| Ética
de la coexistencia:
eso que nuestros vínculos necesitan
Por
Sergio Sinay
Miércoles 19 de Marzo de 2003.
Una foto en la tapa del suplemento deportivo del diario La Nación me entristece y me indigna.
Los jugadores del seleccionado argentino de rugby (Los Pumas),
vestidos de soldados se entrenan en una base militar y reciben
preparación bélica. ¿Para ir a la guerra? No, para jugar (“¿jugar”?)
el campeonato mundial de su deporte. Han elegido ese tipo de
preparación, como si tuvieran que adiestrarse para matar a sus
rivales. Ese mismo día, un psicópata que llegó por vías fraudulentas
a la presidencia de un país presuntamente democrático, declara
una guerra devastadora, sangrienta y criminal, pese a la oposición
del planeta (salvo un par de miserables primeros ministros europeos).
El desayuno se me atasca en la garganta. Este es el mundo en
que vivimos, me digo. Atravesamos, como los hermosos protagonistas
de El señor de los anillos,
la Edad Oscura. Cada día, en cada pequeño acto cotidiano. Vivimos
en guerra.
Luchamos contra el cigarrillo,
contra la obesidad, contra la pereza, contra los impulsos, contra
el cáncer, contra la celulitis, contra la pereza, contra los
deseos, contra el adversario deportivo, contra el opositor político,
contra el copropietario en la reunión de consorcio, contra el
competidor comercial o profesional, contra la tentación. ¿Cuántas
veces por día nos ponemos
en actitud de lucha? ¿Cuántas veces empleamos esta palabra?
¿Cuántas veces nos guía este concepto? Decimos: “Lucho
contra mi miedo”, “Lucho contra mis fantasmas”,
“Voy a pelear hasta lograrlo”. Y hasta despedimos
a alguna persona querida con la frase: “Fue un luchador”.
Nos preguntan ¿”Cómo estás?” Y respondemos: “Ya
lo ves, en la lucha”. Por último, definimos a la vida
como “una lucha”.
Si la vida es, en efecto, una lucha,
todo lo que la constituye estará atravesado por el espíritu
de pelea, de confrontación, de disputa. También nuestros vínculos.
Así, luchamos por un amor, peleamos para lograr que nuestros
hijos crezcan en un camino recto, combatimos por enderezar una
amistad.
Quién es el otro
Lucha, dice el diccionario, es
“la pelea entre dos, en que, abrazándose uno al otro,
procura cada cual dar con su contrario en tierra”. Se
trata, entonces, de una práctica que sólo termina cuando uno
se impone sobre otro. Convertida en un modo de encarar la vida,
nos predispone a una suerte de enfrenamiento perpetuo. ¿Contra
quién? Contra las circunstancias, contra el destino, contra
emociones, contra ideas, contra obstáculos y, básicamente, contra
otros.
El otro encarna, en esencia, lo
diferente. Lo que no se pliega, en imagen y semejanza, a mi
deseo. Una actitud, una opinión, un sentimiento, una elección,
bastan para establecer diferencias y para manifestarlas. ¿Qué
hacer con ellas? La respuesta a esta pregunta es, en cierto
modo, la declaración de una manera de vivir y de vincularse.
Nuestra vida es una vasta, rica y compleja trama de vínculos.
Existimos vinculados, esa es una condición esencial del ser.
Y, en tanto así ocurre, habitamos un inmenso mar de diferencias.
No hay dos personas iguales, aunque compartan la misma sangre.
Ante esta evidencia podemos descalificar
a lo diferente, podemos combatirlo, empeñarnos en cambiarlo
para que sea semejante a nosotros. O podemos aprender de la
diversidad, integrarnos con lo distinto, reconocernos como expresiones
disímiles de una misma materia prima, lo humano.
En nuestras declaraciones solemos
adherir, mayoritariamente, a la segunda opción. Es lo “correcto”,
se lo observe desde donde se lo mire, ya sea desde lo moral,
lo político o lo afectivo. Pero en la práctica, en la vivencia
real de nuestros vínculos, con frecuencia elegimos la opción
“lucha”. Luchar contra, luchar para, luchar por.
Con o contra
Estoy convencido que en la base
de los sufrimientos, disconformismos, sinsabores, desilusiones,
frustraciones y demás variantes del malestar existencial que
tiñe a nuestros tiempos, está la precaria concepción de la vida
como lucha. Es una concepción dualista, que no consigue la integración
ni la armonización de lo diverso. Propone sesgar y dividir en
dos: malo y bueno, amor y odio, blanco y negro, cuerpo y alma,
hombre y mujer, cielo y tierra, sentimiento y pensamiento. Luego
de crear la división insta a elegir por uno o por otro, los
enfrenta. Desalienta e impide toda posibilidad de comprender
a lo diferente como parte distinta y necesaria de una totalidad
más vasta y trascendente.
Esta concepción nos mantiene en
un estado precario de evolución de la conciencia. Nos hace ignorantes,
al no enseñarnos que somos parte de un todo mayor, y más significativo,
que la suma de esas partes. Nos sumerge en la angustia de percibirnos
sólo como olas –siempre fugaces- y no como mar, como hojas
(que duran una estación y viven angustiadas por la brevedad
de su existencia) y no como árboles, como células y no como
organismos.
Esta mirada da como resultado una manera de estar en
el mundo, un modo de vincularse. Vivimos en una cultura que
dirime sus diferencias en dirección de uno u otro término (hombre
versus mujer, Oriente versus Occidente, pobres versus ricos,
hijos versus padres, y así hasta el infinito). Una cultura de
competencia, de lucha, de exclusión, descalificadota de lo distinto.
Para vivir así, en la lucha, es preciso crear, todo el tiempo
y en todas partes, campos de batalla, vivir como guerreros,
matar para que no nos maten, excluir para que no nos excluyan,
someter para que no nos sometan. Y aunque matemos, excluyamos
y sometamos no alcanzamos la felicidad, vivimos infelices, sin
encontrar un sentido esencial al hecho de existir. Esto es lo
que vemos en el mundo que propone la lucha y
niega las diferencias: familias en conflicto, parejas
en crisis, empresas en bancarrota, deportistas sanguinarios,
ejércitos aniquiladores.
Otra opción
Pero no es el único mundo posible.
Se puede vivir de otra manera, podemos construir vínculos de
cooperación, de integración. Podemos hacer de nuestras diferencias
elementos de aprendizaje y de suma. Vivir con otros, entre otros,
vivir con el otro es el arte de armonizar las diferencias. Ya
no se trata de una simple declaración de principios. Hoy
esto es una condición de supervivencia, de superación, de trascendencia.
Hoy somos deudores de una materia fundacional: integración de
las diferencias. No hay amor posible si no se fundamenta en
esto. Empezar a trabajar en ello, aprenderlo de una manera experiencial,
vivencial, aplicarlo a la vida de cada día, al encuentro de
cada instante con el amado con la amada, con el hijo y la hija,
con el amigo, con el adversario, con proveedor, con el cliente
es una prioridad.
Es necesario crear espacios de
aprendizaje y habitarlos. Hay formas de aprender y aplicar esto.
Urge que nos dediquemos a aprender esas formas, a desarrollarlas,
a transmitirlas, a compartirlas. Edward Said, un lúcido intelectual
palestino, dice: “Debemos dedicarnos, sobre todo, a crear
campos de comprensión en lugar de campos de batalla”.
Tiziano Terziani, un hombre sabio, que durante
años trabajó como periodista y hoy habita en la India, recuerda
que “la armonía, como la belleza, está en el equilibrio
de los opuestos, y la idea de eliminar uno de los dos es sencillamente
sacrílega”. Y propone reemplazar “la lógica de la
competitividad por la ética de la existencia”. Terziani
es autor de un libro bello, profundo e imprescindible: Cartas
contra la guerra. Una pequeña joya, de esas que a cada tanto
alumbra el alma humana. Allí escribe: “Sólo si conseguimos
ver al universo como un todo en el que cada parte refleja la
totalidad y en el que la gran belleza está en su diversidad,
comenzaremos a entender quiénes somos y en dónde estamos”.
¿Qué más agregar? Comencemos. Comencemos por donde cada uno
pueda. Por el prójimo más próximo.
|