| Elogio
de la escritura que no muere
Por
Sergio Sinay
Él la llamaba, en sus cartas,
“querida actriz” y ella encabezaba sus respuestas
con “querido escritor”. Intercambiaron más
de un millar de cartas desde 1901 a 1904, tiempo que estuvieron
casados hasta la temprana muerte de él, a los 44 años.
El epistolario entre el escritor y dramaturgo ruso Antón
Chejov y la actriz Olga Knipper encierra poesía, inteligencia,
ternura, nostalgia (pasaban largas temporadas separados por la
actividad de ella o la tuberculosis de él), además
de algunas de las más bellas expresiones amorosas posibles
y, siempre, una escritura exquisita, un rico, gozoso y deleitable
uso de las palabras.
Otras vidas, otros amores, otras historias pueden entenderse,
reconstruirse, explorarse a través de cartas que las sobrevivieron.
Las de Oscar Wilde, las de Virginia Wolf, las de Victoria Ocampo,
las de Raymond Chandler, las de Sor Juana Inés de la Cruz,
las de Mozart, las de Freud, las de Jung. La cadena de nombres
es infinita, cada uno que se evoca convoca a otros. La escritura
nació, se cree, con los sumerios en la Mesopotamia unos
tres mil años antes de Cristo. Ideográfica en un
primer momento, sólo transmitía ideas a través
de símbolos y dibujos. Fonética más tarde,
incluyó la representación de sonidos. Y acabó
por ser, como hoy la conocemos, ideosilábica. Lo cierto
es que la escritura devino una poderosa herramienta de comunicación,
de transmisión de pensamientos y sentimientos, de establecimiento
de acuerdos, de producción testimonial, una rica y vigorosa
herramienta de producción intelectual, científica,
histórica y artística. Cinco mil años después,
esto necesita ser recordado y reivindicado porque serios peligros
la acechan, sobre todo en sus formas más cotidianas, accesibles
y nutricias.
Según un estudio de una consultora privada, solamente en
la Argentina se envían 5.300 millones de mensajes de texto
por mes a través de teléfonos celulares. Quienes
estudian sus contenidos concluyen que esos mensajes aluden generalmente
a banalidades: un “saludito”, preguntas acerca de
“qué ropa te vas a poner”, o de si “la
viste a fulanita”, o menos que eso aún. Se podría
decir que los llamados SMS (nombre técnico del recurso)
fomentan la comunicación. Aumentan, sí, la conexión
tecnológica. Pero comunicación, en términos
de relación humana, es otra cosa: incluye palabra, gestualidad,
expresiones, atmósfera emocional, tiempo compartido, desplazamiento,
contacto corporal, temperatura emocional.
Los mensajes de texto, según explican sus propios cultores,
eximen de buena parte de esos ingredientes, permiten abreviar.
Acortan el tiempo de contacto, la intensidad del mismo, su profundidad,
su variedad y sobre todo comprimen la escritura. En realidad,
parecen mutilarla. Dormir se escribe “Zzzz”. “cmsts”
puede significar “cómo estás”, la palabra
mañana se reduce a “mñn”, “Kbn”,
es qué bueno y así en más. No hay, por supuesto,
signos ortográficos, mueren las vocales, agoniza la sintaxis.
La escritura parece iniciar un camino involutivo. Ya no es, en
este “soporte tecnológico”, ideosilábica
sino fonética. Acaso pronto sea otra vez sólo ideográfica.
Y luego la tecnología de la hiperconexión habrá
obrado el “milagro” de devolvernos a la prehistoria
ágrafa.
Hace poco el escritor Alberto Mangel, lucido estudioso de la literatura
y de su historia, escribió un texto en el que aseguraba
que la lectura será pronto un acto de resistencia, el empecinado
combate de quienes creen aún en la riqueza y la trascendencia
espiritual, emocional, artística y comunicacional de las
palabras. Leer y escribir son dos aspectos complementarios del
mismo fenómeno, un fenómeno exclusivamente humano.
Quien lee se habilita para escribir (cartas, poemas, diarios íntimos,
ensayos, reflexiones, testimonios, variados e infinitos textos
posibles). Más allá de hacerlo o no, carga de otras
cadencias y volúmenes incluso a su lenguaje oral, amplia
y robustece sus puentes de comunicación con sus semejantes
y con el entorno que habita. Mutilar el lenguaje, abreviar las
palabras hasta secarlas, bien podría ser un síntoma
de la incapacidad de sostenerlas, de construir con ellas vínculos
reales, universos emocionales, redes afectivas. Acaso más
que de velocidad y practicidad estemos hablando de pobreza de
recursos, una pobreza que no es fatal y congénita sino
producto de la cultura de la fugacidad, de lo epidérmico,
de lo fácil. Una cultura en la cual las herramientas tecnológicas
acaban por ser fines en sí mismos que, al no usarse en
relación con propósitos trascendentes, producen
satisfacciones efímeras, vacías, que piden ser velozmente
remplazadas por otro efecto fugaz, y por otro y por otro. Como
lo son los mensajes de texto y los “soportes tecnológicos”
que los posibilitan.
Al igual que los SMS, los mensajes de correo electrónico
(hay casi tres millones de cuentas en el país) parecen
comunicar menos de lo que su acumulación quiere indicar.
Según especialistas en la cuestión, el 90% de esos
mensajes es spam (mensajes no deseados, vulgar acoso cibernético).
En la edición de enero de 2007 de la revista Physics World,
Robert P. Crease, Director del Departamento de Filosofía
de la Universidad del Estado de Nueva York, se preguntaba qué
ocurrirá en el futuro con esa preciosa información
que los historiadores de la ciencia pudieron recoger del epistolario
a través del cual grandes científicos se comunicaban
informalmente entre ellos. Así, por ejemplo, se pudo saber
la verdad de lo ocurrido en la hermética reunión
que en setiembre de 1941 sostuvieron en Copenhague, ocupada entonces
por los nazis, Werner Heisenberg y Niels Bohr. Una discusión
no sólo sobre energía nuclear, sino sobre el destino
del mundo, como refleja lúcidamente el dramaturgo inglés
Michael Frayn en la obra Copenhague. Sólo los borradores
de posteriores cartas de Bohr a Heisenberg (encontrados por su
familia y dados a conocer) permitieron contradecir la versión
“oficial” del encuentro sostenida por Heisenberg en
cartas a otro científico, Robert Jungk. Crease cita la
importancia que tuvieron para la historia de la ciencia y el saber
humano cartas de Galileo, de Robert Oppenheimer (considerado el
padre de la bomba atómica y angustiado por su criatura)
o lo mucho que se perdió cuando una bomba destruyó,
en la Segunda Guerra, casi toda la correspondencia del Premio
Nóbel de Física Max Planck.
El artículo de Crease cita al historiador Spencer Weart:
“Tenemos papel impreso del año 2000 A.C., pero no
conservamos el primer correo electrónico. Tenemos los datos
y la cinta magnética, pero el formato se perdió”.
¿En qué se convierten, dónde quedan los correos
electrónicos, medio de comunicación preponderante
también entre científicos, artistas, y otros profesionales?
¿Dónde estarían hoy las Cartas a Olga, de
Chejov, si hubieran sido simples e-mails? Crease glosa a otro
investigador, Jeff Rothenberg: “Sólo hasta cierto
punto es una broma decir que la escritura digital dura para siempre,
o cinco años, lo que llegue antes”. Robert P. Crease
concluye que esa información y esa escritura sólo
perduran si se las traslada regularmente a otro formato.
De manera que, finalmente, es necesario volver a las fuentes.
Es decir, a soportes en los cuales la escritura se desarrolle,
exprese el potencial de la palabra y de su articulación,
refleje la íntima relación que existe entre vocablo
y pensamiento (a mayor riqueza, más caudal; a mayor pobreza,
más carencia de vocabulario). La escritura es emoción,
es pensamiento, es indagación, es descubrimiento, es encuentro
y es memoria. Todo eso se pierde al perderla. Las formas no remplazan
a los contenidos, pero cuando aquellas empobrecen, estos corren
el riesgo de perderse. Mensajes de texto, correos electrónicos,
soportes tecnológicos son siempre medios, no fines. En
tanto se entiendan y se usen así pueden favorecer los propósitos
a los cuales se aplican. La velocidad en la transmisión
es una cosa. Mutilación y evaporación de la escritura
es algo distinto. Antón le escribía a Olga, ella
le respondía, ambos conservaban sus cartas, las consideraban
valiosas más allá del momento, los expresaban, expresaban
su amor. Heisenberg y Bohr tuvieron una discusión profunda,
trascendente. Sus testimonios escritos se conservaron, ellos los
consideraron valiosos más allá del momento. Así
llegaron a nosotros. No eran palabras al aire. ¿Cuál
será el soporte en el que conservaremos nuestras palabras?
¿De qué manera honraremos a la escritura como camino
que nos lleva hacia el otro y, desde él, hacia los otros,
hacia los que vendrán? ¿Cómo le daremos valor
y significado a los adelantos tecnológicos para que sean
algo más que el cementerio de nuestras palabras mutiladas?
Cinco mil años de escritura merecen que nos comprometamos
con las respuestas.
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