|
Nos llamamos Freddy, aunque lo olvidemos
Por
Sergio Sinay
Había
una vez una hoja, la hoja de un árbol, llamada Freddy. Un día,
cuando aún era pequeña, descubrió que "estaba rodeada de cientos
de hojas, o así lo parecían. Pronto descubrió que ninguna hoja
era igual a la otra, aún cuando estuvieran en el mismo árbol".
Freddy aprendió a distinguirlas, a conocerlas y a quererlas. Pasaron
las estaciones y al llegar el invierno, con viento y nieve, las
hojas empezaron a caer, hasta que una tarde "Freddy quedó solo.
Era la única hoja que permanecía en la rama". Así, en un amanecer,
después de una nevada, "llegó el viento que separó a Freddy de
su rama. No le dolió nada. Se sintió flotar, suave, delicada,
serenamente hacia abajo. Al caer, vio el árbol entero por primera
vez. ¡Qué fuerte y firme era! Estaba seguro de que viviría mucho
tiempo, y el saber de que él había sido parte de esa vida lo llenó
de orgullo."
El
otoño de Freddy la hoja es una hermosa historia contada por
Leo Buscaglia y, al sintetizarla, elegí usar algunas de sus frases
textuales. En los últimos tiempos, desde que los argentinos vivimos
acontecimientos inéditos, volví a leerla un par de veces, porque
me parece que aquello que Freddy aprendió durante su vida como
hoja es nuestra gran asignatura pendiente. Me refiero a tomar
conciencia de que ninguna persona es un árbol y de que somos todos
hojas, distintas, ninguna igual a otra, de un tronco común.
La idea de que es posible salvarse solo, de que mientras
sea otro y no yo el perjudicado todo está bien, de que "el otro
se las arregle como pueda" y de que, en fin, el otro es mi obstáculo
antes que mi prójimo, se extendió con mucha facilidad en los tiempos
recientes de nuestra historia, se convirtió en un rasgo distintivo
de nuestra cultura y, lamentablemente, tiñó buena parte de los
vínculos personales y sociales: trabajo, política, negocios, consorcios,
familia, pareja. Imaginemos que en un cuerpo humano uno de los
órganos (digamos el pulmón) sufre un repentino ataque de egoísmo
y decide que él quiere para sí todos los nutrientes, toda la sangre,
todo el oxígeno. Y que cuando se le recuerda que los demás órganos
también necesitan eso mismo, el pulmón responde: "Que se embromen,
que se las arreglen como puedan, yo quiero ser un pulmón sano
y vigoroso y vivir muchos años, así que necesito todo para mi".
Con seguridad, faltos de nutrientes, sangre y oxígeno, los demás
órganos no tardarán en enfermar y, si el proceso no se revierte,
más temprano que tarde todo el organismo que ellos integran y
conforman acabará por enfermar y morir. ¿De qué le habrán servido
al pulmón su codicia, su voracidad, su falta de solidaridad? ¿Puede
un órgano sano sobrevivir por sí mismo en un organismo enfermo?
El cuerpo humano es un maestro sabio y sus metáforas
son poderosas. Observando su funcionamiento podemos entender leyes
fundamentales de la vida. Cada órgano es distinto, ninguno puede
reemplazar a otro, todos son imprescindibles, el alimento, la
sangre, el oxígeno, los nutrientes son bienes comunes. Y hay una
finalidad compartida: la salud, la vida. Como pareja, como padres
o madres, como comerciantes o trabajadores, como profesionales,
como ciudadanos somos órganos de un cuerpo que nos trasciende.
Cada uno de nosotros es Freddy, una hoja entre
otras, expresiones únicas de un árbol común. Es tan sencillo y,
sin embargo, parece que es muy fácil de olvidar. Acaso es la lección
que viene a recordarnos este duro invierno que, paradójicamente,
se instaló entre nosotros cuando el calendario señalaba el verano.
Antes que cualquier consideración política, económica, social
o psicológica, esta perspectiva merece ser tenida en cuenta. Sobran
los momentos de nuestra vida privada y pública, social e íntima,
individual y colectiva en los que hemos visto pulmones que se
tientan con olvidar al resto del organismo. Es responsabilidad
de todos recordarles que una parte no es el todo. Cuando esa conciencia
crece y se contagia, el todo suele ser más que la suma de sus
partes.
|