en horarios de descanso
(“happy hours” de compras después de medianoche)
son apenas algunos emergentes de un estilo de vida que se difunde
mientras desaparecen los espacios de encuentro humano, esos en
los cuales se dialoga, se confraterniza, se comparte, se relata,
se escucha. Se construyen cada vez más espacios de esos
que el antropólogo francés Marc Augé bautizó
no lugares (centros comerciales, megaestadios, gigantescos aeropuertos
con faraónicos duty frees, etc.), de los que Bauman, en
su ensayo La globalización, dice: “La gente es atraída
y entretenida constantemente, aunque nunca durante mucho tiempo,
por las interminables atracciones. Pero no la alientan a detenerse,
mirarse, conversar, pensar, ponderar y debatir algo distinto,
a emplear el tiempo en actividades desprovistas de valor comercial”.
De ese modo se robustece un tipo de vida en que Barman insiste
en describir: “No solidarizarse con el otro, sino evitarlo,
separarse de él: tal es la gran estrategia de supervivencia
en la megalópolis moderna”.
Sin embargo, algo no funciona. En la última
semana de diciembre el semanario británico The Economist,
confirmaba que, aun cuando la economía mundial ha crecido
a una tasa anual del 3,2% desde 2000 (y los ricos se enriquecieron
más, consecuentemente), las encuestas sobre el estado de
felicidad de las personas no muestran índices crecientes.
De regreso a Maslow, parece confirmarse que satisfacer necesidades
materiales y fisiológicas nada significa si no se continúa
el ascenso de la Pirámide. Insatisfechas, las otras necesidades
seguirán siendo preguntas abiertas, como las que salpican
este texto. Su falta de respuesta también puede medirse
en cifras. En la Argentina, donde la economía crece a un
sostenido 9% anual, la Confederación Farmacéutica
(que representa a 10 mil farmacias de todo el país), señala
que el consumo de antidepresivos aumenta un 12% por año.
Una encuesta de Gallup que abarcó a 50 mil personas en
70 países, incluido el nuestro, revelaba hace un año
que cada vez más personas se inclinan hacia la religión.
Buscan en un ámbito trascendente las respuestas emocionales
y espirituales que necesitan ante “la inconsistencia de
los valores sociales y políticos”, como señaló
entonces el filósofo Santiago Kovadlof.
Sobre esto mismo, la escritora italiana
Susana Tamaro (autora de Donde el corazón te lleve, un
libro profundamente reflexivo que ya alcanzó nueve millones
de ejemplares en el mundo) le confió a la periodista argentina
Teresa de Elizalde: “La tendencia de convertir al hombre
en una máquina sin alma ha creado el efecto contrario.
Las personas sentimos nostalgia de cosas esenciales, de vida interior,
y nos revelamos a la dictadura del materialismo. La vida es algo
más que comprar o drogarse. Hay una realidad más
misteriosa y profunda, la realidad espiritual. Aparentar y vivir
son considerados sinónimos, pero no es así”.
Esa realidad espiritual, esas necesidades
del alma, el encuentro con los otros, el tiempo para el diálogo
y la caricia, para la mirada y el registro, para sentir y transmitir,
son el agua. Todo lo demás es grifería. Mejor o
peor diseñada, más cara o más barata, más
ostentosa o más minimalista. Sólo grifería.
Es útil. Pero lo necesario es el agua.
|