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Padre se escribe con p de presencia
Por
Sergio Sinay
La
adolescencia es una etapa difícil. Para los adolescentes
y para sus padres. En ese momento de desestructuración,
cambios, transformaciones físicas y psíquicas profundas,
la presencia del padre es esencial. Sin embargo hoy no resulta
fácil definirla. Algunos padres, para no repetir la experiencia
autoritaria que sufrieron como hijos, quieren ser "los mejores
amigos" de éstos: no ponen límites, acceden a todo
y esperan como recompensa la aprobación de los hijos. Otros
creen que su función está cumplida si son eficaces
proveedores materiales ("a mi hijo no le falta nada, no tiene
por qué quejarse; sólo espero que cumpla conmigo").
Y están los que, desbordados por la complejidad del rol,
se "borran", confían en que la madre se haga cargo o, a
lo sumo, si ella sola no puede, un terapeuta. Estas tres categorías
se dan tanto entre padres casados o separados.
El papel del padre en nuestra sociedad ha sido muy desvalorizado.
Los movimientos de emancipación femenina, las justas reivindicaciones
exigidas y conseguidas por las mujeres, combinadas con la inmovilidad
y desorientación de los varones respecto de sus propios
modelos tradicionales, contribuyeron a eso y a la sobrevaloración
de la maternidad, al punto de imponer frecuentemente la nociva
creencia de que una mujer se basta para ser "padre y madre" de
sus hijos.
La ausencia del padre, ya sea física o como modelo emocional,
como conductor y legitimizador de metas, como contenedor y consultor,
deja heridas hondas, genera varones inmaduros en su identidad
masculina esencial y profunda e hijas mujeres sin modelo referente
de varón adulto maduro. En lo social, esa ausencia es generadora
de violencia, delito, drogadicción (las estadísticas
dicen que el 70% de los varones que están en cárceles
o reformatorios provienen de hogares con padre ausente, descalificado
o débil).
Con todas sus dificultades, la adolescencia es una oportunidad
para que los varones podamos reconstruir, en vivencias cotidianas,
en vínculos reales, cuerpo a cuerpo, alma a alma con nuestros
hijos, ese lugar sobre el cual los modelos tradicionales son hoy
insuficientes. El padre no puede ser el mejor amigo del hijo,
debe ser el mejor padre posible. Y no debe buscar la aprobación
del hijo, sino la contención y orientación del mismo.
Esto significa presencia real (física y espiritual), comunicación,
escucha y normas. Se pueden y deben poner normas y límites.
Esto no es autoritarismo, siempre y cuando se expliquen las razones
de esas normas, no se las conviertan en rígidas e inmodificables
(los hijos crecen y se transforman, las normas deben hacerlo también)
y se consensúen. El hijo que no está de acuerdo
hoy, puede agradecerlas mañana. Y aun si no ocurriera así,
lo importante es que se haya sentido en todo momento respetado
como persona, no descalificado ni avasallado por una paternidad
que trata de ocultar detrás de la fuerza su propias dudas,
incertidumbres e interrogantes. Ser padre es cosa de hombres.
Y es cosa de hombres reconstruir la paternidad aquí y ahora.
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