|
La fobia al compromiso: ¿epidemia masculina?
Por Sergio Sinay
"Perdoname,
pero en este momento no estoy para ningún compromiso".
¿Conocen esta frase? ¿Han sido destinatarias de
ella alguna vez? Por lo que escucho a mi alrededor, es creciente
el número de mujeres que ve estrellarse sueños,
ilusiones, expectativas y deseos contra este brusco muro de diez
palabras levantado ante ellas por algún hombre. Y entonces
surge el gran interrogante femenino: ¿por qué a
los varones les cuesta tanto comprometerse?
¿Es así? ¿Nos cuesta tanto el compromiso?
¿No está lleno el mundo de hombres comprometidos
con su trabajo, con su profesión, con su arte, con su proyecto
político, con el deporte que practican? No estoy siendo
irónico, sino realista. Creo que hombres y mujeres nos
comprometemos de un modo diferente y de cosas distintas. Esto
tiene que ver con los rígidos y pobres estereotipos de
lo "masculino" y lo "femenino" conque hemos sido formados. Durante
muchas generaciones las mujeres quedaron identificadas con el
sentir y los varones con el hacer. Mientras un varón "hace"
se siente productivo, libre, "hombre". En la mirada del varón
el "sentir" está vinculado con lo pasivo, con lo vulnerable,
con lo "femenino". El compromiso afectivo, entonces, equivale
(en algún lugar de su interior, inconciente y prejuiciosamente)
a pérdida de libertad, a sometimiento, a detrimento de
su "hombría".
Los genes de la cultura, si existen, han transmitido usualmente
a las mujeres la ilusión de un príncipe (hoy quizá,
como todo se ha flexibilizado, ya no tiene que ser necesariamente
azul). Simultáneamente instaló en los hombres la
creencia de que es poco viril quedarse atascado en una mujer.
Así, es difícil que surja naturalmente un compromiso;
es más probable obtener un forcejeo. Cuando una mujer dice
compromiso habla de amor. Cuando un hombre dice compromiso piensa
en responsabilidad laboral, profesional, en su buen nombre, en
no fallarle a un amigo. Entonces la frase fatal ("No estoy para
compromisos"), podría traducirse como "No estoy para perder
mi libertad a manos de tus necesidades amorosas". John Lee, un
australiano pionero en la convocatoria de talleres y grupos de
hombres, llama a esos varones "los hombres que huyen". Dice que
escapan de la intimidad, de los sentimientos, de sus propias emociones
y hasta de su propio cuerpo. Hace muchos años que trabajo
con y entre hombres y puedo advertir la verdad que contiene la
descripción de John. Veo a esos hombres huir hacia otro
trabajo, otra casa, otro barrio, otro país u otra mujer
cuando perciben que el "peligro" de la intimidad emocional se
cierne sobre ellos. Es cierto que cuando una mujer se encuentra
con uno de ellos, llega un momento en el que se siente sola e
impotente. Y también es cierto que esos hombres, detrás
de apariencias seguras, se van quedando solos, en un gran vacío
emocional, necesitados de acumular más (más trabajo,
más posesiones, más actividades, a veces más
mujeres), en vidas sin sentido. No digo esto para justificarlos.
Describo una escena del alma "masculina". Comprendo que esta descripción
no será consuelo para muchas mujeres naturalmente dolidas
o furiosas ante la falta de compromiso de tantos hombres. Aunque
me pregunto si ese dolor y esa bronca no podr’an evitarse revisando
la noción de compromiso. En mi opinión, el compromiso
es un punto de llegada y no de partida en una relación.
Compromiso es compartir una promesa. En este caso, la promesa
de explorar juntos un camino. ¿Pueden dos viajeros que
se desconocen comprometerse? ¿Con qué se comprometen?
¿No lo harán más con una ilusión propia,
con un deseo, con una imagen idealizada que con un otro real?
Los varones tenemos una gran asignatura pendiente con nosotros
mismos: la de adentrarnos en nuestro mundo emocional, conocerlo,
enriquecerlo, expresarlo, aprender a construir y a sostener intimidades
afectivas. Es decir, ampliar y enriquecer nuestra capacidad de
compromiso. Quizá -subrayo, quizá- las mujeres puedan
sacarle a esa palabra su condición de salvoconducto amoroso,
ampliarla, permitirle levar a lo largo de un vínculo, no
ponerla como requisito previo. Acaso la palabra compromiso, su
juramento, sea menos importante que las actitudes comprometidas.
Y éstas, a veces, necesitan tiempo para manifestarse.
|