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SERGIO SINAY
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  Con k de Frankenstein  
 
En el prólogo que ella misma escribió en 1831 para su novela “Frankenstein”, Mary Shelley (1797-1851) agradece la posibilidad de responder a una pregunta que le hacían entonces con insistencia: ¿cómo se le había ocurrido una idea tan horrorosa? Y a continuación cuenta la génesis de una obra que sería clásica y que aúna todavía hoy altísimos valores literarios y mitológicos. La novela narra cómo el joven científico Víctor Frankenstein, impulsado por un entusiasmo ciego, se propone combinar los adelantos de la química y la física para investigar el origen de la vida y, en un paroxismo cientificista, crear en el laboratorio un ser humano viviente compuesto por partes de personas muertas. Lo logra, pero una vez vivo ese ser resulta monstruoso. Frankenstein lo desprecia por ello, la bestia, despechada por la falta de amor, escapa al control de su desquiciado creador y se transforma en una desbocada fuerza asesina. Sus crímenes (que incluyen a seres cercanos al científico) les serán adjudicados a personas inocentes a quienes condenarán por ellos.
 
Frankenstein calla, pero vive torturado por una culpa y una angustia crecientes. Su criatura lo busca, se encuentran, el monstruo pide reconocimiento, el científico lo niega, le enrostra su odio, quiere alejarlo de sí, pero eso no será posible, porque aunque pudiera matarlo no eliminará ni apagará el infierno moral que encendió, dentro de sí, con su soberbia y su omnipotencia. “Soy su obra y le debo afecto y sumisión, por ley natural usted es mi dueño y señor”, le enrostra el monstruo. Y esto es lo que Frankenstein no soporta: sabe que es él, Víctor Frankenstein, el verdadero culpable, aunque física y técnicamente no haya matado a nadie. Y deberá, como ocurre en la novela, aceptar la presencia de su criatura, deberá escucharla, reconocerla y acompañarla hasta el fondo de la oscuridad en la que se arroja.
 
“Frankenstein” es una obra literaria mayor, inagotable, de una belleza sombría y una profundidad inquietante, escrita por una chica de 19 años, que era pareja del célebre poeta Percy Shelley. Como todos los clásicos, se mantiene vigente porque periódicamente en las sociedades ocurren cosas que remiten a sus contenidos y los reavivan. En este caso, no dejan de aparecer los monstruos descontrolados creados por la soberbia, la prepotencia y el narcisismo de un Víctor Frankenstein que puede resucitar como científico, como tecnócrata, como economista, como asesor, como ministro en la luz (o en la sombra) y como presidente o presidenta de un país.
 

Así, por ejemplo, se crean monstruos que toman la forma de servicios de inteligencia capaces de provocar asesinatos disfrazados de suicidio, desapariciones misteriosas y otras brutalidades que ponen a una sociedad entera en manos de la indefensión. Pero Frankenstein tenía, al final, una conciencia moral que estos émulos de baja categoría no manifiestan, mostraba una culpa que en los actuales creadores de monstruos locales sólo es búsqueda desesperada y perversa de impunidad. Frankenstein no era corrupto, no había robado a manos llenas y hasta era guiado (aunque erróneamente) por una finalidad moral luego desvirtuada: servir a la humanidad. Los chapuceros de aquí y ahora desconocen cualquier conducta moral y se han guiado (hasta que el monstruo se les volvió en contra) por un único fin: el poder a cualquier precio y todo el lucro que el poder les permitiera. En Frankenstein había arte. Aquí solo hay crimen. En lo único que se parecen, cuando finalmente se los compara bien, es en la letra k. Por lo demás, la obra de Mary Shelley ya probó ser inmortal, mientras estos personajes, más allá de su inmensa capacidad de daño, se hundirán a la larga en el más negro y merecido de los olvidos. 

 
 
 
   
 
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