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Artículos / Temas de Reflexión

El Mundial que todos perdemos
Por Sergio Sinay


      Este texto requiere una advertencia previa: el autor ama el fútbol, lo ha jugado desde pequeño, lo sigue, le debe emociones maravillosas y amistades entrañables. Conviene aclararlo, pues vivimos semanas en las cuales toda crítica a esta actividad económico-deportiva, y a sus consecuentes fanatismos y arrebatos nacionalistas (inducidos o espontáneos) puede significar la descalificación o marginación de quien lo haga. La palabra más usada en estos tiempos es “Mundial”. Tanto da para los negocios, como para la política, el espectáculo, la moda e incluso la educación. Porque gracias a las piruetas dialécticas de las autoridades educativas (y de algún gobernador verbalmente incontinente) se ha descubierto que el Campeonato Mundial ofrece unas ventajas pedagógicas insospechadas y que cada partido que se vea por televisión en la escuela (¿hay electricidad en todas las escuelas del país, aparecieron partidas presupuestarias para televisores?) se convertirá en un manantial de conocimientos para los alumnos. Lástima, entonces, que en un país de tantos problemas educacionales no haya un mundial por año o por cuatrimestre. Y lástima que el próximo e inminente Mundial no haya sido una oportunidad para que padres y escuelas se comprometieran en estrategias comunes y solidarias tendientes a que los chicos no falten aunque no se televisen los partidos en las escuelas. Cuando autoridades educativas y padres desertan de sus funciones normativas y orientadoras, ¿que se les puede pedir a los niños y adolescentes? ¿Qué se auto eduquen, que se limiten a sí mismos, que sean autodidactas de la responsabilidad? No hay tiempo para discutirlo ahora. El 10 de junio está encima, ese día Argentina enfrenta a Costa de Marfil y se juega buena parte del orgullo y el humor nacional.
      Mientras tanto, en días recientes, la abrumadora y casi obscena invocación del Mundial para promover todo tipo de consumo se coronó con la exhortación a comprar herramientas mundialistas (como televisores, reproductores de video y discos digitales, plasmas y demás) en horas de la madrugada, porque en ese horario, según prometían los anuncios, se obtendría un descuento extra. No es una idea nueva, sin embargo: lo mismo se hace con los pollos en los grandes criaderos. Se los mantiene despiertos con luz artificial estimulándolos para que no dejen de comer y alcancen pronto el peso necesario para ser enviados a las góndolas de los supermercados. Así, gracias al Mundial, un consumidor y un pollo de criadero, se hermanan. Lo que podría permitirnos reflexionar, si no estuviéramos preocupados por saber cómo llegará Leonel Messi al día del primer partido, sobre nuestros hábitos de consumo, sobre las razones que nos llevan a buscar en el acopio de bienes materiales un analgésico de efecto pasajero para las angustias existenciales que merecen otro tipo de respuesta y algún espacio espiritual.
      Gracias al Mundial, también, una industria florecerá durante el mes de julio en Alemania. En su edición del 17 de marzo de 2006 el diario madrileño El País informaba que en Berlín se ha construido un gran prostíbulo de 3 mil metros cuadrados muy cerca del estadio “mundialista” y que allí se podrán atender a más de 650 clientes por hora. Algo similar ocurre en cada sede (además de infinidad de pequeños burdeles peor diseñados). Miles de mujeres de Europa del Este, de Asia y América Latina son llevadas a trabajar allí con promesas, con engaños y con permisos que, supuestamente, las habilitan para otras tareas. Si José Pekerman no hubiera tardado tanto en entregar la lista definitiva de los 23 futbolistas argentinos, acaso nos hubiera quedado algún minuto para pensar qué clase de paradigma masculino prevalece aún en el planeta, como para que el deporte y la compra de un cuerpo ajeno estén tan ligados. Un mundo que, supuestamente, abomina de la esclavitud parece tener poco para decir acerca de la prostitución, salvo argumentos hipócritas como el de que “las prostitutas son libres y eligen”. Jens Orbacks, ministro sueco de Igualdad e Inmigración dice (La Vanguardia, de Barcelona, 13 de abril de 2006) que “en la Europa de 2006 hay miles de mujeres transportadas y explotadas”. Durante el Mundial, miles de hinchas llegados de todo el mundo participarán de esa explotación. Pero cualquier grito de gol sonará más fuerte que una invitación a reflexionar sobre éste y otros temas.
      Gracias al Mundial habrá treguas políticas en muchos lugares del mundo, oficialitas y opositores estarán pendientes de la pantalla antes que de las cuestiones que los tenían enfrascados, y el silencio de radio caerá (acaso las excepciones sean Irak y Medio Oriente) sobre las casi 90 guerras que, en este mismo momento, se desarrollan en el planeta. Durante un mes muchos de esos conflictos serán más silenciados que nunca y sus víctimas serán menos importantes que el nivel de juego alcanzado por Ronaldinho, por Riquelme o por Zidane. El Parlamento argentino (donde hay más perezosos que en la selva) será un santuario de ausencias y de silencio. Y, dependerá de los resultados, acaso veamos a un Presidente alejado del fútbol (como en su momento lo estuvo del caso Cromagnon o del de las papeleras) si todo va mal o súbitamente comprometido con la victoria final si la hay. Pero, por ahora, urge más saber si pueden jugar juntos Messi, Aimar, Tevez y Riquelme que hacernos algunas preguntas acerca de las espurias relaciones que el fútbol y la política establecen con frecuencia y que no son ajenas a nuestra vida cotidiana.
      “Jueguen limpio, mis amigos”, repite sin mosquear, en una campaña televisiva, un jugador francés que se contó entre los más violentos de la década del 90. “La pelota no se mancha”, sentenció alguna vez aquel futbolista argentino que aún alardea de un gol hecho con la mano. Como amante del fútbol es doloroso admitir que, en el ocaso de éste como deporte y en su apogeo como negocio, el juego limpio no existe hace tiempo y que la pelota está cubierta de manchas indelebles. El fútbol es hoy mucho más que lo que ocurre en un espacio verde de 105 metros de largo por 75 de ancho. En realidad, lo que allí acontece es lo de menos, apenas un pretexto. El Mundial lo demuestra cada cuatro años con más fuerza. Pero aquí estamos, sin tiempo para hablar de eso. Preparémonos, pues, a un bombardeo impiadoso de incitaciones publicitarias, de extorsiones emocionales, de discursos de ocasión, de recién nacidos fanatismos. Preparémonos para nuevas sobredosis televisivas y radiales de Maradona, para ver y escuchar a los comentaristas más insospechados e inesperados. Preparémonos a escuchar “Vamos Argentina” como si de veras nos uniera una visión compartida y una responsabilidad solidaria acerca de nuestra sociedad (cosa que no ocurrirá hasta el 2010 ni ocurrió desde el 2002, por supuesto). Un amigo muy querido, y muy futbolero, dice que todo lo que espera del Mundial es que termine. Mientras tanto, que gane el que juegue mejor, cualquiera sea su camiseta.

 

 

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Sergio Sinay - sergio@sergiosinay.com - [+5411] 4772-9139 ó 15- 4496-5763 - Argentina