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Una paternidad sin antifaz
Por
Sergio Sinay
Las carteleras publicitarias de las
calles porteñas estuvieron recientemente pobladas por la
imagen de un patético enmascarado con capa de pie junto a
una computadora y observado por un niño. Una leyenda publicitaria
incitaba: “Volvé a tener la admiración de tu
hijo”. ¿Cuándo y por qué habría
perdido aquel pobre disfrazado la admiración de su hijo?
El aviso apuntaba (además de vender computadoras) a reforzar
la idea de que, entre padres e hijos, el cariño se compra,
el afecto tiene precio y el padre será admirado según
lo que regale. El que no consiga un antifaz y una capa y no pueda
comprar la computadora, el reproductor de videos digitales, el celular
o lo que fuera que garantice la admiración filial, será
un padre depreciado. O despreciado.
La publicidad refleja el mundo en que vivimos. Según este
aviso, los padres no son referentes sino compradores, no generan
respeto a través de sus conductas sino por medio de su capacidad
de adquisición, el amor y confianza en el vínculo
paterno filial no es producto la presencia, del diálogo,
de la preocupación, del reconocimiento del otro, sino del
uso oportuno de una tarjeta de crédito. O de ignorar la palabra
“no”.
¿Pueden padres así marcar límites, orientar
acciones, transmitir valores, abrirse a la escucha, proponer espacios
de reflexión conjunta, ser pedagógicos, manifestar
su mundo emocional, instrumentar a sus hijos para convertirlos en
seres autónomos, con capacidad de auto sustentación
psíquica y emocional? Esas son, hoy y mayoritariamente, asignaturas
pendientes de los padres. Demasiadas tragedias juveniles lastiman
profundamente el tejido vital de nuestra sociedad (Junior, el niño
asesino de Carmen de Patagones, Cromagnon, el caso Malvino, los
chicos que se matan a diario en las rutas, los que mueren a manos
de patovicas, los que son estragados cada noche por el alcohol y
las drogas, el reciente y horroroso crimen de Matías Bragagnolo).
¿Son un problema los adolescentes y jóvenes, o tienen
un problema? ¿Son un problema o lo denuncian? Con su desorientación,
con su angustia, con sus muertes están gritando que la sociedad,
con sus adultos a la cabeza, tiene un problema. Uno grave, que nace
de un modelo social en el que se priorizan los deseos materiales
ante las necesidades espirituales, se mide el valor de las personas
por lo que tienen y no por lo que son, se cree que cualquier medio
es válido para cualquier fin (ya sea en el plano político,
en el de los negocios, en el de las relaciones humanas), y que el
Otro es instrumento de las apetencias propias, un objeto y no sujeto
(las personas “sirven”, como votantes, como consumidores,
como pareja, como hijo, como peldaño, y si no sirven se abandonan).
Pareciera haber una epidemia de baja autoestima paterna que impide
sentirse apto o “merecedor” del respeto, el amor o la
admiración de los hijos. Se cree que establecer límites,
marcar normas, fijar pautas orientadoras trae el riesgo de perder
valor ante la mirada filial. El antídoto, se piensa, es convertirse
en el “mejor amigo” del hijo (desertando de la función
paterna y generando orfandad). O en su ídolo (permitiéndolo
todo, mirando hacia otro lado, no poniendo cauce orientador y nutricio
a la natural energía juvenil que busca explorar el mundo,
no preguntando, no cuestionando, no interesándose por la
vida del hijo, no “molestándolo”). O en un proveedor
de computadoras parapetado detrás de un antifaz. Así
se arroja a los hijos a la vida como quien se alivia de un peso
insoportable. Se los deja en manos del televisor, de la computadora,
del locutorio, del kiosco de la esquina, del boliche de moda, del
delivery que, como en las películas sobre la ley seca, trae
bebidas, e incluso drogas, a domicilio. A lo sumo se carga su crianza
a la escuela. Los chicos se vuelven seres extraños, incomprensibles,
fantasmales. Siluetas que desfilan sin rumbo en las madrugadas,
excluidos del vínculo que los convocó a la vida.
Acaso ningún vínculo humano genere más responsabilidad
que el de convertirse en padre o madre. Para que esa relación
exista dos personas tienen que engendrar una vida. Y eso conlleva
el compromiso de acompañarla, guiarla, nutrirla emocional,
afectiva y físicamente. No es una relación de pares
(salvo en su condición de seres humanos únicos y respetables),
no es una pareja. Es un vínculo de formación, cuidado
y presencia.
Es cierto que los mandatarios, funcionarios, legisladores y políticos
ni saben ni se preocupan de esto. Que para las autoridades educativas
los niños y jóvenes son a menudo poco más que
cifras y estadísticas. Que para muchos productores de artefactos,
bebidas, comida chatarra o indumentaria, son sólo un mercado
(indefenso y apetecible). Es cierto y es obsceno. Pero también
es verdad que la deserción en las funciones paternas que
ya no admite distracciones, postergaciones ni desviaciones. Que
exige replanteos honestos y responsables. La escuela, la ley, las
instituciones, son (desde diferentes lugares, en diferentes medida,
con distintos aportes), auxiliares en la crianza, educación
y orientación. Los padres, no. Su función es indelegable,
irremplazable. Con su forma de resolver desacuerdos, expresar sentimientos,
crear vínculos y comprometerse con propósitos trascendentes,
dan modelos a sus hijos. Éstos observan siempre. E imitan.
Reflejan cómo vivimos y nos vinculamos los adultos. Lo hacen
sin metáfora. Están pagando con demasiadas tragedias
y vidas desperdiciadas la responsabilidad delegada de quienes los
hemos convocado a la existencia. Es responsabilidad de los adultos
generar con ellos una visión compartida de la vida e instrumentarlos
para protagonizarla. La tarea empieza en casa por presencia, sin
delegación. Ningún antifaz puede hacernos zafar.
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