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Moral de bolsillo |
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Una encuesta efectuada a nivel nacional y publicada este fin de semana en el diario Perfil indica que, a pesar de los últimos malabarismos populistas (con la puesta en escena de YPF a la cabeza), la imagen presidencial no deja de caer (de 59% en febrero a 40% en mayo). La inseguridad y la inflación preocupan a la población, dice la investigación, y ahora también la corrupción empieza a sumarse a aquellos puntos. Al analizar los resultados, Mariel Fornoni (directora de la encuestadora Managment & Fit), escribe: “para los argentinos una víscera muy sensible es el bolsillo y en situaciones económicas favorables la corrupción se tolera, pero cuando la economía no acompaña, la corrupción no se tolera”.
La frase no dice algo nuevo, pero es lapidaria. Allí está, en mi opinión, la respuesta a esa pregunta que cada continuamente emerge en conversaciones de café, de familia, de amigos o de cenáculos intelectuales: ¿qué nos pasa? Esto nos pasa. Predomina en la sociedad una moral de bolsillo. No una moral de valores, sino de bolsillo. Por su tamaño y por su contenido. Pequeña, ceñida a un principio prioritario: tener, aparentar, consumir, escapar a la empatía y al compromiso. Es la ética de la indiferencia, del primero yo, del “y a mí qué me importan tus problemas”. La ética del “no me hagas perder tiempo”, la ética de la transgresión, la ética del “yo no fui”, la ética según la cual la ley es para los otros y las ventajas son para mí. La ética del “por algo será”, del “algo habrá hecho”. Una moral de bolsillo, bajo la cual la indignación sólo asoma cuando me tocan la billetera. Una moral con la cual los corruptos pasan de héroes a villanos cuando siento su mano en mi bolsillo, no cuando me permiten llenar bolsillo y panza, no importa cómo (ni quiero averiguar).
La corrupción no es un hecho económico. Lo económico es el síntoma, no la enfermedad. La corrupción es una enfermedad moral, espiritual. No empieza en los de arriba. En ellos alcanza su máxima expresión, sin caretas, sin disimulo, abusivamente, en su más plena obscenidad. Pero empieza abajo, cuando en la mayoría de una sociedad (sin distinción de clases sociales ni de ideas o “militancias”) el bolsillo se convierte en la víscera más sensible, el corazón en la más dura e impenetrable y el cerebro deja de funcionar salvo para la ventajita de corto alcance, para la avivada sin horizonte. Cuando el propio ombligo se convierte en el centro del universo, allí empieza.
¿Qué nos pasa? Creo que eso nos pasa. No se trata de un gran misterio. Y si la imagen presidencial cae y cae pese al “relato”, al pogo militante, a los aprietes de todo tipo y al populismo para todos, no es por indignación moral. Es sólo por un malestar del bolsillo. Mientras esa sea la víscera preponderante nos seguirá pasando lo que nos pasa. Ya nos pasó, no una sino varias veces. Porque el bolsillo no tiene memoria ni dignidad. |
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