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Muchas manos detrás de un puño
Por Sergio Sinay
Cada
vez que un hombre golpea a una mujer se juegan tres historias
simultáneas y convergentes: una personal (la de ese hombre),
otra vincular (la de ese hombre y esa mujer) y otra social (la
de un modelo masculino culturalmente transmitido, estimulado,
aprobado e impuesto). Las dos primeras son tan variables e intransferibles
como sus eventuales protagonistas y suele ser mucho más
fácil juzgar que entender. De la tercera variable, la sociedad
no deber’a desentenderse.
El modelo masculino aún vigente (sin desechar las transformaciones,
más alentadoras en los discursos que en las actitudes)
predispone al varón a la violencia. Al considerarse a la
tristeza, el miedo, la vulnerabilidad, la necesidad, etc. como
emociones o atributos "femeninos", el varón debe disociarse
de ellas para que no amenacen su identidad. Cuando él puede
consagrarse como productor, proveedor y protector potente
(las cuatro P de la masculinidad) se siente seguro, con sensación
de control y patente de "Hombre".
¿Dónde quedan aquellas emociones y sentimientos
que no está "autorizado" a registrar y expresar sin riesgo
de perder masculinidad? Se esconden lejos de la conciencia y se
transforman en síntomas (infartos, gastritis, accidentes,
depresiones, estrés emocional variado) o en actos. Entre
estos actos se cuentan los violentos. La pobreza de su "vocabulario"
emocional convierte al varón en alguien débil y
afectivamente dependiente. Según mi experiencia en la investigación
de lo masculino a partir del trabajo con hombres reales, aquí
y ahora, esa dependencia aparece, ante todo, frente a la mujer.
Se inicia en la infancia, con la madre, y continúa en los
sucesivos vínculos con las mujeres de su vida. Hay un miedo
masculino a las reacciones femeninas tan oculto como presente
en estos vínculos. Los hombres que pueden empezar a hacerse
preguntas sobre sí mismos, sobre su identidad de varones
y sobre las posibilidades de enriquecerla y transformarla integrando
aquellas emociones, sentimientos y atributos antes negados, desarrollan
nuevos recursos emocionales, crecer en lo personal, en la pareja,
en la paternidad, en el descubrimiento de valores creativos, etc.
Los que no pueden, entran en laberintos de sometimiento o, finalmente,
resuelven con el único método que, en su vivencia,
les está "autorizado" y reconocido: la violencia. La sociedad
suele horrorizarse, como si estos hombres fueran extraterrestres
y no retoños de ella misma. Pero antes de tirar la primera
piedra recordemos tangos lamentables como el de las 39 puñaladas
o el de la toalla mojada, muchos patéticos sketches televisivos
o los chistes conque el "ingenio popular" festejó al dentista
Barreda. Hace cuatro años una investigación de la
Fundación Alicia Moreau de Justo mostraba que, en la Argentina,
el 70,6 de los hombres violentos tiene ingresos medios y altos,
mientras el 10,2 abarca a profesionales, empresarios y funcionarios
jerárquicos. Esto sirve para recordar que un hombre violento,
además de ser -paradójicamente- un hombre débil
es también un eslabón frágil de una cadena
de modelos y mandatos que envuelve a toda una sociedad y a su
cultura.
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