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El
día después del hombre que se divorcia
Por Sergio Sinay
Según
un mito muy difundido el hombre que se divorcia tiene "via libre":
recupera su "libertad" de salir con cuanta mujer se le cruce,
se aleja de sus responsabilidades familiares, se convierte en
un alegre soltero. Este mito está alimentado por la conducta
de algunos hombres que, efectivamente, actúan y/o se exhiben
así. Pero, de ninguna manera, ésa es la realidad
generalizada entre los hombres recién divorciados.
Lo que observo en mi contacto permanente con hombres a través
de grupos, talleres y seminarios es distinto. Inmediatamente después
de divorciados los hombres se enfrentan con situaciones y vacíos
dolorosos. Como la costumbre indica que es él quien se
va (o "debe" irse) del hogar común, el varón se
encuentra con la pérdida de sus escenarios cotidianos,
de sus rincones domésticos, de sus rutinas, de olores y
aromas conocidos, de sensaciones asociadas a lugares. Si tiene
hijos, pierde el contacto y los espacios comunes con ellos, pierde
el día-a-día de su paternidad. El único lugar
que sigue siendo suyo suele ser el espacio en el que trabaja (oficina,
consultorio, estudio, fábrica, etc.) y lo más común
es que se aferre a él: permanece más horas allí,
se inventa tareas y compromisos laborales. Convierte a lo laboral
y profesional en una especie de "muleta". Lo mismo puede ocurrir
con ciertas relaciones que establecen mujeres: aunque ni lo digan
ni lo hagan consciente, lo que buscan es "llenar" vacíos
afectivos dolorosos y profundos y tratar de ratificar lo que muchos
divorciados perciben como una herida en su identidad de hombres.
Por educación (y no por naturaleza) el varón está
disociado de sus sentimientos. Ha sido preparado más para
la acción y para la producción que para la emoción,
la reflexión y la mirada interior. No aprendió (no
le enseñaron, no tuvo modelos masculinos) a tomar contacto
con sus sentimientos, a nombrarlos, a expresarlos. En consecuencia
se siente confundido, desorientado, sin patrones de comportamiento
sensible, ante una situación emocionalmente dolorosa como
es el divorcio. Y apela a lo conocido: escapa de lo "blando",
lo "femenino", bloquea sus partes sensibles y redobla lo "masculino".
La consecuencia no la anulación del dolor, sino un sufrimiento
silencioso, que se manifiesta en conductas que vistas desde afuera
-especialmente por las mujeres- pueden resultar insensibles, incomprensibles,
"irresponsables".
Sin embargo un hombre recién divorciado es, en la mayoría
de los casos, un hombre que sufre, que teme a la soledad, que
carece de las redes de solidaridad que habitualmente suelen rodear
a las mujeres (madres, amigas, compañeras e, incluso, la
ley). Que no sepa expresarlo, que no pueda hacerlo, no significa
que no lo experimente.
Así como la preocupación central de una mujer recién
divorciada pasa por lo económico ("¿Cómo
me mantendré?", "¿Podré sola?'", "¿No
le faltará nada a los chicos?"), las del hombre -acostumbrado
desde chico a trabajar para mantener y mantenerse- se centran
en la paternidad. El mayor temor masculino en estos casos suele
ser el de perder contacto con los hijos, el de ser culpado por
ellos u olvidado en la cotidianeidad. Esto está reforzado
por la tradición segœn la cual los hijos permanecen con
la madre, lo cual si bien puede ser explicable en bebés
de meses no tiene sustento científico ni razonable en otras
edades. La ley habla de que los hijos deben estar "con el más
idóneo". Y, fuera de las creencias y los mitos, nada dice
que "naturalmente" esa es la madre. Depende de cada historia,
de cada caso, de cada madre, de cada padre. Sin embargo hijos
y dinero suelen ser, de un lado y de otro, elementos de presión
para continuar las disputas matrimoniales a través del
divorcio.
En síntesis, en el día después el hombre
divorciado enfrenta:
*Un cambio profundo y dramático de rutinas y escenarios,
que lo desorienta, lo atemoriza y repercute en sus conductas,
salud y estado de ánimo.
*Un desconocimiento del know-how doméstico para organizar
su nuevo espacio y su vida cotidiana no laboral.
*Desconocimiento de sus derechos legales, en lo económico
y, sobre todo, en cuanto a la paternidad, que lo lleva a "borrarse"
antes de ejercerlos o a elegir mal los abogados que pueden orientarlo.
*La presión del machismo social para que demuestre que
"está en carrera", es decir que el matrimonio no le ha
hecho perder "masculinidad". Esto se manifiesta a través
de la expectativa de otros hombres que lo impulsan a sumarse a
ellos (solteros) o a hacer lo que ellos quisieran y no pueden
(casados). Y de las mujeres que lo convierten en un nuevo "soltero
disponible". Un hombre tiene que tener muy en claro sus búsquedas
en la nueva vida para escapar a estas presiones.
*En la mayoría de los casos, una añoranza de sus
hijos que lo lastima profundamente y sobre la que suele hablar
y exteriorizar poco.
Es cierto que hay hombres que desaparecen, no se ocupan de sus
hijos y no cumplen con obligaciones legales. Pero son una minoría,
aunque se habla más de ellos que la de la mayoría
silenciosa de divorciados que atraviesan su crisis de otra manera.
Esos hombres, en mi opinión, le hacen un gran daño
a la mayoría de los varones, los convierten a todos en
sospechosos y deben ser denunciados y rechazados en primer lugar
por los propios hombres. El resto, la mayoría de los hombres
que se divorcian, sufren por el final de un proyecto amoroso,
atraviesan la crisis con mayor o menor conciencia, algunos retoman
proyectos, se encuentran con partes postergadas de sí mismos,
se preguntan por su propia vida como varones. Otros tratan, mientras
viven momentos de confusión, de temor, de desorientación,
de ser los mejores padres para sus hijos.
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