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Cuando la vida es zapping |
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por Sergio Sinay |
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La polenta se cocina en un minuto. En las librerías se nos ofrecen títulos como Kant en 90 minutos, oHegel en 90 minutos, o Einstein en 90 minutos. Hay créditos instantáneos, como el café, o el té con limón. Ya casi nadie espera cartas (esas que, en las buenas épocas del correo, tardaban tres o cuatro días en atravesar el país) y casi todos desesperamos cuando la respuesta a nuestro mensaje electrónico no es inmediata. No terminamos de pagar el auto, el televisor o la computadora que habíamos deseado tener, cuando lo entregamos en parte de pago y vamos por el próximo modelo, el de última generación. ¿O acaso cuando esté en nuestras manos ya será de penúltima? Carl Honoré (ver recuadro), periodista canadiense que vive en Londres, publicó recientemente Elogio de la lentitud, un libro que no tardó en dar una triunfante vuelta al mundo para llegar ahora a Buenos Aires. Comienza con esta pregunta: “¿Qué es lo primero que hace usted al levantarse por la mañana? ¿Descorrer las cortinas? ¿Darse vuelta para apretarse contra su pareja o abrazar la almohada? ¿Saltar de la cama y hacer diez flexiones para que circule la sangre? No, lo primero que hace usted, como todo el mundo, es consultar la hora”.
¿De qué tiempo disponemos antes de echar a rodar el día? Siempre será poco. Y resultará más escaso aún a lo largo de la jornada. De manera que es necesario ganarlo, ahorrarlo, no perderlo. “El tiempo se ha transformado en la mercancía más valiosa del momento” afirmaba ya en 1989 el famoso encuestador Louis Harris, en la revista Time. Así, para el matemático polaco Alfred Korzybski, fundador del Instituto de Semántica General de Chicago, “el homo sapiens es el único animal tiempo-dependiente”.
La primera consecuencia de esto puede rastrearse al volver al primer párrafo de esta nota (aunque se pueda vivir esa relectura como una “pérdida” de tiempo). De lo que se habla allí es de la supresión de los procesos. La instantaneidad nos promete que no habrá que esperar. La respuesta inmediata nos exime del ejercicio de la paciencia (que para las culturas milenarias es siempre una virtud, estrechamente ligada a la sabiduría). Cuando saltamos ansiosamente hacia el artefacto de última generación, terminamos por no conocer cuál es la vida útil del que desechamos.
La fuga hacia adelante
Una curiosa característica de la sociedad contemporánea es que la mayoría de los bienes (muebles o inmuebles) pueden ser útiles durante mucho más tiempo del que los usamos. No los cambiamos ni nos desprendemos de ellos porque dejaron de prestarnos servicio, sino, simplemente, porque no tenemos tiempo para experimentar el ciclo completo de su utilidad. Estamos en fuga constante hacia lo próximo, sin tiempo para las experiencias. Somos habitantes de la era de la fugacidad.
Fugaz, dice el diccionario, es lo que dura poco, lo que huye y desaparece con velocidad. El tiempo es una abstracción a la cual, desde eras ancestrales, los humanos hemos pretendido organizar y domesticar a través de relojes y calendarios (ver recuadro). Paradójicamente, esas convenciones se nos han vuelto en contra. Los relojes y calendarios nos recuerdan que todo tiene un final y, para huir del mismo, apresuramos los procesos hasta eliminarlos. El economista Jeremy Rifkin, una autoridad en el estudio del impacto de las tendencias económicas y tecnológicas en la sociedad, reflexiona así en su estudio Las guerras del tiempo: “Es irónico que en una cultura tan comprometida con el ahorro del tiempo, nos sintamos cada vez más privados de eso que valoramos. Se suponía que el mundo moderno, de los transportes eficientes, de la comunicación instantánea y de las tecnologías que significan ahorro de tiempo nos liberaría de los dictados del reloj y nos daría un ocio creciente. En lugar de ello el tiempo parece no alcanzar nunca.”
¿Cuál es la causa de este fenómeno? Para el filósofo Jacob Needleman, autor del bello libro El tiempo y el alma, “nuestros inventos tecnológicos nos han quitado nuestro tiempo”. Se nos ofrecen tantas novedades simultáneamente que terminamos por confundirnos y no saber qué es lo que de verdad nos importa en función de nuestro proyecto de vida. “La vida contemporánea nos arrastra hacia delante”, advierte Needleman, y nos impide volver a nosotros mismos, a nuestras verdades, a experimentar nuestros ritmos, nuestro Yo.
El historiador del arte Richard Appignanesi, del King´s College, de Londres (autor de Posmodernismo para principiantes), describe esta era de la fugacidad como “un presente de aceleración a alta velocidad sin final previsible”. Y la relaciona con el zapping. Cuando corremos detrás de lo nuevo sólo porque es nuevo (y no porque es necesario), cuando no acompañamos los procesos (del cocinar, del estudiar, del vincularse, de la creación, de la producción, etc.) acabamos por crear, como si nuestra existencia fuera una pantalla de televisión y estuviéramos ante ella con un control remoto, “nuestro propio collagetelevisivo de la vida”. De acuerdo con Appignanesi, el zapping es un proceso en el cual hay “una aparente abundancia de opciones para satisfacer las preferencias individuales, que acaba con todo el mundo eligiendo nada: todo consiste en el zapping mismo”. De allí se desprende un interrogante: ¿la fugacidad, la impaciencia ante los ciclos y los procesos, la precipitación hacia lo próximo antes de culminar lo presente (“no terminaste la primera y ya empezás la segunda”, proponía un reciente anuncio de gaseosas), no terminan por ser un fin en sí mismo? ¿Y su resultante, no terminará por ser la sensación de que nada se ha experimentado, nada ha pasado, nada se ha incorporado a nuestro bagaje de vida? Cuando esto se acentúa, sobreviene un fenómeno muy frecuente en el ser humano contemporáneo, del cual ya hablaban al promediar el siglo XX los escritores y filósofos existencialistas (Camus, Sartre, el propio Heidegger): la sensación de vacío, la angustia existencial.
De hecho, uno de los más lúcidos y profundos filósofos y psicoterapeutas del reciente siglo, el austriaco Víctor Frankl, creador de la logoterapia, sostenía que sólo el 10 por ciento de las neurosis en nuestros tiempos tienen un origen patógeno y que el 90 por ciento restante devienen de la insatisfacción ante una vida en la que falta la sensación de sentido y trascendencia.
Cambio rápido
Esta insatisfacción es posible advertirla en varios planos: el modo y tipo de consumo, las formas de trabajar, los estilos de conducir, el respeto por las leyes e incluso las relaciones amorosas. Cuando se busca la satisfacción en los bienes y estos no la traen, se acelera la necesidad de consumir más. Queremos tenerlo todo (y si es posible, tenerlo ya), ilusionados con que, quizás en ese todo, esté la satisfacción. El problema es quien quiere tenerlo todo, jamás tendrá tiempo para lograrlo. Quizá se trate, entonces, de elegir qué se quiere tener.
“Cuando se simplifica la vida y se pone más énfasis en los vínculos y en el cultivo de uno mismo, uno gasta menos horas a la semana trabajando y desplazándose”, dice el prestigioso periodista inglés Patrick Rivers, que cuenta su propia experiencia de transformación en Vivir mejor con menos. Si uno está siempre apurado por llegar (aunque no siempre tenga en claro a dónde ni para qué) todo lo que esté en el camino (semáforos, otros conductores, peatones) serán un obstáculo y se intentará obviarlos como sea. Y si en una relación afectiva con otra persona no sobreviene la “satisfacción inmediata”, se cambiará de persona rápidamente. En los vínculos zapping el otrono es alguien a descubrir y con quien construir un vínculo, sino alguien que debe satisfacernos. Es decir, tanto en la calle, como en vínculo o en el trabajo aparece el riesgo de que el otro sea un instrumento de satisfacción o alguien a dejar de lado. De este modo aparece también la idea del delivery existencial. Las cosas y las relaciones nos llegarían hechas, no hay tiempo para crearlas, para producirlas y cultivarlas. “Sin embargo, reflexiona Carl Honoré, lleva el mismo tiempo cocinar una pasta que pedirla por teléfono y esperar al motociclista, con la ventaja de que uno participa del proceso, es artífice, gesta aquello que va a incorporar a sí mismo”.
Tiempo de arte
De esto habla el novelista Milan Kundera en su novela La lentitud, uno de cuyos pasajes ofrece esta reflexión: “La velocidad es la forma de éxito que la revolución técnica ha brindado al hombre. Contrariamente al que va en moto, el que corre a pie está siempre presente en su cuerpo, permanentemente obligado a pensar en sus ampollas, en su jadeo; cuando corre siente su peso, su edad, consciente más que nunca de sí mismo y del tiempo de su vida. Todo cambia cuando el hombre delega la facultad de ser veloz a una máquina: a partir de entonces su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad que es incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis”.
Los artistas, son sensibles antenas que captan y reflejan este fenómeno, son sensibles a él y a sus consecuencias, abren un espacio espiritual y emocional a la reflexión. En la película El empleo del tiempo, el director francés Laurent Cantet, ofrece una cruda y a la vez compasiva exploración de lo que le ocurre en sus afectos, en su mundo psíquico y en su experiencia vital a un hombre que es arrojado fuera del círculo de la fugacidad y el tiempo programado. El músico uruguayo Jorge Drexler, ganador este año de un Oscar, canta en su tema La edad del cielo: “Calma, todo está en calma/ deja que el beso dure/ deja que el tiempo cure/ deja que el alma/ tenga la misma edad que la edad del cielo.”. Otro cantante y compositor, el español Ismael Serrano, al reflexionar sobre sus últimas canciones, dice que las creó como un modo de ir “contra el olvido y la fugacidad que estos tiempos imponen, para que nuestras naves no se extravíen”. Según Serrano, luchar contra la fugacidad es luchar por la propia identidad.
Bajar un cambio
Aunque precursores, los artistas parecen no estar solos en la advertencia y la propuesta. En los años recientes, sin prisa (lo cual en este caso es definitorio) se ha ido desplegando en el mundo el movimientoSlow (lento) que se propone como una respuesta a la urgencia y la fugacidad de nuestros días y a sus consecuencias en todos los aspectos de la vida y de las relaciones humanas. El movimiento nació en Roma, en 1986, cuando un grupo de cocineros italianos sintió tocado su orgullo por la instalación frente a la Piazza di Spagna de un local de comidas rápidas. Lo vivieron como un sacrilegio. Encabezados por Carlo Petrini impulsaron, empezando por el norte de Italia y con epicentro en la ciudad de Bra, la apertura de locales en los cuales se cultivan los ingredientes, se prepara la comida y se la ingiere a un ritmo natural y lógico, disfrutando de ella y del compartirla. Esto va en contra de los 11 minutos promedio en que se resuelve un fast food.
Lo que empezó como slow food (y ya tiene expresiones en varios puntos de la Argentina), se extendió pronto a otros temas. Surgieron las slow cities (ciudades lentas), que para merecer esa calificación deben tener menos de 55 mil habitantes, aumentar las zonas peatonales, instalar en las calles bancos para sentarse, quitar los enormes relojes públicos, plantar árboles, construir canteros, aumentar las zonas peatonales, acortar los horarios de trabajo y comerciales, respetar los fines de semana como días no laborables, una velocidad máxima urbana de 20 kilómetros por hora, la eliminación de los carteles publicitarios y, en fin, otra serie de puntos que suman en total 55. Desde que se inició en 1999, con Bra y otras tres poblaciones italianas, el slow cities ya suma 35 ciudades miembro en Europa y empieza a tener pedidos de ingreso desde otros continentes.
A las ciudades se le sumaron colegios (slow schools), en donde lo que importa es el tiempo que se necesita para aprender un tema consustanciándose con él, y no el apuro para terminar antes que suene el timbre. En esos colegios no hay timbre. El Martin Luther King, de Berkeley, California, está considerado como el más aceitado modelo actual al respecto. Mientras tanto, en Japón han aparecido los Clubes de la Pereza y en Europa se desarrolla, en varios países, la Sociedad por la Ralentización del Tiempo. No faltan asociaciones que propugnan el Sexo Lento, propuesta que recoge milenarias enseñanzas del tantrismo oriental, filosofía que incluye una concepción circular del tiempo en lugar de la visión vertical (y de flecha) que predomina en Oriente. El movimiento slow se ha extendido ya a 104 países y compromete activamente a más de 80 mil personas. Estos, según sus impulsores, son sólo unos pocos emergentes de una inquietud y una necesidad que hoy crece entre más y más personas en todo el mundo.
Todos estos fenómenos responden a los conceptos que propone Petrini: “El placer antes que el beneficio, los seres humanos antes que la oficina central, la lentitud antes que la velocidad”. El lema esencial dice:Buscar el tiempo adecuado para cada cosa. Acaso ese sea el mejor antídoto para lo que el médico estadounidense Larry Dossey describió en 1982 como el mal endémico más extendido de esta época: “la enfermedad del tiempo”. No se trata, advertía, de hacer y conseguir la mayor cantidad de cosas en el menor plazo, sino de darle a cada una, su tiempo. Para eso, claro, es preciso saber qué cosas le dan a nuestra vida un sentido trascendente, una condición de verdad. “Sólo la Verdad conquista al tiempo”, dice Jacob Needleman. “Y la Verdad de cada vida es única”. Vale la pena quitar el pie del acelerador para no pasar por arriba de ella sin registrarla. |
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Andy dijo...
Uno es artífice de su tiempo, a veces se vincula con no saber decir no a compromisos que no estamos dipuestos a cumplir, acaparar compromisos a cumplir sin tener referencia si se van a poder cumplir o de tener conciencia de las propias limitaciones humanas y de no registrar los posibles contratiempos (infaltables diría). Se calcula mal el tiempo, no hay tiempo para hacer todo aquello que se quiere en el tiempo límite de la vida...no se toma decisíones sobre lo que realmente se quiere hacer con ese tiempo.
2/8/2010 12:49:40 PM |
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Florencia dijo...
Sinceramente me siento muy identificada con esta reflexion acerca del tiempo y nuestra vida diaria. A veces me pregunto a mi misma, a donde voy tan rápido, que quiero conseguir ??, porque me apuro en la calle para llegar dos minutos antes a tal lugar ???? y la verdad , no lo se, solo se que cuando me conecto con la naturaleza y bajo un cambio todo se ve mas claro y mucho mas placentero.. sera que tendriamos que hacernos el habito de estar mas conectados y no tan desconectados con nosotrros mismo y los demas para asi poder ser uno con el otro y uno con uno mismo ..Felicito a Sergio por sus obras, son muy enriquecedoras, un cariño...
12/11/2009 4:57:19 PM |
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Me gustaría que compartieras tus reflexiones conmigo. |
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