| ¿Qué
decimos al desearnos felicidad?
Por
Sergio Sinay
Va
a ser una de las palabras que más diremos y que más
escucharemos en los próximos días. Acaso encarna
la mayor aspiración humana. Felicidad. Felices fiestas.
Feliz Año Nuevo. Felicidades. En esta época del
año la palabra se cuela en cada frase. ¿Qué
deseamos, qué nos desean cuando la invocamos? ¿Qué
es la felicidad, en definitiva? En el origen de la palabra,
encontraremos el término griego eudalmonía que,
aproximadamente, significa “ser bendecido por un buen
hado”. Según Aristóteles, se trata del bien
supremo al que aspiran todas las acciones humanas.
Y, sin embargo, ¿qué
es la felicidad para cada uno de nosotros en particular? Probablemente
no habrá dos respuestas similares, porque no existen
dos personas iguales. ¿Cómo alcanzar, entonces,
la felicidad? ¿Cómo llegar a ella? Creo que cuando
nos planteamos estas preguntas, las respuestas se nos escapan
como arena entre los dedos. Porque, en mi opinión, la
felicidad no es algo que se alcanza ni un lugar al que se llega.
El escritor alemán Herman Hesse (autor de Siddartha y
El lobo estepario) decía que “es un cómo
y no un qué, no es un objeto”. De acuerdo con esto,
podríamos ver a la felicidad como una forma de viajar,
no como un destino.
¿De qué esta
hecho ese viaje? De nuestras acciones diarias, de nuestros vínculos,
de nuestras actitudes. Creo que antes que buscar la felicidad,
hay una prioridad. Se trata de encontrar un sentido a nuestra
vida personal, singular, única. Un sentido trascendente.
Trascender es ir más allá de uno mismo, alcanzar
a otro, a otros, a través de lazos de amor, de empatía,
de colaboración, de fecundidad, de comprensión,
de aceptación. Eso nos hace humanos, esa es la gran diferencia
entre nosotros y otras especies.
Trascendemos, entendiéndolo
de este modo, en la relación amorosa nuestros hijos,
con los seres que amamos, con la apertura hacia aquellos con
quienes nos vinculamos de diversas maneras, en una obra de arte,
en el modo de encarar nuestro trabajo, en la forma en que nos
integramos en los círculos y en la comunidad que integramos,
en el alimento que elaboramos y ofrecemos, en las palabras conque
nos acercamos al semejante. No hay recetas. Cada ser es único
y encontrará un modo único de ir más allá
de sí para trascender en los otros. Cuando entendemos
en qué consiste la trascendencia (no se trata, queda
dicho de hacer grandes obras, de convertirse en prócer,
de alcanzar celebridad), todos los actos y gestos de nuestra
vida, aún los más pequeños, tienen sentido.
Con el sentido se hará
presente la felicidad. No será el resultado de una búsqueda,
sino la consecuencia de un modo de vivir y de vincularse. La
búsqueda obsesiva de la felicidad suele llevar a penosos
malos entendidos. Así confundimos satisfacción
con felicidad. La satisfacción es epidérmica,
no trasciende. Tampoco el placer entendido como fin es felicidad.
Cuando buscamos la felicidad como un cazador que persigue una
presa, solemos volver con las manos vacías. Tampoco se
trata de una meseta en la que nos instalaremos para siempre.
Estas confusiones nos hacen
creer que la felicidad anida en un auto, un viaje, una silueta
perfecta, una abultada cuenta bancaria, una operación
que promete hacernos más jóvenes, una casa imponente,
el artefacto de última generación, en una relación
o en una persona. El maestro espiritual indio Krishnamurti decía:
“Cuando buscamos la felicidad por medio de algo, ese algo
se vuelve más importante que la felicidad misma. Cuando
la felicidad es buscada a través de un medio, ese medio
destruye el fin”.
En esos casos sobreviene
una angustia, un vacío inexplicable. ¿Si lo tengo
todo por qué no soy feliz? Porque la felicidad no anida
en el tener. Es una sensación, es la consecuencia de
una actitud ante la vida, no se puede capturar como una mariposa
de colección. Es el resultado de nuestros actos, somos
responsables de ella. Sería hermoso que al desearnos
felicidad, en estos próximos días, nos estemos
deseando una vida trascendente, una vida ligada al semejante,
una vida con sentido.
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