| Varones
al rescate de su cuerpo
Por Sergio Sinay
Un
viejo dicho asegura que el hombre, como el oso, cuanto más
feo es más hermoso. Y, aunque no está escrito, podríamos
agregar: y cuanto más bello es más sospechoso. Es
decir, sospechoso de no cumplir con un mandato tradicional de
la masculinidad, según el cual el cuerpo del varón
está destinado al trabajo, a la producción, a la
pelea, al rendimiento. Adiestrados para ganar, competir, conquistar,
ser eficientes, los varones han sido educados, de generación
en generación, para convertir a su cuerpo en una especie
de fortaleza ambulante, en una herramienta todoterreno, en una
máquina que no puede ser detenida por detalles menores,
como gripas, malestares, alguna fatiga. Sólo colapsos graves
-infartos, accidentes, œlceras- lo detienen. Y a ese costoso precio
muchos hombres recuerdan, o descubren, que el cuerpo es fuente
y sede de sensaciones y emociones.
Recuperar
lo propio
Hace muchas generaciones que los hombres ponen el cuerpo como
si se tratara de algo ajeno, como si no fueran ese cuerpo. En
la cultura occidental el cuerpo de la mujer se exhibe y el del
hombre se expone (a esfuerzos, pruebas, desafíos, etc.).
Resultado: los varones de Occidente viven entre siete y nueve
años menos que las mujeres.
Algo parece estar cambiando a partir de la última década
del siglo veinte. En esos años recientes la cosmética
masculina creció a razón de un 10 por ciento anual,
se duplicó el consumo de lociones y de aguas de toilette
para hombres, y hay palabras que ingresaron al vocabulario masculino
sin atentar contra la testosterona: por ejemplo, humectante, suavizante,
limpiador, refrescante, protector.
Sin embargo, todavía un varón se siente extraño
al entrar en una tienda a comprar
algo que no sea crema de rasurar, desodorante con fragancia salvaje
o un perfume
for men. Otros productos (más audaces o "sospechosos")
suelen ser comprados
para él por su mujer.
Pero
lo que importa es la tendencia
Los hombres empiezan a darse cuenta de que pueden sentir y gozar
en su cuerpo algo más que el moretón del último
partido de futbol, el dolor del codo de tenista, la contractura
en la espalda por el último esfuerzo laboral o esa punzada
en el pecho que hace temer desenlaces que horroriza imaginar.
Pérdidas que son ganancias Esta tímida pero creciente
recuperación de la integridad del cuerpo varonil corre
pareja con la "pérdida" de otros espacios masculinos. En
la segunda mitad del siglo veinte las mujeres comenzaron a salir
de sus casilleros y a aparecer en territorios "masculinos" tanto
en lo laboral y profesional, como en lo económico, cultural,
político y deportivo. Con menos flexibilidad, más
atados a mandatos arcaicos, los hombres quedaron retenidos en
actitudes y creencias que los fueron asfixiando e inmovilizando.
Ante la evidencia de que el reinado tradicional del varón
se ha ido reduciendo, algunos hombres empezaron a explorar otros
territorios, otras formas de vivir como varones sin perder masculinidad.
El cambio, aun lento pero indudable, incluye nuevas formas de
relación con los hijos, con las mujeres, con los otros
hombres, con el trabajó, con el éxito, con el poder,
con la comunidad, con la naturaleza y , por supuesto, con el propio
cuerpo. El cuerpo del varón es distinto del de la mujer.
Atenderlo, entenderlo, escucharlo, no significa "femineizarse",
puesto que, al ser diferente, requiere formas distintas de atención.
Al explorador masculino lo espera un territorio aun desconocido
y pleno de recursos: su propio organismo. Mientras un simple "macho"
sólo vive en función de fuerza, aguante, machucones
y resistencias absurdas, un varón entero sabe que su cuerpo
es también el instrumento de su sensibilidad, de su emoción
más profunda y que es una de las vías a través
de la cual expresar sentimientos, registrar placeres, integrar
todos los aspectos de su ser. Mientras un "macho" puro y duro
está condenado a morir dentro de su cuerpo, el gran desafío
del varón hecho y entero es vivir plenamente dentro de
él.
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