La Argentina cumplió 200 años. ¿Significará esto, en el caso de los países, la mayoría de edad? Y si así fuera, ¿será un país mayor de edad sólo en los documentos o también en los comportamientos de su sociedad, en los proyectos colectivos, en la manera de responder a las preguntas de la vida, en el modo de reconocer e integrar las diferencias hasta hacer de ellas una fortaleza y no una debilidad? Los adultos reales (no sólo cronológicos) aprenden a respetar normas, a reconocer límites, no buscan culpables para las consecuencias de sus propias acciones y decisiones, saben que el mundo no está a su disposición, no viven en el todo o nada, saben perder sin llorar, celebran el éxito legítimo de otros, pueden escuchar a los demás aunque opinen diferente, no creen saberlo todo ni ser los mejores del mundo, planean sus vidas y trabajan para ese proyecto en lugar de dejarlo librado a la suerte o a la improvisación, no esperan que se los trate como seres especiales, saben que no hay derechos sin deberes y cumplen sus deberes antes de reclamar sus derechos, enfrentan las emergencias con serenidad y sin histerias, respetan ritmos y tiempos porque saben esperar, antes que en resultados inmediatos se concentran en procesos y de ellos aprenden. Si una masa crítica de la sociedad argentina se comporta crecientemente de este modo, los 200 años significarán algo más que una fiesta multitudinaria con mucha acrobacia, música, fast food, camisetas, gorros y consignas y los festejos habrán sido un auténtico ritual de pasaje, la celebración de algo nuevo. Si no, cuando pase la resaca y se acallen los lugares comunes que repiten en estos días los políticos oportunistas y los medios y mediáticos de pobre imaginación, nos despertaremos en el mismo lugar de siempre. Sólo que 200 años más viejos. |