Me invitan a que imagine el país en el que quiero vivir. Con esta consigna me sumo, entonces, al festejo por el aniversario 111 de El Liberal, el primer diario que leí en mi vida, en mi casa de la infancia, en La Banda. Quizás sin saberlo, sin tenerlo conciente, en aquella época soñaba para el futuro lo mismo que hoy. Aquel niño, como todos, soñaba seguramente vivir entre amigos, ser respetado, habitar un ámbito en el cual se lo estimulara a expresar lo que mejor sabía hacer. Soñaba vivir en un ámbito seguro, protegido por quienes debían hacerlo, soñaba estudiar lo que le gustaba y poder ponerlo en práctica (curiosamente, yo decía entonces que me gustaría ser capitán de barco). Quizás, en definitiva, eran sueños de convivencia.
Hoy, en mi adultez, ese sueño sigue siendo una asignatura pendiente. Han pasado muchos años desde entonces y convivir aparece, en la Argentina, como una quimera, una utopía a perseguir, una imposibilidad cotidiana. Convivir, dice el diccionario de la Real Academia y enfatiza el diccionario del uso del español que debemos a María Moliner, es vivir con otro en la misma época y en el mismo lugar. Moliner le agrega palabras conexas: conversar, tolerar, coexistir. Yo sumo éstas: asociar, aceptar, aunar, compatibilizar, integrar.
Ése es el país en el que quiero vivir. Una nación de convivientes, de personas que aprenden, en el quehacer cotidiano, a armonizar sus diferencias, a generar proyectos comunes, a fecundar visiones compartidas. Un país de convivientes es una sociedad de personas que trascienden la mera vida vegetativa, que hacen de sus tareas algo más que la simple acumulación de rentabilidades o de poder, que celebran la diversidad. Es un espacio común en el que cada quien comprende que el otro (el semejante, el prójimo, el vecino y el distante) son todos necesarios para la propia existencia. Que es el otro, al mirarme, al nombrarme, al registrarme, al escucharme, quien da realidad a mi identidad. Y que eso ocurre cuando, a mi vez, soy el otro del otro. Un país de convivientes es aquel en el cual el otro es un fin en sí mismo (imperativo moral que proponía Kant) y no un instrumento manipulable o un obstáculo descartable. En un país así, las personas realizan sus potencialidades y descubren, en ese proceso, el sentido de sus vidas.
Pero, en cambio, habitamos un país de sobrevivientes. Vuelvo a mis diccionarios de cabecera. Sobreviviente es quien sigue vivo después de la muerte de otros o después de determinados sucesos o fechas. Si el objetivo de los convivientes es trascender, elevar sus vidas a través del sentido de cada una de ellas, el de los sobrevivientes es, simplemente, mantener activas sus funciones vegetativas: comer, respirar, reproducirse, en un ciclo sin fin. Para esto, a menudo el sobreviviente se desentiende de la suerte de los demás, prioriza sus urgencias o sus deseos, se vale de sus semejantes si eso garantiza su supervivencia, posterga u olvida los valores de la convivencia, usa en beneficio propio lo que es de todos, y, por fin, aunque logre su objetivo, termina por transitar una existencia vacía de sentido y trascendencia.
El conviviente se siente y se sabe parte de un todo que lo contiene y que es más que la suma de sus partes. Es una ola que se siente mar y, por lo tanto, sabe que está presente en todas las demás olas como ellas en él. El sobreviviente sólo se ve a sí mismo, no tiene conciencia de ser parte, es una ola que se agota en sí misma, angustiada por la brevedad de su recorrido, y se desentiende del mar. Aunque millones de otras olas lo rodeen, está solo, su alma está sola. Se puede convivir o sobrevivir en la política, en los negocios, en la familia, en la pareja, en la vida social, en la escuela, en el deporte, en todos los ámbitos de la existencia humana. Y es siempre una cuestión de elección, no de azar.
Me gustaría, entonces, vivir en un país de convivientes. Aunque muchas personas vean una fortaleza en nuestra capacidad de sobrevivir, de superar crisis tras crisis, no le encuentro el mérito a tal cosa. Si hemos hecho de la supervivencia una especialidad es porque somos ignorantes en el arte de convivir. Esa es una de las peores ignorancias. Ojalá aprendiéramos a desterrarla.