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SERGIO SINAY
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  Si vale todo, nada vale  
  por Sergio Sinay  
 

¿Por qué la verdad es un valor? Porque a nadie le gusta que lo engañen. ¿Y la honestidad? Porque a nadie le gusta que lo estafen. ¿Y la sinceridad? Porque  nadie quiere que le mientan. ¿Y la aceptación? Porque nadie desea ser rechazado. ¿Y la vida? Porque nadie quiere que lo maten. Los valores que aceptamos como tales nos permiten, en la medida en que los honramos, vivir y convivir en un contexto en el que cada quien puede desarrollar sus potencialidades y descubrir el sentido de su vida. Los valores no son caprichos ni existen per se. Los elegimos, los acordamos y son el sustento de la moral. Como decía Kant, si todos mintiéramos no habría verdad, si todos estafáramos no habría honestidad, si todos robáramos no habría propiedad, si todos matáramos no habría vida.

Respetar los valores acordados equivale a vivir moralmente. Cuando no es así, cuando nada vale, entramos en el vale todo. Ahí estamos. Un psicópata parricida se convierte en referente “ético” y es recibido y honrado por gobernantes para quienes todo vale (vean las fotos de K con Sch, están frescas). Una organización de derechos humanos se convierte en una simple unidad de negocios y su líder en una discriminadora serial que se vanagloria de no respetar reglas ni derechos ajenos. La justicia deviene objeto de uso para el poderoso de turno y la “militancia” política en una carrera gerencial para ocupar cargos obscenamente bien remunerados en empresas que se toman poco menos que por asalto. Antes que eso, el vale todo está en las calles (semáforos, límites de velocidad, etc. se violan deportivamente), en el ventajeo cotidiano de tantos ciudadanos de a pie, en la confusión permanente de deseos con derechos (si lo quiero es mío y si no me lo dan me lo tomo por la prepotencia del número). ¿Qué estamos dispuestos a respetar, con qué valores nos comprometemos a vivir? ¿A qué le vamos a decir que no? Se viene una temporada de elecciones. Buen pretexto para buscar respuestas concretas a estas preguntas. Mientras esperamos las urnas para responder allí, también podemos empezar a hacerlo en cada acto de la vida cotidiana. Que algo valga.

 
 
     
     
   
  Sergio dijo...
Agradezco a todos estas movilizadoras reflexiones. Respecto del odio, creo que es necesario no confundirlo con indignación. Personalmente, me indignan las cosas que reflejé en mi reflexión, más otras que vengo mencionando. El odio es otra cosa y es, como dice Jorge, algo que se viene enseñando e infiltrando de manera perversa en nuestra sociedad usando como escudos humanos a organismos que no deberían haberse manchado, pero ya se mancharon. Porque el odio mancha de manera indeleble, sobre todo a quien odia. Tampoco creo que todos debamos ni podamos unirnos bajo una pretendida consigna común. ¿Cómo podrían compartir una cosigna los capitalistas amigos del poder con los chicos que mueren de hambre en Formosa y en otros puntos del país ante la criminal indiferencia de ese mismo poder? Eso me indigna, Oscar, pero no me provoca odio. Sobre estas y otras cosas no podemos ser ni hacernos indiferentes.
6/9/2011 6:01:49 PM
 
  marisa dijo...
concuerdo totalmente con vos
6/9/2011 3:07:22 PM
 
  Jorge B dijo...
El hecho pasó casi desapercibido en todos los medios, salvo tal vez Perfil, retomado luego en Taringa! y Tribuna. El último 24 de marzo, en el marco de la manifestación, una "organización de militancia" vinculada al gobierno colgó fotos tamaño natural de quienes consideraba objetos de repulsa y odio públicos por su papel durante la última dictadura. Bajo el sello de "Cómplices", ataviados con gorra militar, los rostros de los acusados por esta orga de connivencia con el poder autocrático mostraban círculos concéntricos. Como un blanco. Las caras en las gigantografías de Mirtha Legrand, de Morales Solá, y de muchos otros, esperaban sin quejas los escupitajos de los que concurrían a la marcha en "memoria de los derechos humanos". Y, bajo el lema "Escupí tu bronca", se veía a chicos (supongamos que con sus padres) llenar los rostros de los "complices" de gargajos. Como si fuera una travesura, avalada por los mayores que debían velar por ellos, los chicos se adoctrinaban en el odio. Más allá de la ideología y de la complicidad -o no- de los que recibían las salivadas, este es un acto de fascismo. Los chicos tienen derecho a formarse su propia idea subjetiva de la historia. De lado y tendencia que sean: Tienen derecho a su propio pensamiento, a su propia historia y a sí mismos. ¿O no era este -hasta hace un tiempo al menos- el discurso de las organizaciones de DDHH que trabajaban con menores apropiados? Cuando nos preguntamos "de dónde viene este odio que nos separa y enfrenta", vendría bien recordar que de una educación en el odio, sólo que revestida de "ejercicio democrático". Finalmente, inconciente, lo único que se recicla es el odio. Cambian las banderas -la derecha, la izquierda populista- pero el odio continúa, porque -fatalmente- se cosecha la siembra, y los dos lados del odio son uno solo. Sergio, gracias por ser uno más manteniendo vivo el fuego, dentro, muy dentro de nosotros. Un abrazo amigo.
6/8/2011 1:12:10 PM
 
  Oscar Cáceres dijo...
Sergio, las palabras no son neutrales y por lo tanto las tuyas siempre me han ayudado a elegir y en estos casos a responderme preguntas, como por ejemplo ¿Cómo alguien que escribe textos tan enriquecedores no puede ver con claridad el odio?, somos humanos y el camino es el debate de ideas, no de rencores inútiles, un saludo en el ciberespacio, estamos conectados
6/8/2011 6:18:21 AM
 
  Marcelo G dijo...
Cuanta razon tienen sus palabras, cuantos valores afloran en personas anonimas, y cuantos escasean en las publicas. mi total admiracion a vuestras reflexiones, cordial saludo-
6/7/2011 9:52:41 PM
 
  Me gustaría que compartieras tus reflexiones conmigo.  
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