Ya Mark Twain (1835-1910), incansable aventurero, filoso pensador y extraordinario narrador (Las aventuras de Hucklberry Finn, Tom Sawyer, El forastero misterioso) había manifestado, al calor de varias desgracias que le acontecieron, su desencanto por el hecho de que el mejor tramo de nuestra vida fuera el inicial y que lo peor viniera el final. Basándose en ese pensamiento, otro gran cuentista y novelista, Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), autor de El gran Gatsby y Tierna es la noche, escribió en 1922 un memorable relato: El extraño caso de Benjamin Button. La película reciente que lleva ese título no honra, en mi opinión, el espíritu de aquel texto que Fitzgerald incluyó en Cuentos de la era del jazz.
El relato mantiene un tono irónico, es curioso seguir las peripecias del protagonista narradas en retroceso. Desde la mirada de Button, asistimos a los cáusticos comentarios que Fitzgerald formula sobre costumbres y hábitos sociales, sobre la fragilidad y la frivolidad de muchos vínculos, sobre la vanidad de creernos dueños del tiempo o de los acontecimientos. En el párrafo final se cuenta la muerte del Benjamín Button, que no se debe, obviamente, ni a la vejez ni a las enfermedades, sino…al nacimiento. Eso diría su acta defunción, de existir. Causa de muerte: nacimiento. En este caso se trata de una manera distinta que adquiere la misma imposibilidad, la de detener el tiempo. Escribe Fitzgerald: “No se acordaba de nada. No recordaba con claridad si la leche de su última comida estaba templada o fría; ni el paso de los días…(…)Luego fue todo oscuridad, y su blanca cuna y los rostros confusos que se movían por encima de él, y el tibio y dulce aroma de la leche acabaron de desvanecerse”.
Si pusiéramos al revés la cinta del tiempo, como imaginaron Twain y Fitzgerald, no cambiaría lo esencial. En un sentido u otro, el tiempo es un condicionante de nuestra existencia: marca nuestra finitud. Las cosas no son mejores o peores por encontrarse al principio o al final, sino por su significado en el desarrollo de una vida con sentido. Hay infancias terribles (surcadas por la violencia, la descalificación, el maltrato, el abuso, la exigencia extrema, el desamor) que se abandonan con alivio, y hay vejeces gloriosas que se reciben y viven con dignidad, con fecundidad, con serenidad y satisfacción. Algunos seres resilientes (con capacidad para recuperarse de golpes tremendos y encontrar un destino honroso) pueden trascender a aquellas infancias. Y quienes llegan íntegros a su vejez no lo hacen por casualidad; han construido una vida con base en propósito y valores. Se han vinculado con los otros de un modo real y significativo, han estado en el mundo, no se limitaron a pasar por él.
Por donde sea que empecemos nuestra vida, a medida que ésta transcurre siempre estaremos más cerca del final que del principio. Esto no es opinable, es cosa juzgada. De manera que queda abocarse a la cuestión esencial: cómo vivir, cómo ordenar las prioridades existenciales, centrarnos en lo importante antes que enredarnos en lo urgente, detenernos en el registro de los otros, tejer con ellos relaciones que los mejoren y nos mejoren. Encontrar, en fin, la razón por la cual esta vida que vivimos mereció ser transitada. La razón existe y parte central de la tarea de vivir es encontrarla. Por fin, digamos que hay un orden en el ser de las cosas. Quienes mueren en la vejez después de haber vivido realmente, tienen y legan memoria. El agonizante bebé Benjamín Button, nos cuenta Francis Scott Fitzgerald. “no se acordaba de nada”. Los bebés no tienen vivencias que hagan memoria. Nacemos niños y morimos viejos para construirla. De cada uno depende que la propia sea digna.