“El objetivo principal de una facultad de medicina debería ser el de formar médicos afectuosos, honestos y optimistas que fueran intuitivos y sintieran amor y compasión por los seres humanos. Habría que examinar a los estudiantes de medicina sobre estos valores, y a los que no superaran estos exámenes se les debería prohibir practicar la medicina. La mera presencia del médico (cuando responde a aquellas características) puede actuar como un medicamento. El médico, como placebo, puede ser más efectivo que su tratamiento y, además, carente de efectos secundarios”. Las bastardillas entre paréntesis me pertenecen. El resto del párrafo, no. Lo tomo de Los secretos eternos de la salud, un extraordinario libro del médico naturista y ayurvédico alemán Andreas Moritz. Como otros trabajos de Moritz (quien probó en sí mismo todo lo que propone) también éste es una conmovedora, instrumentadora y sanadora celebración de la capacidad del organismo para sanarse a sí mismo, de la búsqueda natural de la salud y el equilibrio que alienta a todo ser vivo y de la sabia ingeniería del cuerpo humano. Moritz suele ser combatido por los fundamentalistas científicos, esos devotos de la estadística, cazadores de síntomas a quienes, a menudo, no les importa el ser humano que los padece ni las razones de los mismos. Ningún laboratorio farmacéutico puede envasar, patentar y producir en serie lo que Moritz propone. Es gratis. Por lo tanto no es negocio. Entonces hay que matar al mensajero de la salud posible. La industria farmacéutica (y sus numerosos cómplices en el mundo médico) no viven de la salud, sino de la enfermedad. La necesitan y a menudo la producen. Pero los secretos eternos de la salud perviven y están al alcance de nuestra sensibilidad, nuestra empatía, nuestro sentido común, y también al de muchos médicos (presiento que cada vez más) que recuerdan el sentido trascendente de su profesión. |