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SERGIO SINAY
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  Un par de pescados  
  por Sergio Sinay  
  (Este relato es uno de los quince que componen el libro Cuentos Machos, de Sergio Sinay.)

Si yo hubiera sabido, quizá hubiera podido hacer algo. Pero juro por mis hijos, que no tuve la menor idea, no lo vi venir. El martes de la semana pasada, sin ir más lejos, jugué al tenis con él, con Ricardo y con Claudio. Como de costumbre, después del juego nos fuimos a cenar y Jorge habló más que nadie. Discutió de política con Claudio, se burló de Ricardo porque Racing había perdido con Independiente y me hizo una apuesta sobre quién había ganado más Oscares, si Robert De Niro o Jack Nicholson. Cuando íbamos por el postre y se acabó el vino, nos llamó maricones a los tres porque no estuvimos de acuerdo con pedir otra botella.

Ese día él estaba sin auto, de manera que lo llevé hasta su casa. Hablamos de tonterías. O quizá no hablamos. Porque yo podía encontrarme con él a tomar un café, no cruzábamos una palabra y estaba todo bien. Si él no preguntaba, yo no preguntaba. Si yo no preguntaba, él no preguntaba. Y estaba todo bien.

Si yo hubiera sabido, quizá esa noche le habría dicho algo, acaso le hubiese preguntado. Pero no tenía la menor sospecha, el menor indicio, nada.

Lo conocí cuando yo tenía quince años y él catorce. El padre de Jorge era dueño de una papelería bastante importante en el centro, cuando el centro era importante, cuando era algo más que una colección de fachadas de bancos que, al menor descuido, quiebran y se desmoronan. Jorge trabajaba ahí, hacía de todo, era cadete, estaba en la caja, ayudaba en los inventarios. Yo entré como cadete. Ascendí rápido a vendedor, me hice amigo de él, éramos los más pendejos. Éramos vírgenes e imberbes entre un ejército de tipos más grandes que nosotros, que, a fuerza de bromas pesadas, consejos útiles y desafíos a veces desmesurados, nos ayudaron a crecer. Bueno, digamos mejor que nos hicieron pegar un estirón en todos los sentidos.

Después todo fue más o menos rápido. Los dos estudiábamos y trabajábamos. Al terminar el secundario él entró en la facultad de Ingeniería y yo seguí en la de Derecho.

Cuando iba por el segundo año, empecé a trabajar como asistente en un estudio jurídico y, más o menos por esa época, murió el padre de Jorge. Él abandonó la facultad y, con la madre y la hermana, se hizo cargo del negocio. Tuvo garra e ingenio, al principio la pasó mal, pero por fin se dio el gusto. Hizo de la papelera una gran empresa. Le cambió la cara, le agregó rubros, la modernizó, se dio cuenta a tiempo de las transformaciones que se avecinaban en el mundo, en los negocios, en la industria y, puro olfato e instinto, creció y creció. La hermana se casó, le vendió su parte del negocio y se fue a vivir a Canadá con el marido. El se casó también, tuvo dos hijos, me nombró padrino del mayor, se mudó a una casa de la gran puta y, hay que decirlo, no se olvidó de los amigos. Siempre nos tuvo en cuenta, siempre promovió encuentros y siempre fue el que más habló. Mientras tanto, yo fundé mi estudio y me va bien, no me quejo.

¿Cómo iba a yo a imaginar, entonces, que podía pasar lo que pasó? Era imposible. Pero no sólo se trata de lo que le ocurrió a él, sino de lo que ahora me está pasando a mí.

Yo sabía algo, lo mínimo que uno, como amigo, puede saber. La profesora de historia no era la primera mina que tenía Jorge. Sin embargo, ¿por qué eso debería haberme llamado la atención? ¿Qué tiene de raro, después de todo, que un tipo de cuarenta y pico, con una familia hecha y derecha, con una posición económica afirmada, con amigos, con relaciones, se tire de cuando en cuando una canita al aire? Jorge no me contaba cada vez que se levantaba una mina, como yo tampoco salgo corriendo a contárselo a él si, de cuando en cuando, me surge un asuntito. No son así las cosas, no son así.

Yo sabía que él se había levantado a la profesora de historia del colegio inglés al que van sus hijos. La conoció la única vez en que, bajo una especie de ultimátum de su esposa, fue a una reunión de padres. Le interesó la mina, la llamó por teléfono al colegio, arregló una cita, ella agarró viaje y todo siguió su curso tal como ocurre en estos casos. No hablábamos de eso cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que si uno se encama con una mujer no hay tanto para contar.

Es ahora, apenas ahora, y puedo jurarlo por mis hijos, cuando yo me entero de que la historia de Jorge con la profesora continuó a lo largo del último año. Recién ahora sé que se encontraban cada miércoles a la noche en el departamento de ella, en Recoleta. Y que la mujer, además, de profesora de historia, es también profesora de teatro. Yo no sabía que muchas veces, cuando decía que viajaba a Mendoza, a Córdoba o a Rosario, a supervisar las sucursales de la papelera, Jorge se quedaba en realidad a dormir con la mina. No lo sabía y no tenía por qué saberlo, era un asunto de él. Si Jorge no me lo contaba, ¿por qué yo se lo iba a preguntar? ¿Quién soy para meterme en sus asuntos?

Las cosas sucedieron así. El miércoles de la semana pasada Jorge se fue de la papelera a las cinco. En la mañana había cargado un bolso con su ropa de tenis en el baúl del coche. Como solía hacerlo con frecuencia los miércoles, dijo que iba a encontrarse con nosotros temprano, para jugar, y que después cenaríamos juntos. Eso es lo que hacemos todos los martes, pero no los miércoles. Pero es cierto que algunos miércoles, antes de encontrarse con la profesora, Jorge iba al club y peloteaba un rato con un profesor de tenis para mantener la forma y mejorar el estilo. Es lo que hizo la semana pasada. Ahora el profesor dice que ese día jugaron sólo media hora porque Jorge se fatigó muy rápido y tenía un poco de taquicardia. Pero siempre es así. Después de que las cosas ocurren todos se acuerdan de detalles significativos. Y si no se acuerdan, los inventan. De ese modo pasan por intuitivos. Si el profesor vio algo, su deber era actuar y, si no, no es un intuitivo, es un pelotudo. Del club Jorge fue al departamento de la profesora. Mientras ella le preparaba una cena especial, como de costumbre, él se tiró a ver televisión. Y comentó que estaba un poco mareado. Ella se preocupó, pero él la tranquilizó rápidamente. Le dijo que había tenido una semana difícil, que había algunos problemas en la papelera, pero que después de descansar un rato todo iba a estar bien. Ella puso un disco de música celta que a él le gustaba y le sirvió un vaso de vino. Entre paréntesis, también es recién ahora cuando yo me entero de que había problemas en la papelera. Parece que quebró un cliente muy grande y que se llevó a la rastra a una larga fila de proveedores, entre ellos a Jorge, que contaba con ese dinero para costear algunos emprendimientos riesgosos en los que se había metido. Jamás hablábamos de esto cuando nos encontrábamos cada semana, ni cuando teníamos alguna charla telefónica rápida. Y estoy seguro de que no me lo contó porque él pensaba que lo iba a solucionar y no quería cargarme a mí con un problema ante el cual, de todos modos, yo podía hacer poco o nada. Y está bien. A mí, en situaciones como esa, tampoco me gusta cargarlo a él con semejante mochila. ¿Con qué derecho lo voy a hacer partícipe de mis problemas, para qué le voy a dificultar la vida con todo lo jodida que es de por sí? Es así de simple y de claro. Es evidente, es obvio, pero no siempre se entiende.

Ese miércoles en la noche, Jorge se tiró en el sillón del living en el departamento de la profesora, se sacó los zapatos, se aflojó la camisa, bebió el vaso de vino, escuchó la música y se quedó dormido. La profesora lo despertó una hora más tarde, cuando estaba listo el conejo al vino que le había preparado. Le preguntó cómo se sentía, él le dijo que mucho mejor, ella le sirvió otra copa y se preparó una más para acompañarlo. Bebieron juntos, se hicieron unos arrumacos, ella le contó los últimos episodios del colegio, planearon un viaje de fin de semana para el próximo mes y después fueron a la mesa. Ella prendió unas velas, apagó las luces y así cenaron. Me cuesta imaginar a Jorge tan romántico. Hasta donde yo sé, era un tipo que no quería mayores enredos con las mujeres. Nunca tuvo una gran pinta, pero siempre fue gracioso, inteligente, con buena labia y, después, a eso le sumó la guita. Era todo lo que necesitaba para levantar las minas que le interesaban, para cojérselas un par de veces y para terminar con ellas rápido y en buenos términos. Pero, de acuerdo con las cosas que ahora me entero, parece que con la profesora resultó diferente. Y me cuesta imaginarlo. Lo cual suma argumentos a mi favor. ¿Cómo podía yo haber sabido?

Después de cenar tomaron champán, ella le preguntó si se quedaría a dormir y él le dijo que esa noche no, porque a la mañana siguiente debía madrugar. Se empezaron a acariciar, fueron a la cama, se desvistieron, se siguieron acariciando, ahora piel contra piel. Parece que él estaba con un poco de tos, pero le dijo a ella que no se preocupara, que no era nada. Después de un rato de caricias y juegos ella se levantó, fue al baño y prometió que no tardaría. Se había olvidado, cosa extraña, de perfumarse el cuello, la base de los pechos y el vientre con la esencia favorita de él. Hizo eso, se arregló un poco el cabello, apagó la luz del baño, volvió al dormitorio y lo que siguió es lo que ahora todos saben y cuentan.

Si no hubiera ocurrido lo que ocurrió, nadie estaría enterado de esta cuestión del perfume en las tetas y en todas las otras partes. Ni del conejo al vino. Ni de la música celta. Yo jamás lo hubiera sabido, como no lo supe, de los labios de Jorge. Como tampoco le habría contado a él detalles tan íntimos y tan reservados de lo que hace una mujer cuando se encama conmigo o de lo que hago yo cuando me la cojo. Y no por eso se resentiría nuestra amistad, para nada. Hasta ahí, y sin saber nada de eso, para mí estaba todo bien con él. Quiero decir que, si hubiese sabido algo, quizás habría podido actuar. ¿Pero cómo saberlo?

Cuando ella volvió a la cama, Jorge estaba de costado, acurrucado, como si tuviera frío, con las manos contra el pecho en actitud de sostener algo, con los ojos cerrados y con la boca abierta. Ella creyó que se había quedado dormido y sintió un poco de lástima, otro poco de ternura y una pizca, o algo más que una pizca, de frustración. Lo miró unos instantes, después se tendió a su lado y empezó a acariciarlo con suavidad. Su mano había recorrido la cintura de Jorge y bajaba hacia la entrepierna, cuando le pareció que la piel de él estaba demasiado fría y demasiado húmeda. Lo sacudió suavemente, llamándolo para despertarlo. Y se dio cuenta de que estaba demasiado rígido.

Fue un infarto masivo. Como no murió en su casa sino en una cama extraña, hubo que llamar a la policía, llevarlo a la morgue y hacerle una autopsia. Así se supo que tenía las coronarias tapadas y que, si bien su muerte ocurrió en un segundo, ese final se había venido cocinando durante largo tiempo de tabaco, de malas comidas, de carreras ininterrumpidas, de broncas masticadas en silencio, de miedos, de dolores tragados y de síntomas que jamás fueron tomados en cuenta. El forense lo explicó así para que todos lo entendiéramos bien. Dijo: Este hombre estaba muerto hace rato, sólo que no se había enterado.

Y si no lo sabía él, ¿cómo podía haberlo sabido yo? Lo que sé de aquella noche es el relato exacto y fiel de la profesora. Pero no me lo contó a mí, en realidad yo no la conozco, no la vi jamás. Ella se lo contó a la mujer de Jorge. Salvo ese día, la única vez en que Jorge fue a la reunión de padres, la que iba siempre era Alicia, de modo que ellas se conocían. La profesora no tuvo más remedio que blanquear todo. Lo hizo después del entierro, en la casa de Jorge. Parece que al principio Alicia la quería matar, después empezó a preguntar, necesitaba saber todo. Desde cuando duraba la historia, cómo había empezado, qué hacían cuando estaban juntos, qué cosas hacía Jorge con la profesora que no hacía con ella, qué cosas le contaba a la amante. La profesora le contó todo, con detalles y con emoción, y eso fue tranquilizando a Alicia. Por la profesora, Alicia se enteró de que Jorge a veces soñaba con una vida diferente, de menos responsabilidades, con más libertad, más viajes, menos preocupaciones. La profesora le dijo lo que cualquiera de nosotros sabía, es decir que Jorge quería y respetaba a Alicia y que jamás le hubiera hecho daño. Pero no la amaba. Alicia le dijo a la profesora que ella sabía que Jorge no la amaba y que sospechaba que tenía sus escapaditas, pero que a ella no le preocupaban si eso servía para sacarle a él preocupaciones de la cabeza. Lo que sí le dolió a Alicia fue la posibilidad de que Jorge amara de veras a la profesora. La profesora le dijo que, alguna vez, él le confesó que podría enamorarse de ella y que podría proponerle que vivieran juntos, pero después de que los chicos cumplieran dieciocho años. El creía que antes de esa edad no podía desentenderse de sus hijos.

Pero por lo que veo ahora, su relación con los chicos no andaba bien. El hijo más grande, Gabriel, de dieciséis años, no le dirigía la palabra desde hacía un par de meses. Jorge tenía tremendas discusiones con Gabriel. El hijo decía que cuando terminara quinto año se dedicaría a la música o a recorrer América trabajando de cualquier cosa. Esto desesperaba a Jorge. Veía que, por ese camino, la papelera no tendría futuro y se preguntaba para qué había hecho él tanto esfuerzo para sostenerla. Por otra parte, ¿iba a tener un hijo hippie? ¿Él? ¿A esta altura de la historia? Un hijo al que no le interesaba ni el tenis ni los negocios, ni, a juzgar por su parquedad respecto de su vida afectiva, las mujeres. Cada vez que intentaba ponerle límites o un freno, el muchacho reaccionaba con desafíos y reproches. Según Gabriel, a Jorge sólo le importaba la papelera, pero jamás se preocupaba de verdad por la vida del hijo. No le dedicaba ni tiempo, ni atención, ni preguntas, ni consejos. Y así, después de una pelotera fenomenal, durante la cual ambos se putearon y pegaron puñetazos en la mesa, Gabriel evitó quedarse en la casa durante los horarios en que Jorge estaba, y no le volvió a hablar. El hijo menor, Daniel, de trece años, sólo conversaba con la madre, era cómplice de ella en todo y sólo buscaba al padre para pedirle dinero. Parece que, después de alguna pelea con Gabriel y de una invitación a Daniel para ir juntos al cine, que el chico rechazó con indiferencia, Jorge se tiró a dormir la siesta y Alicia lo encontró llorando en la cama.

Alicia le contó esto a Marcela, mi mujer. Más aún, creo que un día de esta semana se reunieron a tomar café Alicia, Marcela y la profesora. Tras el primer momento de bronca, de celos, y de resentimiento, Alicia pudo empezar a escuchar a la profesora, se reunieron otra vez, tuvieron una conversación larga, confidencial, que excedió el simple tema de Jorge y se extendió a cuestiones que ellas tienen en común. Frustraciones, deseos, esperanzas, experiencias, amigos. Así es como en estos días, al calor de los acontecimientos, empezaron a tejer un vínculo de cierta confianza, comprensión y cariño. Y Marcela se sumó a ellas. Alicia y Marcela se conocieron gracias a Jorge y a mí, cuando eran nuestras novias. Marcela está siempre muy cerca de Alicia. Gracias a esto es que yo estoy como estoy.

Anteanoche, después de que nuestros hijos se fueran a dormir, y mientras tomábamos un té digestivo en la sala, Marcela me preguntó si de veras yo no sabía nada sobre la historia de Jorge y la profesora. Le dije que no. Me respondió que no me creía. Le dije que se lo juraba por los chicos. Me gritó que no fuera cínico, que no metiera a nuestros hijos en esto. Me cuesta creer que no lo supieras, insistió. No lo sabía, Marce, no tenía por qué saberlo. ¿Cómo que no, se encrespó, no eran amigos acaso? ¿Qué clase de amigos eran? ¿Se conocían desde hacía mil años y no sabías esto? Vos lo sabías y lo cubrías. Porque ustedes son así, y estoy segura de que él sabía y tapaba un montón de cosas tuyas que ahora se llevó a la tumba y ojalá, lo digo sin malas intenciones, se le atraganten para siempre.

Mientras el té se enfriaba en mi taza, yo me decía que acababa de quedarme dormido y de empezar a soñar una pesadilla. Es eso, me repetía, un mal sueño, estoy cansado, son días bravos, pero ya voy a despertar, tranquilo, ya voy a despertar. Sin embargo, la voz de mi mujer sonaba demasiado real, aumentaba su volumen, se hacía más aguda, hería mis oídos. ¿Me vas a decir que tampoco sabías que su negocio se estaba yendo a pique? ¿Tampoco sabías que su relación con sus hijos era un desastre, que casi no lo reconocían ni admitían como padre? La miré. Estaba sentada en el borde del sofá. La veía alterada, noté las venas de su cuello mientras me gritaba, vi sus manos que se agitaban ante mí. Había arrugas en esas manos y en ese cuello, que yo no había notado. La vi fea, vieja, descompuesta, agriada, y me pregunté en qué momento se había puesto así. ¿Había ocurrido delante de mis ojos, mientras estábamos juntos, durante todos estos años?

Ella seguía gritando, alterada. ¿Y ustedes se llamaban amigos? ¿Qué clase de amigos? Ustedes eran dos pescados, y que me perdone Jorge que está muerto. Pero a vos no te pido perdón, a vos directamente no te entiendo.¿Cómo se puede ser tan insensible? ¿De veras no lo sabías? No me mientas, no me mientas más, porque esto es muy grave, aquí se está jugando mucho. ¿No lo sabías? Suspiré, junté todo el aire que pude y respondí. No, Marce, no lo sabía, no me hinchés más las pelotas. Yo era su amigo, no su psicólogo. Era su amigo y lo quería mucho. Estoy hecho bolsa, respetame. Los amigos no llenamos el uno al otro de problemas, no nos andamos contando cualquier boludez, nos respetamos. Respetame vos, por favor, entendé mi momento.

Marcela dijo que entendía mi momento, pero que yo debía entender el suyo. Dijo que esta situación no hacía más que confirmar muchos de sus temores. Me explicó que desde hacía mucho ella se venía preguntando si quería seguir con esta relación de esta manera. Y ahora se daba cuenta de que quizá no quería. Siento que te perdí la poca confianza que me quedaba. Dijo esto con voz baja y grave y con lágrimas en los ojos. Si sabías todo esto y fuiste cómplice de Jorge, no puedo confiar en vos. Y si no lo sabías a pesar de ser su mejor amigo, tampoco puedo confiar. ¿Con qué clase de hombre estoy en ese caso? Quizá debamos separarnos. No sé si del todo o por un tiempo. Te pediría que te tomes unos días, busques un lugar y te vayas de casa.

Todavía no pude empezar a buscar ese lugar. Hoy Marcela me preguntó si ya lo había encontrado. Quizá si Jorge estuviera vivo podría tirarme una punta, orientarme. Pero no está. Y, en verdad, lo extraño. Por momentos tengo muchas ganas de llorar. Me imagino la vida sin Jorge, sin mi casa, sin mis hijos y siento una cosa fea en la boca del estómago. Quizá deba ver a un médico. Quizá así empezó él. Yo no sabía, aunque Marcela no lo crea. Para mí estaba todo bien. Y estaba todo bien. ¿Si lo hubiera sabido, habría cambiado algo? ¿Si lo hubiera sabido sería distinta mi vida en este momento?
 
     
     
   
  angela dijo...
El cuento me pareciò sencillo....Tan sencillo que pudo, con habilidad incorporar varios temas...el engaño, la incomprensiòn, la soledad.....Maravilloso.
5/7/2010 9:07:51 AM
 
  Ezequiel dijo...
Yo reconocí a mi viejo en Jorge. De hecho, se llaman igual. No sé cómo está: hace un año que no nos hablamos. Motivo? El mismo que el de la pelea de Jorge con su hijo: en el cuento, Gabriel eligió cosas diferentes a las que su viejo planeó para él. Y no se lo bancó; por eso se fue. Que triste que esta sea la historia de tantos padres e hijos, al menos, en mi experiencia propia, y la que veo de mis amigos con sus viejos. Igual, a los amigos hay que contarles las cosas que nos pasan. Para eso están los amigos: para compartir, las alegrías y las cargas. Es lo que hace que la vida... no sea tan árida... Gracias.
1/28/2010 4:42:45 PM
 
  amalia beatriz diakow dijo...
somos un baul de curiosas similitudes, es increible, me senti tan identificada con marcela, y con alicia, una reprocha una mala reaccion no hablarlo todo, no exponernos tan cual somos,y la otra descubrir tan penosa realidad y consolarse pensando que algo sabia, y tampoco hizo algo.....igual que jorge..... hagamos algo por nosotros mismos miremonos al espejo y seamos capaces de reconocernos tal cual somos para brindarnos al otro con total sinceridad, con lo bueno y lo malo de cada uno, con el respeto que se merece el verbo amar. Bueno, buenisimo gracias
1/5/2010 12:26:07 PM
 
  Gerardo dijo...
Eres excelente, disfruto mucho todo lo que he podido leer de tí, me gusta como escribes, que seas directo, claro, humano, sensible,agresivo, reflexivo, sorprendente,etc. siempre que termino de leer algo tuyo me quedo extasiado, porque con todo lo que conjugas me haces disfrutar la belleza de la escritura y experimento un alimento profundo en mi persona. GRACIAS POR EXISTIR PERSONAS COMO USTED. Gerardo Rangel García
12/23/2009 1:19:19 AM
 
  alejandra marzo dijo...
Fantastico! La diferentes realidades! excelente
12/3/2009 11:59:50 AM
 
  alejandra marzo dijo...
Exelente! La realidad nuestra, es diametralmente opuesta a la de Uds, imperdible
12/3/2009 11:58:54 AM
 
  Exequiel dijo...
Claro que las cosas hubieran sido distintas.! Contestando la pregunta final del cuento. No es bueno callarse todo, no es bueno hablar de todo. Ya sería tiempo de ser humildes, y hablar de los problemas que tenemos. Creo que la vida tiene un sentido. Lo digo por que el cuento me dejo una grande sensación de sin sentido. Nuestro animo por mejorar nuestro ambiente no debería decaer.
11/20/2009 10:02:51 AM
 
  jorge carrion dijo...
me ha sido imposible terminar la narracion. motivo? la rayante persecucion a mis pupilas del debenir constante de los libros parpadeantes de la izquierda. sugerencia al diseñador de la pagina web. hacer una cascada permanente de tus obras. no distraera la lectura y cuando queramos seleccioar un libro, cliquaremos. a veces lo mas simple es lo mas obvio. espero cambio de formato, un abrazo (posdata) tu pagina te lo agredecera.
11/5/2009 1:43:32 PM
 
  Carlos dijo...
Empecé leyendo el cuento casi por obligación, porque quería explorar la página y no pude detenerme hasta el final. Somos tan distintos los hombres de las mujeres? Me parece totalmente razonable la relación de los dos hombres, casi me recuerda a la mía con varios de mis amigos: te inventan un viaje, una reunión, hasta una abducción marciana, Y vos no es que les creas, pero tampoco lo invadís, respetás que te cuente lo que te quiera contar y listo. No creo que las mujeres entiendan esto. Ya fue demasiado largo para un comentario. Gracias
10/19/2009 8:59:47 PM
 
  alejandra dijo...
¿Cómo se puede querer y respetar si se engaña? La mentira lastima.
10/1/2009 9:44:49 PM
 
  Me gustaría que compartieras tus reflexiones conmigo.  
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