Mientras esperamos (ojalá me equivoque) la inevitable foto oportunista de los responsables de El secreto de sus ojos con la Presidenta (cuya verborrea la hizo autoelogiarse en el Día de la Mujer sin decir nada sobre los reales e injustos sufrimientos y muertes de miles de mujeres anónimas), invito a ver La cinta blanca, película del austriaco Michael Haneke, una estremecedora obra maestra que estaba nominada y, por supuesto, no podía ganar. El film, en bello blanco y negro, muestra cómo se gestan los autoritarismos genocidas, de qué manera empiezan a gestarse en los hogares, en la manipulación de los hijos, en la hipocresía social, en los secretos familiares, en el desconocimiento, vaciamiento y torcimiento de la voluntad y de los sentimientos infantiles. Ambientada en una pequeña aldea alemana en 1913, la obra (una narración precisa, seca, impecable en cada rubro) da con el gen que hizo posible el siglo más sangriento de la historia (el veinte) y el que continúa esa línea (el veintiuno). Una obra que hubiese firmado el gran Ingmar Bergman, La cinta blanca debía ganar el premio, pero no podía hacerlo. No es una película para tiempos líquidos, en los que se piden ideas predigeridas, sin metáfora, que tranquilicen, que no dejen interrogantes molestos, que no nos hagan preguntarnos por nuestras zonas oscuras.
El secreto de sus ojos es una película bien hecha, sí, lo es. La cinta blanca es arte puro. Universal. Trascendente. Incómoda. Trágica. Necesaria. |