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¿Educar no es cosa de hombres?
Por Sergio Sinay
Al
eliminar el cupo obligatorio de docentes varones (uno cada tres
mujeres en las escuelas primarias) el gobierno porteño
acaba de ejercer, aparentemente, un acto de equidad. Al parecer,
un varón necesitaba menos puntaje que una mujer para estar
al frente de un grado. Ahora, dicen los funcionarios, habrá
que buscar otros (mejores) incentivos para que los hombres aspiren
a ser maestros. Intuyo que, mientras tanto, habrá cada
vez menos maestros varones. Y mientras los "nuevos incentivos"
no existan (¿era difícil preverlos antes de actuar?)
la disposición, que se propone como equitativa respecto
de los géneros, será, por sus efectos, una medida
machista.
Los modelos y prejuicios sobre lo "masculino" y lo "femenino"
instalaron la creencia de que las mujeres saben y entienden sobre
crianza, educación, salud, emociones y sentimientos, mientras
los varones conocen cómo hacer funcionar el mundo externo
y público, deciden y actúan. En ese marco ideológico
(aun hegemónico pese a algunas modificaciones cosméticas
en los discursos), ser docente es cosa de mujeres. Y como toda
actividad "femenina", en la escala social figura entre las peores
pagas y menos consideradas. La decisión del gobierno porteño
(más allá de sus intenciones) contribuirá,
en mi opinión, a reforzar esta realidad.
Hay una consecuencia menos visible y cuantificable, pro grave.
Muchas de las primeras heridas emocionales que un varón
recibe durante su evolución y que contribuyen a que se
desarrolle dentro de un modelo de cerrazón y corazas afectivas,
de parquedad expresiva en cuanto a sentimientos y emociones, las
sufre en la escuela primaria. Las figuras y presencias más
cercanas son femeninas (en la casa y en la escuela). La escuela
es, en los hechos, un ámbito "femenino". Como bien apuntan
Dan Kindlon y Michael Thompson en su libro Educando a Caín,
el varón en la escuela se siente "una espina entre rosas".
Características propias de su género (actividad,
impulsividad, maduración intelectual más lenta)
son motivo de censura. Pregunten a las maestras y escucharán
que "los varones son terribles". El parámetro de buena
conducta es el de las nenas. ¿Son terribles o son diferentes?
Y sin son diferentes, ¿no es mejor estimular la presencia
de maestros de su mismo sexo, avispados acerca de esta diferencia,
para que el varoncito mame modelos masculinos presentes en el
acto de aprender, de formarse, de socializarse? ¿No es
buno para las nenas ver que los hombres también educan
y cuidan? Echar a los maestros varones para adoptar una medida
de género "progresista" es contribuir, creo, a que los
varones se sientan, desde chicos, ajenos al enseñar, al
criar, al cuidar. Si no hay maestros varones, será porque
"eso" (y lo que hacen las maestras) es cosa de mujeres. La escuela,
en fin, será cosa de mujeres. Y los negocios, el deporte,
la guerra, la política, cosa de hombres. Más de
lo mismo, en fin. El gobierno que tomó esta medida (que
puede ser correcta, pero que no parece haber contemplado ni efectos
ni alternativas posibles) tiene, en cargos de real importancia,
apenas dos mujeres. ¿No habría que igualar también
allí?
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