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Varones con "hambre de padre"
Por
Sergio Sinay
¿Qué
tema puede conmover con mayor facilidad a un varón? Para
facilitar la respuesta voy a dar una lista de contestaciones incorrectas:
no es el equipo de sus amores, no es el último modelo de
su marca de autos favorita, no son los saltos y caídas
de la Bolsa, no son las fotos de lolitas y lolotas semidesnudas
en las playas de moda. Por supuesto, estos temas (fútbol,
autos, negocios, mujeres) movilizan a un hombre, pero no conmueven
su interioridad. Actúan sobre lo más obvio de la
epidermis "masculina", pero no rozan la pulpa de su mundo emocional.
Mis propias vivencias como varón y mi experiencia en el
trabajo con hombres me convencen de que el tema que, más
tarde o más temprano, atraviesa infaliblemente las más
gruesas corazas varoniles es el del vínculo del hombre
con su padre. En la mayoría de los varones que hoy son
adultos anida (silencioso o silenciado, conocido o ignorado) un
hambre de padre. Es el resultado de haberse "hecho hombre" sin
una guía emocional que les ofreciera modelos reales, cercanos,
palpables para conectarse con sus propias emociones y sentimientos,
con sus dudas y temores, con sus ansiedades e incertidumbres.
El modelo paterno generalizado que tuvieron quienes hoy son hombres
se agota en el cumplimiento de los "deberes" materiales (proveer
apellido, techo, alimento, estudios o un espacio laboral). Los
padres se ocupaban de eso porque lo consideraban su obligación,
y por qué no, su orgullo. Se ausentaban, incluso, para
lograrlo. "Me dediqué a trabajar para que no te falte nada",
argumentan muchos con razón. Y sin razón. Porque,
en verdad, a sus hijos les terminó faltando algo esencial:
la presencia cercana, esencial, emocional, palpable del padre.
Así, del progenitor de su mismo sexo terminaron obteniendo
un modelo parcializado: les mostraba cómo actuar, cómo
hacer, pero no los guiaba en el sentir y, mucho menos, en la expresión
de lo afectivo. Por supuesto, esos padres difícilmente
podían transmitir lo que tampoco ellos hab’an recibido.
Estas carencias no son poca cosa. Para los hijos, el padre aparece
como el arquetipo básico de lo que es ser hombre. Si en
ese referente la manifestación emocional está ausente,
si la intimidad afectiva no es una presencia constante, nutricia
y explícita, el hijo varón sentirá que, como
hombre, no "debe" expresar sentimientos, que lo "deseable" es
contenerlos, disimularlos, mucho más cuando se trata de
exteriorizarlos a otro varón.
La próxima "víctima" de este modelo será
el hijo de este hombre. O no. Aquí es donde el hambre de
padre puede actuar como un elemento transformador. Cuando digo
que este tema es el que verdaderamente conmueve los sentimientos
esenciales de un varón, señalo una experiencia repetida,
según la cual cuando se plantea este tema en un espacio
de hombres en el que hay un m’nimo de confianza, casi todos empiezan
a confesar las asignaturas emocionales pendientes que tienen con
sus padres.
Es, quizá, el dolor más sensible, íntimo
y silenciado que habita en cada varón. Ese hambre (por
las cosas emocionales no compartidas, por los momentos no vividos
en común, por las palabras necesitadas y no recibidas,
por los gestos ausentes), puede convertirse en resentimiento contra
un padre aún vivo o ya ausente. Y esto es inútil,
porque no modifica nada, y hace que el sentimiento se convierta
en algo crónico.
O puede despertar en el varón que lo siente la decisión
de ser, él, un padre diferente, presente, capaz de abrir
(con, ante y para sus hijos) sus emociones, alegrías, dudas,
temores, esperanzas, desconciertos, dolores y sueños.
Además, un hombre que decide ser un padre diferente será
distinto en su pareja, en su trabajo, con sus amistades. Sus sentimientos
tendrán más espesor que una camiseta de fútbol,
que un último modelo, que una acción de bolsa o
que una lolita desnuda. El hambre de padre de los varones adultos
puede ser alimento emocional nutricio y esencial para una nueva
generación de hijos. Sus hijos.
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