(Para LA NACION, publicado el 14 de setiembre de 2007 en la edición impresa)
Cuando un país crece a un ritmo del 9 por ciento anual, año tras año, sus habitantes deberían ser personas satisfechas, felices y hasta orgullosas. Sería lógico que se comportaran como partes de un proyecto común. Más aún si algún ministro, achispado por la euforia, les anunciara que están a las puertas del Paraíso.
¿Es ése, entonces, el tan buscado y elusivo secreto de la felicidad? ¿La respuesta a la gran pregunta está en el crecimiento económico? Cuesta entender, si es así, por qué la venta de psicofármacos (ansiolíticos, sedantes, antidepresivos) crece a razón del 15 por ciento anual y su consumo alcanza niveles de epidemia y adicción. Tampoco es fácil encontrar la razón del mal humor ciudadano, fácilmente palpable en las discusiones e imprecaciones callejeras, en las peleas y agresiones que se dan en comercios, oficinas, calles, estacionamientos, relaciones interpersonales, transporte público.
Resulta difícil explicar la razón de las constantes transgresiones a las normas y reglas de la convivencia, o descubrir el porqué del obsesivo empeño en destruir, ensuciar y deteriorar los espacios públicos y comunes, o desentrañar el motivo de las conductas criminales al conducir vehículos, el maltrato de palabra y de actitudes hacia el otro, hacia el semejante, que es el pan de cada día en las interacciones sociales, y que se traduce frecuentemente en violencia (en colegios, estadios, plazas, parques, locales nocturnos). No se comprende, en fin, la dicotomía entre crecimiento económico y malestar social.
Françoise Burguignon, economista jefe del Banco Mundial, confesó ante Moisés Naim, director de la revista Foreign Policy, que “en realidad los especialistas desconocemos las verdaderas causas del crecimiento económico” (El País, Madrid, 21 de febrero de 2006). Cabría preguntarse (más allá de la euforia de algún presidente y sus funcionarios) si, además de desconocer las causas, tienen alguna peregrina idea acerca de la finalidad de ese crecimiento. Porque si no la tienen, el crecimiento, aunque nos aturdan con un despliegue de cifras y gráficos, se habrá convertido en un fin en sí mismo. Y es mala cosa cuando un medio se convierte en fin, porque entonces ocurre que tal fin empieza a justificar los medios.
Y a imponerse como verdad revelada, como dogma. Quien lo cuestione será un hereje, merecerá ser silenciado, ninguneado, descalificado. Quedará fuera del “Paraíso” prometido.
“Estamos narcotizados con el crecimiento económico de los últimos años, me parece que eso no nos deja ver los problemas de fondo y no somos inmunes a una próxima crisis”, advertía no hace mucho con lucidez Fernando Fragueiro, director de la Escuela de Negocios de la Universidad Austral (LA NACION, 19 de agosto de 2007, entrevista de Carmen María Ramos). Es que hay una pregunta para la cual el crecimiento económico carece de respuesta por sí solo. Cuando ya tenemos con qué y de qué vivir, cuando económica y materialmente empezamos a estar sustentados, surge el interrogante inexorable: ¿para qué vivir? ¿Cuál es el sentido de la existencia?
En un artículo escrito en 1958 (El hombre no percibe su ser como algo propio), Erich Fromm, uno de los grandes pensadores humanistas del siglo XX, decía: “La producción de cosas se ha convertido en el único objetivo importante, en detrimento de otros ideales, como el pleno desarrollo de la personalidad, el pleno desplegarse del hombre”. Y agregaba: “El culto a las cosas, el culto a los productos en nada difiere de la idolatría que describen los profetas y los dioses, los ídolos que tienen ojos y no pueden ver, tienen manos y no pueden tocar”.
Esa idolatría, efecto del narcótico economicista, nos ciega. Entonces parece no importar demasiado que el crecimiento económico vaya acompañado de corrupción, de autoritarismo, de desprecio por lo institucional y lo constitucional (que son pilares esenciales para la construcción de una visión común, de una convivencia trascendente, alimentada de la diversidad). Lo que de veras cuenta es que no falte el narcótico, que no decaiga la idolatría. Que siga el baile.
La música de esa danza es la de la angustia existencial. Carl Jung, otro extraordinario explorador de lo humano, decía en El hombre moderno en busca de su alma: “Un tercio de mis pacientes no padece de una neurosis clínicamente definible. Más bien sufre por la insensatez y la futilidad de su vida. Esta es la neurosis general de nuestros tiempos”. En la misma línea, la alemana Elisabeth Lukas, discípula dilecta del existencialista Víktor Frankl, señala (en Paz vital, plenitud y placer de vivir): “Huyendo del vacío existencial muchos se precipitan a la riqueza material y al placer a corto plazo y caen en una continua frustración a largo plazo”.
Se puede crecer a ritmo asiático, se pueden tocar clarines y golpearse el pecho por ello, se pueden desplegar plumas de pavo real. Se puede (ya en el orden personal) acelerar hacia el placer a corto plazo, hacia la abundancia material, dejando de ver lo obvio (el deterioro endémico de los vínculos humanos, el vacío esencial de una existencia basada sólo en lo aparente). Sin embargo, las preguntas seguirán allí, insobornables, eternas: ¿para qué crecer? ¿Para qué vivir? ¿Cómo complementar el crecimiento con la calidad emocional y espiritual de la vida que vivimos? En ese punto viene a la memoria la legendaria y efectista frase de Bill Clinton en su camino hacia la presidencia de los EE.UU. Y quizás, hoy y aquí, haya que formularla de una manera diferente y opuesta. La frase de hoy dice: “No es la economía, es la ética, es la moral, estúpido”.
Es que el ilusionismo economicista hace olvidar que ética, moral y espiritualidad son vertientes que dan trascendencia, plenitud y sentido a la existencia. Despojados de convicciones éticas y valores morales, todos los éxitos económicos son burbujas pasajeras que, al estallar, dejan decepción, devastación, desesperanza.
Con esas convicciones y valores como vectores, las comunidades humanas ven florecer lo mejor de sus integrantes, trascienden, mejoran el mundo, lo hacen confiable y habitable. Forjan para la existencia un sentido que va más allá de comer, dormir, hacer y tener. La ética permite diferenciar el bien del mal y la moral, lo bueno de lo malo.
Mucho se puede discutir acerca del bien y del mal, pero en algo coinciden todos los sistemas éticos: matar, robar o violar, entre otras cosas, está mal. No da lo mismo hacerlo que no hacerlo. La corrupción, la indiferencia hacia el otro, la trasgresión de normas y leyes, el conseguir los medios por cualquier fin, la destrucción de lo que es común, el abandono del semejante o la intolerancia extrema van contra los principios éticos y son actos inmorales.
Narcotizados por el crecimiento económico creemos que esto no tiene importancia, que es una cuestión menor o, simplemente, no tenemos tiempo para ocuparnos de ello. Pero en estos planos se juega la respuesta a la gran pregunta. Nuestras elecciones privadas y públicas mucho tienen que ver con la respuesta. Podemos elegir olvidándonos de la ética y la moral, guardándolas en el placard, o sacarlas y honrarlas. Y así serán los resultados y así viviremos.