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Artículos / Temas de Reflexión

La responsabilidad, un antídoto para la angustia
Por Sergio Sinay

   Fue. Fui. Fuiste. Sigilosamente, estas palabras se incorporaron a nuestro lenguaje durante los años finales del siglo XX y hoy están instaladas en él con un poder lapidario. Se pueden aplicar en diversas circunstancias. Un matrimonio. Un trabajo. Una amistad. Un proyecto. Fue. Fui. Fueron. Fuiste. Son palabras breves, sin encanto, duras. Suenan como disparos, carecen de emoción, son lapidarias. Algún día, quizá, se las estudiará con detenimiento y profundidad, se las recogerá como testimonios arqueológicos de una época signada por lo efímero, por lo vacío. Una época atravesada por la angustia existencial.
   Si no me resultas útil para aquello que te elijo, fuiste. Si me dejo ganar de mano en mi carrera profesional, fui. Si él, o ella, no producen un rendimiento (laboral, afectivo, deportivo, político, etc.) inmediato, fueron. La pareja con la que me viste la última vez ya fue. Lo más dramático del advenimiento de estas palabras es que se aplican, con abrumadora frecuencia, a individuos, marcan el final de vínculos humanos. Describen la fugacidad del contacto entre las personas, su superficialidad.
   Todo es efímero en nuestros tiempos. Los valores, los principios, los proyectos, los vínculos. Ni hablar de lo material. La moda, los autos, las computadoras, los televisores, los relojes, los teléfonos celulares, los refrigeradores, los equipos de música o de video, los departamentos nacen con fecha de vencimiento, no llegan a nuestras vidas para satisfacer una necesidad sino para crear un nuevo e inmediato deseo. Nada es. Todo fue. Hacia la segunda década del siglo pasado el médico y escritor vienés Arthur Schnitzler escribía: “Las personas se ocupan más en obtener riquezas que en obtener cultura porque creen que su felicidad depende más de lo que tienen que de lo que son”. Ocho décadas más tarde esa patética equivocación perdura. Más aún, su persistencia no hace más que ahondar el vacío existencial que signa al tiempo presente. Como no es en el tener en donde radica el sentido trascendente de la existencia humana, la carrera por la posesión (de bienes, riqueza, poder, voluntades, fama) tiene un efecto paradójico. Genera más angustia, más vacío, más desesperación.
   Lo que impulsa a esta corrida es el propósito de escapar a la finitud de la vida. Ya que es breve hay que llenarla de posesiones y de sensaciones, no importa cuáles siempre y cuando alimenten la ilusión de que es posible vadear ese límite. Sin embargo, el límite es inamovible. Todos lo tenemos, aunque no sepamos en dónde está establecido. Somos finitos, somos mortales. No importa de cuántas posesiones o experiencias llenemos nuestro espacio-tiempo de vida. Eso no lo prolongará. No importan las promesas de una ciencia que ha perdido su sentido trascendente (“La muerte biológica no es inevitable”, presume un biólogo en El País, de Madrid, el 28 de agosto de 2005). Más temprano o más tarde vamos a morir. Y en ese momento no se nos juzgará, ni se nos recordará, ni se nos querrá por cuánto tuvimos. Tampoco por nuestro poder, ni por la cantidad de romances. Ni por nuestros esfuerzos, generalmente patéticos, para vencer al tiempo a través de hábitos, formas de vestir y cirugías con que atormentamos a nuestros cuerpos. Se nos recordará, trascenderemos, por lo que fuimos, por nuestras virtudes (aquellos atributos de los cuales, de acuerdo con los griegos, no podemos ser despojados porque provienen desde nuestro interior, de nuestra esencia, de un cultivo íntimo). Se nos recordará, trascenderemos, por lo que hayamos hecho (en cualquier plano y en la medida de nuestras posibilidades) para mejorar el mundo en el que hemos vivido y en el que vivirán quienes nos sucedan. Se nos recordará, trascenderemos, por lo que hayamos hecho por los otros, para los otros, con los otros.
   Es decir, una vida responsable es el antídoto posible ante las existencias angustiadas que nos propone la cultura en que vivimos. Una vida responsable se asienta ante todo, en el reconocimiento del otro, del prójimo, en la conciencia de que él es necesario para nuestra propia existencia, puesto que es el otro, en los vínculos con él, quien nos identifica. Cuando tomamos conciencia del otro como un semejante (alguien constituido por las mismas emociones, sentimientos, razones y esencias que nos hacen humanos), advertimos que todos nuestros actos tienen consecuencias. Siempre. Inevitablemente. Consecuencias esperadas o no, previsibles o no, deseables o no. Pero las tienen y afectan al entorno humano que integramos, ya sea en lo más próximo o en lo más mediato. La responsabilidad es la capacidad de responder a esas consecuencias. De responder no de palabra, sino a través de actos. Una vida responsable, pues, se construye y se experimenta a partir de esta noción. Es una vida que va preñándose de sentido. Porque, como señalaba el médico psicoterapeuta y filósofo Víctor Frankl (uno de los más profundos y sensibles pensadores del siglo XX), nuestras vidas sólo trascienden en los otros, en aquello que los incluye. Y cuando trascendemos empezamos a descubrir el sentido de nuestra existencia personal, ya que no hay dos vidas iguales. El sentido y la trascendencia, entendidos desde la responsabilidad, nunca son fugaces y jamás necesitan de artefactos para manifestarse.
   Lo demás es una carrera absurda, la huída por un callejón sin salida. Se trata de una cruel contradicción. Buscamos eternizarnos, queremos la perpetuidad y, para buscarla, nos ahogamos en la fugacidad. Queremos escapar de la muerte, de lo que le da sentido y trascendencia a la vida, y, en el intento, nos precipitamos como mariposas ciegas hacia la llama. Tenemos una vida por vivir y, en el afán de perpetuarla (sin saber para qué), la vaciamos de sentido, de trascendencia, de valores. Nos enceguecemos y ensordecemos, no queremos ni preguntarnos ni observar el valor, la razón de ser de esta existencia que nos es dada. No nos interesa explorar la razón de esta forma transitoria que es nuestro cuerpo, nuestra identidad, ni internarnos en la experiencia de comprender hasta qué punto es apenas un momento de lo perenne. En pánico ante la brevedad, nos entregamos a quienes nos prometen anestesias materiales, convertimos a los otros en instrumentos al servicio de nuestro propósito de durar, y hacemos de nuestra breve vida un largo espacio de vacío existencial. Morimos sin entender el propósito de nuestra vida, ausentes de ella.
   Qué distinto sería, en verdad, si fue, fui, fuiste, fueron, se reemplazaran por es, eres, soy, son. Una vida de presencia y de trascendencia. Una vida vivida de frente al otro, concientes de que ambos somos parte de un universo que nos incluye, nos comprende y nos trasciende. Una vida solidaria, amorosa, de sujetos que están y no de objetos que pasan. Una vida que, respetada en sus ciclos, no forzada a perdurar contra natura, pudiera ser, finalmente, comprendida como apenas un tramo de la infinitud.


 

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Sergio Sinay - sergio@sergiosinay.com - [+5411] 4772-9139 ó 15- 4496-5763 - Argentina