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Menos víscera, más conciencia |
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Murió Videla. Murió un asesino. No por morir se descansa en paz. La cuestión es descansar en paz en la vida y por razones válidas y legítimas, por haber mejorado el mundo, por no haberlo emponzoñado. Murió Videla. Su nombre será mala palabra hasta el fin de los tiempos. Murió Videla. Ojalá todo lo que se ha escrito y se ha dicho en estos días no sea otra reacción espasmódica de una sociedad que vive en una montaña rusa emocional y moral. Ojalá no sea otra catarsis previa a un nuevo olvido. No se trata sólo de recordar lo que Videla fue y lo que representó. Videla fue más que Videla. Fue la respuesta a una buena porción de la sociedad que pedía “mano fuerte” y que después decía ignorar la sangre que esa mano fuerte hacía correr. A una parte de la sociedad que apoyó aventuras irresponsables y mesiánicas. Partes importantes de esta sociedad primero votan a corruptos y después dicen “yo no lo voté”. Muchos de esos corruptos apoyaron el indulto a Videla y a otros asesinos, o estuvieron en silencio, o se beneficiaron de la política económica que impulsaron esos asesinos, pero hoy se visten de revolucionarios nacionales y populares sin dejar de engordar sus bolsillos.
El bolsillo. Esa víscera tan argentina. Tan argentina como el chinchulín, la molleja, el riñón o la tripa gorda. Cuando esa víscera es alimentada los corruptos y los asesinos tienen la vía libre, el permiso de una parte decisiva de la sociedad. Cuando flaquea el alimento para la víscera aparece la indignación hipócrita, oportunista, que desaparece con la próxima temporada de vacas gordas. Ese moralismo oportunista es el que hace posible los Videlas, la hípercorrupción de los 90, la mega corrupción de hoy. Cualquier reacción escandalizada ante esta evidencia es, en mi opinión, una negativa a la posibilidad de encarar lo que esta sociedad posterga desde hace décadas: un examen honesto, sincero e impiadoso de su conciencia. Mientras no ocurra, así como murió el asesino Videla (y ya murieron los asesinos Massera, Agosti, Galtieri y otros), morirán los corruptos (el tiempo es impiadoso), seguirán produciéndose las catarsis de cada caso y seguiremos viviendo en la montaña rusa que nos lleva del consumismo rabioso a los asesinatos colectivos, del “deme dos” al “nunca más”, del “a mí me va bien” a las catástrofes ferroviarias, de los desaparecidos de la dictadura a los desaparecidos de las últimas inundaciones (esos muertos reales que las cifras oficiales ocultan), de un país de “derechos y humanos” a “un país de buena gente”. Y así.
Nada de esto ocurre por obra de la fatalidad, no tiene causas misteriosas, no hay que buscar explicaciones ni conspirativas ni esotéricas. Las causas son más imples y cercanas: están en el espejo. |
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