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El proveedor desprovisto
Por Sergio Sinay
Cuando
un hombre no puede producir ni proveer, su identidad masculina
entra en crisis. Se le ha enseñado que el pan, el sustento,
el techo y la seguridad de su pareja y de su familia son su responsabilidad.
Es lo que se espera de él como hombre. Si no puede hacerlo,
sospecha que algo anda mal en su ser masculino. Se trata de una
sospecha inconfesable, de la cual a menudo no hablará ni
con su mejor amigo.
Pero los tiempos cambian, por las buenas o por las malas. Cuando
es por las buenas, muchos hombres empiezan a vivenciar, sin vergüenza
y con más coraje del que se necesita para pelearse a trompadas,
que hay otras formas de vivir la identidad masculina. Formas menos
sofocantes y más enriquecedoras. Dentro de ellas entran
-también- la sensibilidad, la intuición, la ternura,
la solidaridad, la compasión, etc. Cuando los tiempos cambian
por las malas, hay que enfrentar situaciones "inaceptables": que
las mujeres invadan territorios laborales antes prohibidos, que
ellas participen, a la par, en el mantenimiento del hogar. Que
una esposa gane más que el marido o que sea ella quien
tiene trabajo estable. Que las decisiones se tomen en igualdad
de condiciones. Y cosas por el estilo.
Enfrentados a esto, desplazados de su rol de proveedores únicos
e indiscutidos, muchos hombres entran en crisis con sus afectos,
con sus vínculos, con su sexualidad. No tienen respuesta,
han sido seguidores fieles de un modelo rígido y único.
Se "hicieron" hombres de una sola forma y no conciben otra. La
crisis es de ellos y abarca a su entorno cercano.
En la misma situación otros hombres descubren o ponen en
práctica posibilidades nuevas de sí mismos. Ejercitan
la solidaridad -con otros varones en crisis, con su familia-,
asumen roles domésticos antes vedados o desconocidos, encienden
la creatividad para aprender oficios que antes despreciaban, crean
pequeñas empresas familiares donde no se atribuyen el papel
principal, se inventan nuevas tareas productivas, están
más presentes en su familia y entre sus amigos. En lugar
de aislarse de sus afectos, se nutren de ellos y, al mismo tiempo,
nutren a sus vínculos. En estas situaciones muchas parejas
descubren aspectos y posibilidades insospechadas de sí.
La crisis es, en estos casos, una posibilidad de crecer como personas.
Y como hombres.
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