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Artículos / Temas de Reflexión


La biología no es destino

Por Sergio Sinay

Para ser machista no es necesario ser hombre. El machismo es un sistema de creencias según el cual las particularidades que la cultura define como “masculinas” son más meritorias, deseables y decisivas que las “femeninas”. Hoy y aquí prevalece (más allá de cambios superficiales y cosméticos) un paradigma masculino, basado, entre otros “valores” en el don de mando, la pericia para tomar decisiones, el aguante, el coraje fundado exclusivamente en atributos genitales, el ordenamiento vertical de los vínculos, la inmunidad ante emociones supuestamente debilitantes como la piedad, la compasión o la ternura, el rechazo de la pasividad y la receptividad, la invulnerabilidad, el rendimiento físico a destajo en los planos deportivo, laboral y sexual, pretendidas habilidades innatas para la economía y la tecnología, la capacidad de proveer económicamente a los hijos (aunque cada vez más mujeres lo hacen, no les va en ello la feminidad). Este paradigma está vivo y colea, determina los códigos de la política, de los negocios, del deporte, de la ciencia, de la técnica, de las relaciones con el medio ambiente y, apenas suavizado, de los vínculos de los hombres con sus hijos y con las mujeres.
Muchas mujeres (muchas más de las que se cree, más de las que ciertos discursos dudosamente progresistas pretenden ocultar y más de lo que ellas mismas aceptan) son funcionales a este modelo desde diferentes roles y funciones en la pareja, en la sexualidad, en la maternidad, en sus profesiones, en la vida pública y privada. Funcionales no significa culpables. Los portadores principales del virus del machismo son varones. Ese virus produce, aunque se lo omita en los análisis de estas cuestiones, guerras, depredación ambiental, violencia doméstica, una verdadera epidemia de violaciones y abuso sexual, tragedias automovilísticas cotidianas, violencia social (más del 80% de los criminales de todo tipo son varones y provienen de hogares con padres ausentes, débiles o violentos y madres que los apañaron), embarazo adolescente (más del 70% de las casi niñas embarazadas tuvieron aquel mismo modelo de padre y una madre sumisa ante él), aumento constante en las cifras de afectados por el SIDA (los transmisores son mayoritariamente varones), explotación laboral y una larguísima lista de efectos.
Conviene repetirlo, no es preciso ser hombre para ser machista. Esto debería tranquilizar a quienes parecen inquietarse, intimidarse o erizarse ante la aparente posibilidad de que una mujer gobierne la Argentina. Si no los calmó José Saramago con su lamentable confusión entre el atributo (poder) y la persona que lo ejerce (en este caso, mujer), debería aquietarlos la simple observación de la realidad. Ninguna mujer produce cambios, cuando asume un cargo político de peso, sólo por ser mujer. Contra lo que suele decirse, la biología no es destino. No elegimos nuestro ser biológico (de ahí que resulte patético el pavoneo masculino acerca del tamaño de los propios genitales, tamaño que ningún hombre decide por sí y que, por lo tanto, no es un mérito). Pero sí elegimos cómo construir nuestra vida. Elegimos aún cuando creamos que no lo hacemos. En esa elección se basa nuestro destino y nuestra condición de seres responsables.
Así es que quien gobierna elige cómo lo hace. Puede atenerse al modelo oficial de ejercicio de la política, que es el masculino tradicional. O puede proponer un cambio que traiga a ese ejercicio la solidaridad, la inclusión, la empatía, la compasión, la horizontalidad, la circularidad, la preocupación por cuidar y nutrir, la reivindicación de los aspectos receptivos y de la emocionalidad como complemento creativo de la racionalidad. Esto permitiría poner el acento en cuestiones largamente postergadas o ignoradas que afectan profundamente al cuerpo social que integramos y a las relaciones humanas en ese cuerpo. Entre esas cuestiones están el aborto (causa de horribles muertes para miles de mujeres), la prostitución y el tráfico de personas (dos de las más monstruosas aberraciones de un paradigma masculino tóxico), la ya mencionada violencia doméstica, la perenne postergación de la salud y de la educación (más allá de medidas y discursos sólo proselitistas), el combate contra la corrupción y contra el negociado como prácticas compulsivas y casi obscenas, el acatamiento a normas, leyes e instituciones como base para la convivencia, el respeto, el fomento y la honra hacia la diversidad, la capacidad de mediar en el disenso.
Los machistas y tradicionalistas preocupados pueden estar tranquilos. Ningún cambio en la dirección que acabo de describir amenaza con empezar. Todos estos temas sufren aún un doloroso y estruendoso silencio en el discurso de las mujeres que ascienden en la pirámide de la política argentina. No estamos, en apariencia, ante una excepción. Si una mujer va a gobernar el país, nada se sabe sobre lo que piensa o lo que va hacer con estas cuestiones. Nada dice. Si una mujer va a gobernar el país, lo hará, ante todo, por la decisión de un hombre y con la venia de él. No hay cambio en el horizonte, no lo hay desde el origen.
Frente a esta situación, es banal poner el acento (como bien lo dijo en estas páginas Jorge Cicuttin) en un poco más o un poco menos de botox. Cuando la atención deriva hacia allí, las mujeres quedan peor. Mucho lucharon por el derecho al voto, ¿tendrán que hacerlo hoy por el derecho al botox? Sería una patética muestra del estado mental de una sociedad.
¿Está, en fin, la sociedad preparada para que la gobierne una mujer? Mientras esa mujer no atente contra el modelo de género enquistado en la consciencia colectiva, la sociedad la aceptará. Y, más allá de las críticas, cada uno de sus fracasos o desaciertos traerá alivio a la sociedad. Se podrá decir que las mujeres no están preparadas para gobernar. Aunque lo hagan con el mismo modelo de los hombres. Las mujeres, los hombres, el conjunto que integramos, habremos perdido una oportunidad de transformar un paradigma tóxico. Nada habrá cambiado. Una vez más.

 


 

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Sergio Sinay - sergio@sergiosinay.com - [+5411] 4772-9139 ó 15- 4496-5763 - Argentina