| La
pecera envenenada
Por
Sergio Sinay
(Este texto es la introducción
del libro “La masculinidad tóxica”,
de reciente aparición) Como
habitantes de la sociedad y de la cultura contemporáneas,
somos a menudo peces que desconocen la complejidad, la textura,
la composición y los efectos del agua de su propia pecera.
Estamos inmersos en paradigmas que no cuestionamos, a los cuales
a menudo alimentamos y reproducimos como si se tratara de realidades
inmodificables de la Naturaleza. Nos vamos cociendo lentamente
en ellos, del modo en que una rana se cuece en el agua, (la
temperatura sube paulatina, constante e inadvertida hasta que
se hace tarde para huir fuera de la olla de cocción).
Como peces que, desentendidos del agua no se preguntan por ella,
corremos el riesgo de perecer víctimas de sus toxinas
y convencidos de que ellas son nuestro alimento. Hay un paradigma
en particular que tiñe y contamina el ámbito de
nuestros vínculos, de nuestras actividades, de nuestros
pensamientos, de nuestras acciones, de nuestro lenguaje hasta
hacerlo altamente peligroso. Mucho más de lo que imaginamos.
Si hiciéramos un análisis de nuestra propia pecera,
detectaríamos ese paradigma, en algunos elementos como
los siguientes:
*De acuerdo con investigaciones
de la Organización Mundial de la Salud (OMS) cada año
mueren en el mundo un millón 200 mil personas por accidentes
de tránsito. Diferentes estadísticas de distintos
países muestran un promedio en el que, por cada mujer
que provoca un accidente, hay diez hombres que lo hacen. Por
otra parte, 75 por ciento de las víctimas de accidentes
de este tipo son varones. Es cierto que hay más hombres
que mujeres al volante, sin embargo, cuando las estadísticas
se toman por kilómetro recorrido, mantienen la proporción.
En la Argentina esto significa más de 10 mil muertes
anuales, nueve mil accidentes protagonizados por hombres, entre
20 y 27 varones muertos por día, de acuerdo con investigaciones
de la organización Luchemos por la vida.
*Durante los primeros cinco años
del siglo veintiuno se libraban en el mundo casi 90 guerras.
Más de un billón de dólares (sí,
un millón de millones) era dedicado a ese rubro. Con
la misma cifra se podría garantizar servicios básicos
a toda la población mundial. Los combatientes en esas
guerras son, en más de un 95 por ciento, hombres. Los
que las deciden, también y llevan apellidos como Bush,
Rumsfeld, Blair, Aznar, Bin Laden, Al-Zahawiri, Nasrallah, Olmert,
Sharon, Amas, y otros menos divulgados. Alguna mujer, como Condoleeza
Rice, Secretaria de Estado de Estados Unidos durante el segundo
gobierno de George Bush, aparece mimetizada allí con
naturalidad y entusiasmo. En todos esos conflictos combatían
alrededor de 300 mil niños (varones). Entre la población
civil la mayoría de víctimas incluía a
mujeres y niños (no así, obviamente, en los frentes
de batalla poblados casi excluyentemente por millones de varones).
* En la Argentina (cifras oficiales
de la Provincia de Buenos Aires) el 70 % de las mujeres que
mueren violentamente lo hacen a manos de hombres conocidos de
ellas. Algo similar ocurre en Perú (datos de Pacific
Institute for Women´s Health). En Uruguay (según
el diario La República, de Montevideo), cada cinco días
una mujer muere por violencia doméstica. En Chile (diario
La Cuarta, de Santiago) el promedio es de 58 por año.
De acuerdo con datos de la ONG Iansa (Internacional Action Network
on Small Arms), entidad que propone desarmar a las sociedades
civiles, 33% de las mujeres que mueren en Francia son asesinadas
a tiros por sus parejas, un porcentaje que crece al 66% en Estados
Unidos. Mientras, en Sudáfrica, cada seis horas una mujer
es asesinada a balazos por su pareja actual o anterior. De acuerdo
con cifras del Parlamento Europeo, en Guatemala 1200 mujeres
mueren por año a manos de hombres y en México
350. En España (diario El País, de Madrid) llegaban
a la veintena en sólo los tres primeros meses de 2006.
*La diputada holandesa, de origen
somalí, Ayaan Iris Alí (autora del libro Yo acuso)
pronunció el 8 de marzo de 2006, Día Internacional
de la Mujer, un discurso en Alemania en el que citó estas
cifras de un informe publicado por el Centro para el Control
Democrático de las Fuerzas Armadas: en todo el mundo
entre 113 y 200 millones de mujeres están demográficamente
desaparecidas. Entre 1,5 y 3 millones de ellas (adultas y niñas)
pierden la vida cada año víctimas de la violencia
o el abandono debido a su sexo. En amplias regiones del planeta
los alimentos y la asistencia médica se destinan en primer
lugar a los varones (padres, maridos, hijos).
Parece ocioso seguir. Podemos recorrer el mundo y los continentes:
veremos la repetición de un fenómeno que, “democráticamente”,
se extiende a todas las capas sociales, los sistemas políticos,
los niveles de desarrollo.
*Una investigación del
diario La Nación, de Buenos Aires señalaba (en
mayo de 2006) que, si bien las mujeres ya ocupan en la Argentina
el 40 % de los puestos de trabajo, su salario, cuando se requiere
calificación profesional, es un 24% menor que el de los
hombres. El porcentaje es de 15% en Europa, de acuerdo con un
estudio del instituto estadístico Eurostat. Otra vez,
una recorrida por el panorama mundial mostrará la reproducción,
con variaciones locales o regionales, del mismo panorama.
*Desde que, a comienzos de los
años noventa del siglo veinte, el neoliberalismo se extendió
como una epidemia nefasta (una suerte de HIV social y económico)
por el planeta, el capital (o “mercado” en su nueva
acepción) exigió suba de rentabilidades y beneficios
a cualquier precio, sobre todo humano. Se trasladaron empresas
de un país a otro, a una velocidad favorecida por Internet,
que permite al asesino económico desaparecer virtualmente
del lugar del crimen. Se achicaron y fusionaron compañías
(los trágicamente famosos downsizings y reingenierías),
se flexibilizaron las leyes laborales, se canibalizó
a operarios y profesionales de todo nivel, se propició
el terror a quedar fuera del mundo laboral. El director francés
Laurent Cantet ofreció miradas lúcidas e implacables
sobre esto a partir de sus filmes Recursos humanos y El empleo
del tiempo. En particular los hombres fueron víctimas
(y victimarios) de este proceso, justamente porque sus salarios
son más altos. “No es que las mujeres estén
ganando muchos más lugares de trabajo, decía el
semanario inglés The Economist hacia 1996, sino que resulta
significativa la proporción de hombres que quedan fuera
del mercado laboral. En los años 60 casi la totalidad
de los hombres trabajaba: ahora ya no”. Se empezaba a
manifestar así lo que llamo el fenómeno del proveedor
desprovisto (que no sabe no ser proveedor). “Hoy los hombres
que recién empiezan, a los 18 años, como los que
ya están terminando, después de los 50, temen
quedar fuera del mercado laboral, no poder insertarse o reinsertarse
en él”, advertía al iniciarse el nuevo siglo
el consultor laboral argentino Héctor Fernández
Riga, creador entonces de The Golden Age, una proveedora de
profesionales mayores de 40 años.
*Un informe de la Policía
Federal argentina señaló lo que se ha convertido
en una trágica comprobación para la sociedad de
este país: el 40% de desórdenes públicos
es provocado por adictos, el 80% de los cuales son varones.
La Secretaría de Prevención de la Drogadicción
de la Provincia de Buenos Aires registró que el 70% de
los jóvenes consume alguna sustancia tóxica, que
la mayoría se da entre los 14 y 16 años y que
en un 72,76% de los casos son varones. Un adolescente de 16
años, Matías Bragagnolo, fue muerto a golpes por
una patota de jóvenes varones de su misma edad, o menores,
en marzo de 2006, en un barrio de la alta sociedad de Buenos
Aires. Otro muchacho de 21 años, Ariel Malvino, también
argentino, resultó asesinado por una banda de compatriotas
de su misma edad (estudiantes de buenas familias de la ciudad
de Corrientes) el 19 de enero del mismo año en Ferrugem,
playa brasileña. Sus asesinos solían practicar
boxeo como una forma de afirmar su machismo.
¿Podemos seguir? Sí, por un largo tramo. Y, aún
a riesgo de abrumar, quiero citar unos pocos elementos más.
*Los investigadores en el campo
de la salud sexual afirman que los varones son los principales
transmisores de las enfermedades de transmisión sexual
y del HIV debido a su conducta desaprensiva, a su ignorancia
sobre el tema y a la falta de educación y guía.
El fenómeno se va extendiendo entre los varones jóvenes.
*Los entrenadores deportivos (he
consultado a varios) se muestran crecientemente preocupados
por las conductas de los padres (varones) en las confrontaciones
infantiles y juveniles en deportes como el fútbol, el
básquetbol, el rugby o el hockey entre otros. Esos padres
arengan a sus hijos a ganar a cualquier precio, a ser violentos
con el adversario, además de presionar a los entrenadores
para que “formen” a sus hijos en esa dirección.
No admiten la derrota y, a menudo, cuando esta sobreviene, buscan
la revancha a través de enfrentamientos a puñetazos
con los padres de los ganadores.
*Un informe presentado en marzo
de 2006 por Médicos sin Fronteras considera a la violación
sexual como una verdadera plaga a escala mundial que, sólo
en Estados Unidos, afecta a 700 mil mujeres por año pero
que “no es cosa de latinos ni de salvajes, sino que está
bien repartida a lo largo del mundo y de las clases sociales”.
*Un candidato del partido gobernante
en las elecciones parlamentarias de Argentina, a fines de 2005,
manifestó entusiasmado ante un auditorio juvenil que
lo vitoreaba, que el Presidente argentino podía hacer
todo lo que hacía “porque le sobran huevos”.
En esa misma línea, el mismo Presidente, suele repetir
que sus adversarios no le torcerán la mano porque él
tiene “lo que hay que tener”.
*En plena disputa entre Argentina
y Uruguay, sumergidos en un conflicto internacional debido a
la construcción de fábricas papeleras posiblemente
contaminantes sobre un río de aguas compartidas, un dirigente
ambientalista argentino se lamentaba ante el diario La Nación,
de Buenos Aires, porque “aquí lo único que
están tratando de demostrar es quién es más
macho”.
*Procesado como responsable de
la muerte de 193 personas durante el incendio de un local que
él regenteaba en Buenos Aires (llamado Cromagnon), el
empresario de espectáculos Omar Chaban respondió
así (en marzo de 2006) a tres periodistas que, al entrevistarlo,
en la cárcel, le preguntaron por qué los jóvenes
arrojan bengalas incendiarias en conciertos multitudinarios,
pese a las advertencias: “Porque no sienten culpa y así
se sienten machos. Fijate lo que hago, soy más macho
que vos, más macho que la otra banda”.
Etiquetas
engañosas
¿Podemos seguir acumulando
ejemplos y datos? Podemos. Pero es suficiente. Flotamos en una
pecera teñida por un paradigma masculino arcaico, violento,
depredador en lo físico, en lo geográfico, en
lo emocional, en lo vincular, en lo espiritual. Un paradigma
que se nos impone a veces con brutalidad y muchas más
veces engañosamente mimetizado en mensajes y propuestas
que se difunden a través de los medios de comunicación,
las conversaciones, las conductas. Parte del engaño se
llama “Nueva masculinidad”, o “metrosexualidad”,
o “cibersexualidad” o “vitalsexualidad”,
o “Nueva paternidad”, y probablemente para cuando
este libro esté en circulación otras etiquetas
habrán nacido y desaparecido con la fugacidad de lo que
no tiene raíces ni sustento.
A veces creemos (o se nos hace
creer) que el modelo de masculinidad tóxica (como lo
llamaré de aquí en más a lo largo de este
trabajo) pertenece al pasado, a la época de “nuestros
padres”. Lo creemos porque estamos intoxicados y, adhiriendo
al pensamiento mágico, creemos (hombres y mujeres de
buena voluntad) que si decimos que algo no existe, sólo
por decirlo desaparecerá. Y a veces lo creemos porque
las usinas de la publicidad y del marketing nos someten a bombardeos
sutiles o alevosos según el caso, groseros o ingeniosos
según el caso, obscenos o psicopáticos según
el caso, para convencernos de algo que, de lograrlo, nos convertirá
en consumidores sumisos de cualquier cosa que se nos quiera
vender. En este caso se trata de embutir a los varones cosméticos,
ropas u otros productos que antes sólo se destinaban
a un mercado femenino. También se trata de ilusionar
a las mujeres (“Ahora hay un nuevo tipo de hombre, sensible,
usá esto, comprale lo otro y lo encontrarás”).
La publicidad, el marketing, los medios no son hoy inocentes.
Son inoculadores y portadores activos y constantes de muchos
de los más nocivos mensajes, propuestas orientadoras
e incitaciones ideológicas (a la manipulación,
a la violencia, a las adicciones) que emponzoñan el agua
en que nadamos.
En el caso del paradigma masculino
en boga (muy en boga, como se verá en estas páginas),
quienes se desempeñan en esas actividades quizás
deban ser llamados a declarar algún día como imputados
y acusados. Para conseguir pruebas sólo basta con sentarse
frente a un televisor (por no hablar de otros medios) apenas
unos minutos. Allí mismo, además de avisos, se
podrá ver cómo los programas de mayor porcentaje
de audiencia (esos que, según los directivos de los canales,
“la gente pide”) son verdaderos caldos de cultivo
de las creencias del machismo depredador.
Animadores y animadoras por igual
exudan masculinidad tóxica en su lenguaje, en sus chistes,
en sus declamaciones, en su manera de dirigirse, según
sea el caso, a hombres o a mujeres. Esto se festeja y luego
se repite. Es decir, se contagia como un virus. Se cita en las
conversaciones cotidianas. Cuanto más machista, cuanto
más tóxico sea el mensaje, más idolatrado
será el conductor, o galán, o actriz o conductora
de turno. Sus televidentes se cuentan por millones y no son
sólo hombres y mujeres adultos. Son niños, niñas,
también ellos celebran, del mismo modo en que ven celebrar
a sus adultos. Respiramos, pues, ese agua, somos peces de esa
pecera.
Todos estos factores (guerras,
violaciones, accidentes, conductas deportivas, comportamientos
sociales, actitudes sexuales, formas de interacción política,
discursos públicos, apelaciones de mercadeo, modas televisivas)
pueden ser estudiadas desde diferentes miradas y disciplinas:
desde la economía, la política, la sociología,
la psicología social, la semiótica y más.
De hecho lo son. Cada enfoque aporta información, ideas,
hipótesis. Sin embargo, en mi opinión, hay un
elemento que suele ser ignorado, o no registrado, cuando se
abordan fenómenos tan decisivos de la vida contemporánea.
No se sopesa, y a menudo da la impresión de que ni siquiera
se sospecha, el peso significativo que tiene en todo esto el
paradigma masculino primitivo y depredador. Hasta tal punto
se ha incorporado como parte “natural” de nuestra
manera de relacionarnos entre nosotros y con el planeta, que
no se lo cuestiona.
Cuando digo esto, creo no exagerar.
Es cierto que en algunos foros universitarios o intelectuales,
que en ciertos programas de televisión y radio o en algunos
espacios de la investigación periodística gráfica,
que en determinados ensayos o en eventos especializados (como
la Conferencia Internacional de la Mujer o ciertas comisiones
parlamentarias) se lo denuncia. Sin embargo se trata de un “como
si” de la denuncia, de actitudes que apuntan a generar
polémica para ganar audiencias (televisivas, radiales,
políticas), para estimular el fund raising de algunas
organizaciones, para mejorar perfiles de los denunciantes, pero,
hasta aquí, no han servido para transformar realmente
una realidad altamente tóxica y altamente peligrosa para
los vínculos humanos.
Por último, deben incluirse
las denuncias de distintos foros feministas que, en definitiva,
antes que apuntar a una transformación de las relaciones
humanas, a una integración fecunda de las diferencias
entre varones y mujeres en una complementariedad que mejore
la vida de todos (en especial de las generaciones futuras),
toman el perfil de una revancha. En este punto, rescato la lucidez
de Elisabeth Badinter, antropóloga e historiadora francesa,
una de las más prestigiosas feministas europeas, que
en su trabajo Fause Route (Hombres y mujeres, cómo salir
del camino equivocado) señala: “La perspectiva
victimista (propuesta por el feminismo) no carece de ventajas.
En principio, sin más, una se siente del lado correcto
de la barricada. No sólo porque la víctima siempre
tiene razón sino también porque provoca una conmiseración
simétrica al odio sin piedad que una dispensa al verdugo.
(…) Al insistir acerca de la imagen de la mujer oprimida
e indefensa contra el opresor hereditario se pierde toda credibilidad
ante las generaciones jóvenes que no escuchan con ese
oído. Por otra parte, ¿qué se se les propone
si no cada vez más penalización y victimización?
(…) ¿Qué paradigma masculino y femenino
se intenta promover?”. En efecto, muchas posturas feministas
(las más radicalizadas y dogmáticas) sólo
tienen diferencias de forma con el machismo: proponen un dogma
basado en la supuesta superioridad de un accidente biológico
(el sexo) sobre otro. Y elaboran desde allí su propio
modelo de competencia, intolerancia, descalificación
y resentimiento.
Sin distinción
de género
Las reflexiones de Badinter vienen
al caso, ponen el acento en una cuestión central. Si
vemos al modelo masculino todavía hegemónico en
nuestra cultura sólo como un problema de los hombres,
como una veta de la cual ellos se enriquecen a costa de sus
víctimas femeninas y como una simple cuestión
de poderes en pugna, habremos caído en otro de los paradigmas
trágicos de nuestra cultura: el dualismo, la necesidad
de entender las cosas en términos de una contra la otra.
Se pierde así la riqueza de la visión integradora
y transformadora.
Este no es un problema de hombres
contra mujeres (aunque así lo vivan quienes adhieren
a los ismos). El paradigma de la masculinidad tóxica
afecta a la Humanidad en su conjunto. Nos impide enriquecernos
con la diversidad, ser fecundos a partir de las diferencias,
trascender desde la complementariedad. Es un paradigma que infecta
al pensamiento social en su conjunto, a las relaciones humanas
en su totalidad. Destruye los ecosistemas (físicos y
espirituales) en los que todos, juntos, con vestido o con pantalón,
con pene o con vagina, habitamos. Las cifras y ejemplos citados
en el inicio de este capítulo son elocuentes en ese sentido.
No hay ventajas de “género” en cuanto a los
perjuicios del modelo. No hay ninguna ventaja para los varones
en vivir de seis a nueve años menos que las mujeres (con
una esperanza de vida que se acorta debido a la toxicidad del
modelo masculino). No hay ventaja para las mujeres en sobrevivir
en una sociedad de viudas. Y no hay ventajas para las jóvenes
(y próximas) generaciones en recibir, por acción
o por omisión, a través de mensajes explícitos
o de dobles mensajes manipuladores, la orientación hacia
la reproducción del modelo o, por el contrario, la desorientación
y la desesperanza absolutas acerca de una mejor convivencia
entre los seres.
Propongo que nos detengamos en
este punto. Se suele decir, con frecuencia y levedad, que el
modelo tradicional masculino pertenece al pasado, que las nuevas
generaciones de maridos, de padres, de profesionales, de amigos
varones ya no responden a ella. Que son más participativos
(en lo doméstico, en la crianza de los hijos), que son
más sensibles (comunican más sus sentimientos),
más solidarios con las mujeres y más comunicativos
entre sí. Quienes lo dicen pertenecen a generaciones
adultas, mayores. También lo afirman muchos comunicadores,
fabricantes de productos para “hombres sensibles”,
e incluso lo suelen repetir muchos hombres que se sienten culpables
de pertenecer (por una adscripción biológica)
al bando de los “opresores”. A veces lo dicen sociólogos
y educadores. En algunos de quienes sostienen esta teoría
subyace el deseo y la (buena) voluntad de que sus palabras sean
ciertas. En otros, hay un interés oculto, en otros se
trata de meras repeticiones automáticas de consignas.
Desde mi punto de vista, esto es simplemente una manifestación
de lo que se conoce como “pensamiento políticamente
correcto” o progresismo a la moda. Se trata de estar “a
la altura de los tiempos”. ¿Quién actuaría
o hablaría hoy como un machista prehistórico,
cómo un primo hermano del hombre de Neandertal? Nadie
que, de veras, pretenda ser escuchado o respetado, de acuerdo
con las convenciones culturales contemporáneas. De manera
que se hace necesario un discurso diferente, sin dudas. Pero
los discursos cambian con más velocidad y facilidad que
las conductas (la política es una prueba cotidiana de
esto). Es una ilusión infantil confundir palabras con
hechos. Sin embargo, es lo que suele hacerse con frecuencia
en este tema. Si repetimos diez veces que los hombres han cambiado
o están cambiando, empezaremos a ver hombres diferentes
y vínculos diferentes entre ellos, entre ellos y sus
hijos, entre ellos y sus mujeres, entre ellos y la Naturaleza.
Veremos nuevas formas de la política (más humanistas),
de la economía (más solidarias), de las relaciones
sociales (más compasivas). Este pensamiento mágico,
que permite ver lo que se quiere ver más allá
de que exista o no, parece impulsar a los voceros de la nueva
joven masculinidad.
Magia e
irresponsabilidad
Además de mágico,
ese pensamiento es, en cierto modo, irresponsable. Supone que
los cambios se hacen con desearlos, que no hay que comprometerse
con ellos, que no hay tareas por realizar ni deberes por asumir.
Cuando descubren la pecera en la que han crecido y vivido y
lo que ellos mismos han transmitido a través de ese agua
a los pequeños peces, muchos adultos (hombres y mujeres)
parecen creer que su “darse cuenta” producirá,
a través de una ósmosis misteriosa, la transformación
de sus hijos, nietos, yernos, sobrinos y demás varones
consecuentes. ¿Pero por qué habrían de
ser enteramente distintas las nuevas generaciones? ¿No
nacieron de las que les precedieron, no fueron educadas por
aquellas? ¿No hay un excesivo desligamiento de las propias
funciones cuando se confía en un cambio que los jóvenes
deberían hacer por su cuenta? ¿Sólo con
no ser un padre autoritario se consigue tener un hijo sensible,
compasivo, solidario y, a la vez, fuerte, espiritualmente corajudo?
¿Basta, de veras, con no ser un padre autoritario (ya
profundizaremos en esta cuestión)? ¿Qué
tipo de hombres y mujeres son estos adultos en las otras áreas
de su vida? ¿Están seguros de que no se manejan
allí con el paradigma masculino tradicional? ¿Son
despiadadamente competitivos, confunden fines con medios, incluyen
la compasión y la empatía en sus vínculos
de amistad, afectivos, profesionales, sociales y demás?
¿No apoyan guerras (¿ni creen en las “guerras
justas”)? ¿Cómo conducen sus automóviles,
cómo se conducen respecto de las reglas, leyes y normas,
cómo actúan y piensan acerca del otro sexo, son
respetuosos de las diferencias, pueden celebrarlas? En síntesis,
¿por qué habrían de cambiar los jóvenes
varones y las jóvenes mujeres (ya que, insisto, el paradigma
nos cabe a todos) si no cambian su entorno y sus referentes?
¿Puede, en fin, un pequeño pez tomar oxígeno
puro de una pecera contaminada?
Sin embargo, hay cambios. Pero,
por ahora, son epidérmicos. Claro que, en algunos padres
y maridos jóvenes, se notan actitudes diferentes. Pero
no están transformando el paradigma. Ocurre, según
mi evaluación, que la toxicidad del paradigma que nos
rige es tan alta como para generar síntomas inocultables,
tanto físicos como psíquicos y emocionales. Estos
van desde niveles de estrés y enfermedad crecientes,
hasta insatisfacción espiritual, ansiedad, angustia,
en pocas palabras vacío existencial. A veces conciente,
a veces intuitivamente, hay quienes buscan cambiar algo. En
esa búsqueda, incipiente e incierta, se pueden anotar,
en parte, los aparentes nuevos modelos que con tanta ligereza
se celebran. Adherir a la creencia de que ha advenido una “nueva
masculinidad” tiene, desde esta perspectiva, un costo
muy alto: el de reforzar la masculinidad tradicional, con todas
sus consecuencias. A fines del siglo diecinueve el príncipe
italiano Tomaso Di Lampedusa describió magistralmente,í
en su novela El gatopardo, estos procesos ilusionistas que permiten
hacer creer que algo cambia para que nada cambie.
Cada uno
a lo suyo
¿Por qué depositar
toda la responsabilidad de nuestros problemas sociales, políticos
y culturales en el paradigma masculino hegemónico? ¿Finalmente
eso no conduce a aquello que critico en el feminismo, es decir
a hacer de los hombres los culpables de todo? Conviene aclarar
cuanto antes que ese paradigma no es la única causa de
la desarmonía de nuestro planeta. Pero es una razón
de mucho peso, puesto que en el juego de la relación
entre los géneros, a los hombres se les encargó
la conducción del mundo externo, público, social,
y es desde allí desde donde este modelo se posicionó
y extendió. A las mujeres, en esa repartición
de funciones culturales que se viven como “naturales”,
les tocó la administración de lo doméstico,
lo privado, lo emocional. Desde sus funciones unos y otras han
mantenido en funcionamiento, y en reproducción, esta
pecera en la que habitamos y que se llama “nuestra sociedad”
o “nuestra cultura”. Dentro de ella, y ateniéndose
a sus funciones “específicas”, durante muchas
generaciones las mujeres (víctimas como los hombres)
contribuyeron al mantenimiento del paradigma criando, por ejemplo,
hijos machistas e hijas a quienes se educaba para elegir hombres
machistas (proveedores materiales, productores, protectores),
hombres, en fin, que las relegarían a un espacio en el
que ellas proveerían, a su vez, lo suyo (capacidad de
maternar, nutrir, alimentar y ordenar lo doméstico, disponibilidad
sexual) sin interferir. Esto, por supuesto, también ha
cambiado en parte, pero mucho más en lo formal que en
lo esencial. Ya lo veremos. Sin embargo, al cambio de las mujeres
ha influido, como consecuencia, en el hecho de que hoy se cuestione
el paradigma masculino. No es el único motivo, pero es
uno muy importante.
Así estamos, entonces,
en un punto de inflexión. La masculinidad tóxica
es aún un modelo predominante, se extiende hasta los
intersticios más sutiles de nuestra vida, de nuestros
vínculos, de nuestras actividades, de nuestro estar en
el mundo. Marca nuestras vidas y nuestras relaciones con más
profundidad de lo que advertimos y reconocemos. Nos pone en
peligro, daña nuestro hábitat natural. Y no admite
miradas negligentes, desentendimientos ni, mucho menos, descargos.
Durante un tiempo, acaso las últimas
tres décadas del siglo veinte, mientras e iniciaban transformaciones
y cuestionamientos significativos en la conducta y la ética
sexual, mientras mutaban los modelos de pareja, de matrimonio
y de familia, resultaba plausible atribuir los comportamientos
derivados del paradigma masculino tóxico a las décadas
y siglos de vigencia del mismo, a la ignorancia (de los propios
hombres en primer lugar) generada por ese modelo. Podía
sostenerse, con algún fundamento, que el machismo (como
modelo social que incluye a todos, varones y mujeres) no era
una elección, sino una imposición. Cuando el siglo
veintiuno está ya en pleno desarrollo, aquello ya no
cabe. Respecto de la masculinidad tóxica, en mi opinión,
ya no hay lugar para descargos, ya no se puede alegar inocencia.
Ocurre que no somos peces, después
de todo. Somos humanos. Y lo que nos convierte en tales es la
conciencia. La conciencia nos hace responsables, es decir nos
impide delegar en otros (o en circunstancias, hechos, azares,
etc.) las consecuencias de nuestros actos, de nuestras elecciones,
la elección de nuestra vida. Desarticular el paradigma
de la masculinidad tóxica es, pues, una cuestión
de responsabilidad. Una cuestión moral.
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