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SERGIO SINAY
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  No es el cambio de sexo, sino de política  
  por Sergio Sinay  
 

(Para LA NACION, publicado el 2 de agosto de 2007 en la edición impresa)

Se puede cambiar de sexo sin cambiar de género. Esto vale para las transmutaciones físicas y sus correspondencias psíquicas, y también para la política.
 
La cuestión viene al caso a partir de una pregunta que se ha instalado en las últimas semanas en variados espacios de reflexión y discusión. ¿Estamos preparados para que nos gobierne una mujer? El interrogante no deja de ser curioso y parece partir de una idea según la cual un país necesita preparación especial para ser conducido por una mujer, como si se tratara de un hecho contra natura.
 
Podría aventurarse que si una sociedad se hace esta pregunta es porque, en el fondo, no está preparada. Da la impresión de que todavía, según sus creencias, la política es cosa de hombres, como la guerra o los negocios, mientras la crianza, las tareas domésticas y la docencia son especialidades femeninas. Por supuesto, estos paradigmas siempre pueden maquillarse para que no se expresen de un modo muy evidente.
 
Justamente las diferencias de género así entendidas han hecho con frecuencia que la política, administrada por los hombres, sea un escenario de luchas impiadosas por el poder, de ejercicio cruel de la verticalidad, de insensibilidad ante los problemas sociales reales y constantes, de desentendimiento por el cuidado del medio ambiente (cuidar o nutrir son verbos “femeninos”), de inclinación hacia el conflicto por sobre el consenso y de mayores presupuestos dedicados a las armas que a la educación o a la salud.
 
En la política con sello masculino el verbo perder está erradicado y ganar es lo que único que vale (a menudo sin que importe cómo). La política, así, es menos un espacio solidario y de cooperación que un campo de competición y de batalla.
 
Las guerras, la corrupción, los estragos ecológicos y climáticos tienen más relación de lo que se advierte o reconoce con un modelo masculino de hacer política (prevaleciente y hegemónico, pero no único y excluyente). Por supuesto, hay excepciones como Gandhi, Mandela, Rabin, Luther King. Y, a la inversa, hay singularidades también femeninas, como Thatcher, Condoleezza Rice o Madeleine Albright.
 
¿Qué significa estar preparados para que nos gobierne una mujer? ¿Acaso la sola presencia de una mujer garantiza un modelo no autoritario de hacer política, un respeto del disenso y una búsqueda de la mediación por sobre la descalificación del que piensa diferente, propone la adopción de fuertes iniciativas y acciones destinadas a priorizar las dolorosas y acuciantes cuestiones sociales postergadas y manoseadas, trae una horizontalidad y una circularidad integradoras en lugar de un verticalismo ciego y obsecuente, instala la sinceridad en la comunicación en lugar de la manipulación informativa, anuncia un cuidado por el entorno en el que vivimos y al que pertenecemos, impulsa un reconocimiento de las leyes, las normas y el respeto como forma de convivencia, trae la buena nueva de que la educación será un espacio respetado e innegociable de la sociedad y no una proveeduría de merchandising electoral, honrará a las instituciones republicanas como herramientas básicas de un proyecto común antes que denigrarlas como obstáculos para las ambiciones sectoriales, generará solidaridad y cooperación en torno de una visión compartida de sociedad en lugar de crear fortalezas acorazadas para el desarrollo de propósitos excluyentes y egoístas?
 
Si las respuestas a estas preguntas fueran afirmativas, correríamos el riesgo de caer en una actitud sexista, en una suerte de determinismo biológico. Casi estaríamos diciendo que la biología puede cambiar la política y estaríamos reduciendo esta noble e imprescindible actividad humana a una simple cuestión de hormonas.
 
La filósofa Sylviane Agacinski, de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, dice en su libro Política de sexos que “el hombre y la mujer son dos caras de lo humano” y que “la política es el medio para resolver juntos los problemas antes que acallarlos”. Se pregunta Agacinski: “¿Cuál es la diferencia de sexo que fundamenta una diferencia de género, a tal punto que en ninguna cultura nunca se confunde lo masculino con lo femenino?”.
 
Esta es la gran pregunta en la situación política argentina de hoy. Sin poner claridad en este punto, el cambio de género nada significa. Si una candidata a gobernante hiciera una amalgama nutricia, creativa y transformadora de sexo y género, cabría escuchar de ella ideas y propuestas acerca de cuestiones sensibles para las mujeres y trascendentes para la sociedad. Por ejemplo, sobre el aborto (una tragedia que cuesta la vida a miles de mujeres cada año); o sobre las sensibles desventajas salariales y laborales que afectan a las mujeres; o sobre el techo de cristal, un fenómeno que pone un límite a su protagonismo político, económico, profesional y cultural; o sobre la denigración soez, serial e impune que la televisión hace de la mujer; o sobre la prostitución, verdadera esclavitud del siglo XXI, que en el país adquiere una presencia y un poderío económico y político repugnantes; o sobre la violación y el abuso de menores, que Médicos Sin Fronteras ya considera epidemias mundiales de este siglo y en el país lo son sin duda; o sobre la violencia doméstica, una guerra injusta, sorda, cotidiana, que se extiende a todos los niveles sociales y económicos y deja un tendal de víctimas anónimas.
 
Una mujer que no tenga nada para decir y proponer sobre todo esto, y que en caso de tenerlo no lo diga claramente, que no hable, que no tenga un discurso en el que vibre lo más profundo de la energía de su género, no hará grandes cambios respecto de sus predecesores varones. No importa que una mujer se vista en los centros comerciales más caros de Madrid, París o Nueva York si cuando se desempeña en política (y en funciones gobernantes) replica los peores y más tradicionales hábitos del machismo. Si una mujer accede a los espacios políticos decisivos sólo a partir de la venia de un varón, tampoco cambiará demasiado.
Quienes, desde las trincheras del machismo, teman que la presencia de una mujer en la conducción del país signifique el ocaso de ciertas tradiciones y el fin de la testosterona como símbolo de poder, no deberían asustarse demasiado en un hipotético caso como el mencionado.
 
Queda dicho, cambio de sexo no es cambio de género. Las transformaciones serán sólo cosméticas. Más tendrán para perder los hombres y mujeres que, como Agacinski, creen (creemos) que se trata de explorar juntos las diferencias “aceptarlas y defender el valor de la heterogeneidad de lo mixto”.
 
La periodista española Soledad Gallego Díaz apuntaba a lo mismo en una columna de El País, de Madrid (2 de abril de 2006): “No hay nada más tonto que muchas mujeres que ocupan cargos de relevancia política, económica o profesional preocupadas porque no se les note que son mujeres. Ya es hora de precisamente lo contrario”.
 
Lo contrario sería romper el modelo de mujer que simplemente se propone agradar a los hombres desde la apariencia o, cuando mucho, apenas imitarlos. Sólo si eso ocurre sabremos si estamos preparados para que nos gobierne una mujer. Hasta entonces ningún cambio empezará. 
 
     
     
   
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