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Complejo de Edipo: cerrado por falta de padres
Por Sergio Sinay
Aunque
haya nacido como personaje muchos siglos antes del psicoanálisis,
a partir del siglo veinte Edipo es conocido más como complejo
que como mito. La tragedia del niño abandonado que es recogido
por el rey de Corinto, se convierte en príncipe, mata a su
padre Layo (sin saber quién era), resuelve los enigmas de
la esfinge y, en premio, se casa con su madre Yocasta (ignorando
también quién era ella) para acabar sacándose
los ojos al saber la verdad, dio lugar a otro mito distinto, en
este caso contemporáneo.
Fue Freud quien llamó complejo de Edipo a lo que -según
él- es un anhelo inconsciente en todo varón de poseer
a su madre rivalizando para eso con su padre (y deseando, más
en el fondo aún, matarlo). Esta creencia impregnó
la cultura occidental contemporánea. "Tiene un Edipo más
grande que una casa", "No resolvió su Edipo", "Es un caso
típico de Edipo mal resuelto", "Reconozco que no asumí
mi Edipo", son frases que se disparan con una soltura digna de mejor
causa, que dan cierto lustre "picologista" y que, a menudo, funcionan
como anteojeras que impiden observar y comprender en amplitud y
en profundidad tanto la complejidad como la riqueza de un vínculo
humano particular: padre-hijo.
En la sociedad contemporánea el padre es una figura que suele
brillar por su ausencia más que por su presencia. Y me refiero
a dos ausencias (o presencias): la física y aquella otra
que lo convierte en un modelo emocional para su hijo varón,
en una guía para el desarrollo integral de su masculinidad
esencial y verdadera. Por razones que combinan la educación
estereotipada de varones y mujeres con una limitada y limitante
concepción de lo "femenino" y lo "masculino", los hombres
se fueron apartando (cuando no fueron apartados) de las funciones
paternas hasta que éstas quedaron convertidas en una simplificación
patética. Así el padre es el proveedor de simiente,
de apellido y de sustento material. Criar, educar, nutrir, sanar,
contener, comprender son cosas de la mamá. Y, avanzando un
poco más, a menudo existe la creencia de que el hijo es más
de la madre que del padre. O que es sólo de ella.
Muchos padres, entonces, se ausentan porque privilegian lo que se
considera "deber del hombre": trabajar, producir, hacer funcionar
el mundo externo. Esos son ausentes "en presencia". Otros desaparecen
físicamente porque la responsabilidad de la paternidad los
sobrepasa. Prefieren mantenerse en condición de púberes
perennes, demostrando su "masculinidad" en actividades más
divertidas, como la conquista de mujeres, los encuentros con amigos
similares a ellos, las victorias económicas, los negocios
rápidos y fáciles.
Por fin, hay una categoría de padres ausentes por desplazamiento:
son aquellos padres separados a los que se les niega el derecho
a ejercer la paternidad (escamoteándole los hijos con argucias
legales o ilegales) como castigo por no aportar materialmente lo
que debieran. No importa su decisión de ser padres presentes
ni si su falencia es producto de un descalabro profesional o laboral.
Ninguno de estos padres (así como casi ningún padre
de cualquier tipo) ha recibido de sus propios padres, o de los varones
mayores, modelos de paternidad creativa, emocionalmente nutritiva,
espiritualmente contenedora. No saben ser otra cosa, aunque algunos,
cada vez más, procuran aprenderlo en la propia vivencia.
Sus antecesores tampoco lo sabían. Esto viene de muchas generaciones
de varones, con honrosas y escasas excepciones.
Puede ser que en una era de padres duros, autoritarios, incontrastables
y monolíticos, la metáfora llamada complejo de Edipo
haya resultado atractiva, ingeniosa y hasta plausible. Hoy lo que
abunda, tanto en hombres adultos, como en jóvenes y adolescentes,
es el hambre de padre: la necesidad de un hombre amoroso y confiable
que transmita recursos para un desarrollo del mundo emocional del
varón. Que también proporcione respuestas desde un
congénere y que ayude a despegar (cuidadosa y afectivamente)
de la figura materna para desarrollar la plena riqueza de lo masculino
auténtico (no del estereotipo tradicional estrecho).
Entre 1960 y 1990 la tasa de nacimientos de hijos de madres solteras
se triplicó en el mundo. Una moda entre muchas mujeres emancipadas
es la de "querer un hijo pero no un marido". La mayoría de
los delincuentes juveniles provienen de familias con padre ausente.
A Edipo, hoy, le falta su adversario. No hay a quien matar. En cambio,
aparece una misión por delante para la sociedad y para los
hombres en particular: revalorizar las funciones paternas, asumirlas,
preñarlas
de significado, respetarlas y honrarlas. No hay lugar para Edipo
hoy. No se trata de matar al padre, sino de permitirle nacer. En
nombre del padre y en nombre
del hijo.
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